El "amigo Gianni": retrato del abogado políglota que acabó gobernando el fútbol mundial entre llamada y llamada de Trump
La intervención directa de Trump con el presidente de la FIFA para que le quitase la roja a la estrella de EEUU ha sentado un precedente peligrosísimo en el fútbol. El foco se puso en el magnate, ¿pero qué pasa con Infantino?

Si Donald Trump te llama "amigo", queda claro que antes o después va a darte problemas. Que se lo digan a Mark Rutte con la OTAN... pero eso aquí no toca. El tema del momento es el lío en el que Trump ha metido a su amigo Gianni Infantino con una intervención de difícil calificativo —cacicada sería un buen término— para que la FIFA retirase la roja a la estrella de la selección estadounidense en este Mundial. Más allá de las formas, siempre tan suyas, el fondo; Donald Trump ha condicionado a su antojo la Copa del Mundo que se celebra en su casa, ante la complacencia y hasta el aplauso público de la FIFA... y de su presidente, el famoso "amigo Gianni".
En inglés sería "my friend Gianni", así es como le llama Donald. En puridad, podría referirse a él en italiano, en francés, en alemán, en español y hasta en árabe. Todas esas lenguas habla con fluidez este abogado que pasó de echar una mano en la UEFA en temas legales... a marcar la agenda del balompié global. Entre llamada y llamada de Trump, se entiende.
Nacido en en la ciudad helvética de Brig-Glis hace ya 56 años, con la doble nacionalidad suiza e italiana, Gianni Infantino es padre de cuatro hijas, a las que tuvo junto a su esposa, Leena, de nacionalidad libanesa.
Más de despacho que de césped
Su vida laboral siempre ha estado cerca de 'la redonda' pero no necesariamente con ella en los pies. Basta ver su reciente 'saque de esquina de exhibición' en el Mundial para confirmar que siempre ha sido más de despacho que de césped, por cierto.
Titulado en Derecho en la Universidad de Friburgo, pronto pasó a ser el secretario general del Centro Internacional de Estudios Deportivos, tras sumar experiencia como asesor de organismos futbolísticos en su tierra natal, su segunda tierra (Italia) y en España.
Su gran salto llegó en el año 2000, cuando aterrizó en la UEFA. Allí pasó de trabajar en asuntos jurídicos a convertirse, poco a poco, en uno de los hombres fuertes de la organización. Primero entre papeles, reglamentos y expedientes; después entre sorteos, cámaras y decisiones de enorme calado. Durante años fue el rostro amable de las bolas calientes —o no— de la Champions, el dirigente que explicaba emparejamientos imposibles con sonrisa de notario y dicción de presentador de Eurovisión.
Pero, sobre todo, fue la mano derecha de Michel Platini. Y aquello, que durante mucho tiempo pareció el mejor aval posible para ascender en el fútbol europeo, acabó convirtiéndose también en una vía inesperada hacia la cima mundial. Cuando el escándalo de corrupción de la FIFA derribó a Joseph Blatter y arrastró también a Platini, Infantino apareció como candidato de emergencia. El hombre de los despachos, el técnico, el gestor. El rostro aparentemente limpio de un organismo que necesitaba presentarse al mundo como recién duchado.
Ganó las elecciones de 2016 prometiendo transparencia, modernización y una nueva etapa. La FIFA venía de un derrumbe reputacional gigantesco y él supo colocarse en el lugar exacto: ni demasiado viejo mundo, ni demasiado outsider. Lo justo para resultar creíble. Lo bastante dentro para conocer todos los pasillos y lo bastante fuera para venderse como cambio.
Hacer el fútbol cada vez más grande
Desde entonces, su mandato ha tenido una constante: hacer el fútbol cada vez más grande. Más partidos, más selecciones, más torneos, más sedes, más ingresos. El Mundial de 48 equipos, el nuevo Mundial de Clubes, los formatos ampliados, la expansión permanente del calendario. Infantino ha gobernado la FIFA con mentalidad de CEO global, convencido de que el balón puede crecer indefinidamente mientras haya televisiones, patrocinadores, gobiernos y fondos dispuestos a pagar por él.
