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23/03/2016 07:02 CET | Actualizado 23/03/2016 07:02 CET

Bruxelles, je t'aime

brusSabíamos que podía pasar pero no lo queríamos creer. Por eso seguimos haciendo nuestra vida típicamente europea, deambulando por las calles tan libres como para no preocuparnos más que del tiempo a nuestro alcance y el ánimo de pasear. Es esta gran joya, la joya de la libertad de las ciudades europeas, con la que sueñan tantos en América y en casi todo el mundo, la que quieren destruir los terroristas.

Foto: EFE

Quienes vivimos en Bruselas nos quejamos de ella cada vez que podemos. Pero la amamos con el corazón, como se aman las cosas de la vida que tienen contradicciones, sorpresas y el encanto típico del desconcierto. Ahora la queremos más porque es también frágil y vulnerable. Me he despertado bajo las sirenas recordando mi llegada aquí en el verano de 2009, cuando comenzaba a trabajar en el Parlamento Europeo y acudía por las mañanas a la estación de Maalbeek, ahora atacada por esos bestias. Iba lanzado a comerme el mundo, cuando el sueño de Europa latía por mis venas con la dosis de magia típica de la primera juventud.

Desde entonces he viajado por Europa y el mundo todo lo que he podido. Y, sin embargo, no he encontrado un rincón que reúna mejor la idea de Europa de la que hablaba George Steiner, la de los cafés, las conversaciones cruzadas en varios idiomas y la de las ciudades que mantienen una dimensión adecuada para el paseo, que Bruselas. En esta ciudad sin pasaporte, el origen de sus transeúntes suele ser una anécdota o sencillamente una invitación a la conversación. Es esta ciudad y su barrio europeo, hoy bajo llamas, quien mejor encarna todo lo que los nacionalistas xenófobos europeos quieren destruir, con la excusa de protegernos. Recuperar las fronteras sólo conducirá al pasado de caos y violencia que sacudió Europa hace no tanto.

Amo Bruselas y me siento agredido, muy cercano a quienes han perdido la vida en los lugares que yo transito cada día.

Pero Bruselas dejó de ser Bruselas desde los atentados de París del pasado noviembre. Los cabecillas de la masacre eran belgas o bien habían vivido en el barrio de Molenbeek, un suburbio marginal cerca del centro de la ciudad. Desde entonces, los bruxellois convivimos a diario con el recuerdo de la amenaza que pesa sobre nuestras cabezas. Los tanques, los militares y sus pesadas armas patrullan las calles desde entonces. De la noche a la mañana las imágenes típicas de las capitales lejanas de Oriente Medio -no tan lejanas- pasaron a formar parte de esta ciudad.

Sabíamos que podía pasar pero no lo queríamos creer. Por eso seguimos haciendo nuestra vida típicamente europea, deambulando por las calles tan libres como para no preocuparnos más que del tiempo a nuestro alcance y el ánimo de pasear. Es esta gran joya, la joya de la libertad de las ciudades europeas, con la que sueñan tantos en América y en casi todo el mundo, la que quieren destruir los terroristas. No soportan nuestro cosmopolitismo y apertura. Y no nos vencerán si mantenemos la cabeza fría, incluso en días como hoy.

Amo Bruselas y me siento agredido, muy cercano a quienes han perdido la vida en los lugares que yo transito cada día. Siento la violación de mi libertad y la determinación de seguir viviendo como se vive y se debe vivir en el corazón de Europa, en mi casa, en Bruselas.

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