El problema es que ese crecimiento ha venido acompañado de una pregunta cada vez más incómoda: crecer, sí, pero con quién y a qué precio.
Ahí aparece Qatar. Y ahí aparece una de las imágenes más recordadas —y más criticadas— de su presidencia. En la víspera del Mundial de 2022, con el país anfitrión señalado por las condiciones de los trabajadores migrantes, las restricciones a los derechos de las mujeres y la persecución de la homosexualidad, Infantino salió a defender el torneo con un discurso que ya forma parte de la historia reciente del fútbol. “Hoy me siento catarí. Hoy me siento árabe. Hoy me siento africano. Hoy me siento gay. Hoy me siento discapacitado. Hoy me siento trabajador migrante”, dijo.
La frase pretendía ser una defensa contra lo que él consideraba hipocresía occidental. Terminó convertida en un resumen involuntario de su forma de entender el cargo: la FIFA no se enfrenta al poder que organiza sus torneos, lo abraza. Lo justifica y lo acompaña. Lo blanquea si hace falta. Y, llegado el caso, se sienta en primera fila.
Qatar fue mucho más que un Mundial, fue una declaración de principios. Infantino entendió que el fútbol ya no vive sólo en las federaciones ni en los estadios, sino en los despachos de los jefes de Estado. Por eso, su FIFA ha mirado sin complejos hacia Arabia Saudí, otro actor central del nuevo mapa deportivo global y otro país con dinero, ambición y necesidad de reputación internacional. Otra alianza presentada como expansión del fútbol y leída por muchos como una rendición ante el poder económico.
En ese ecosistema encaja también Trump. No porque Estados Unidos sea Qatar o Arabia Saudí, sino porque el presidente estadounidense entiende el deporte de una manera muy parecida: como escaparate personal, como demostración de fuerza, como escenario para proyectar autoridad. Para Trump, el Mundial en casa no es sólo una competición; es una alfombra roja planetaria. Y en esa alfombra quiere pisar fuerte.
Infantino, lejos de marcar distancias, ha cultivado esa relación con entusiasmo. Las visitas a la Casa Blanca, los elogios públicos, las fotos, las complicidades, el tono de camaradería. Trump no habla de él como de un dirigente institucional, sino como de un socio de confianza. "Mi amigo Gianni". La fórmula parece simpática hasta que deja de serlo. Hasta que el amigo llama, pide, presiona o presume de haber presionado. Hasta que una decisión disciplinaria que debería depender de un reglamento termina convertida en materia de conversación política.
Lo de Trump
Y ahí está el punto verdaderamente peligroso de la llamada por la roja a la estrella de Estados Unidos. No sólo que Trump lo intentara. Eso, tratándose de Trump, entra casi dentro de lo previsible. Lo grave es que la FIFA aceptara, sonriera o, como mínimo, no levantara un muro suficientemente alto entre el presidente del país anfitrión y la independencia de la competición.
Porque el precedente es brutal. Si el jefe de Estado de un país organizador puede intervenir para que se revise una sanción a su selección, ¿qué queda de la neutralidad del torneo? ¿Qué mensaje reciben el resto de países? ¿Qué autoridad tendrá la FIFA la próxima vez que una federación denuncie presiones, favores o trato desigual? El fútbol vive de la sospecha casi tanto como del gol. Y la FIFA, que debería combatirla, acaba de alimentarla desde arriba.
El "amigo Gianni" no es un apodo inocente, es casi un diagnóstico. Infantino se ha convertido en el dirigente que todos quieren tener cerca porque la FIFA que preside es una máquina de legitimación global. Organizar un Mundial, aparecer junto a su presidente, levantar una copa o compartir un palco ya no es sólo fútbol.
Por eso la llamada de Trump no debería quedarse en una anécdota más de este Mundial hipertrofiado y desbordante. No es sólo otra salida de tono del magnate ni es otra escena de esas que parecen imposibles hasta que ocurren. La realidad es que es una grieta en la credibilidad del torneo y, sobre todo, en la figura del hombre que debía protegerlo. "Mi amigo Gianni".
