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18/11/2019 07:27 CET | Actualizado 18/11/2019 07:27 CET

Piruetas, contorsionismos y tahúres

Que un futuro ‘estadista’ al frente de una vicepresidencia asistiera a ocasión tan solemne con vaqueros no parece un buen presagio.

Anadolu Agency via Getty Images
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se estrechan la mano tras la firma del preacuerdo para formar Gobierno. 

El PSOE de Suresnes – los que quedan vivos- y el PSOE de la Transición –lo mismo, los que aún no han sido clientes de los tanatorios- está en su inmensa mayoría turbados por los acontecimientos. Antiguos, y viejos a la vez, dirigentes socialistas, no se esconden para transmitir su estupor y su miedo “razonable” por todo lo que está pasando; y en ese todo incluyen, por un elemental sentido común al casadismo y al obstruccionismo de la actual dirección ‘renovadora’ del Partido Popular. 

No entienden cómo las dos derechas constitucionalistas y formalmente centristas le han abierto la puerta a Vox. Ni comprenden la penúltima pirueta del secretario general socialista Pedro Sánchez. Empezando por los de ‘arriba’, Felipe González no se siente ‘representado’; Alfonso Guerra es más claro en sus expresiones de rechazo; Juan Carlos Rodríguez Ibarra llega a decir que si se pacta con ETC (perdón es ERC, pero la inteligencia artificial de este trasto ha tenido por una vez una buena idea) él se va y abandona su casa de toda la vida; lo mismo, el gallego Francisco Vázquez, o Joaquín Leguina, o José Luis Corcuera… y tantos otros. 

Muchos opinan que han fallado las formas para llegar a acuerdos ‘transversales’, que debían haberse ido tejiendo con la paciencia de una artesana del calado tradicional canario. Esta gente, que es mucha y de izquierdas de toda la vida, pero ‘accidentalista’ (que no es lo mismo que accidental), desconfía de Pablo Iglesias, tiene muchas reservas sobre la repentina conversión del personaje al constitucionalismo; no admite que se pacte con los que encabezaron y encabezan la insurrección ‘pacífica pero con violencia’ en Cataluña, y advierten de la inmutable vigencia del dicho de que “quien nace lechón muere cochino”.

Ilustres y destacados catalanistas –por ejemplo, Josep Antoni Duran y Lleida o Miquel Roca i Junyent, que pronunció un memorable discurso en el septuagésimo cumpleaños de Alfonso Guerra celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2010– consideraron en la Transición que, con el Estado de las Autonomías y el Estatut, se había liquidado “el histórico conflicto del encaje de Cataluña en España”. Exactamente lo mismo opinaba Josep Tarradellas, quien además advertía, con gran clarividencia, sobre los peligros de la deriva que observaba en Jordi Pujol –de quien nunca se fió– de un enfrentamiento con el Estado y del invento de los països catalans

Aquél consenso tácito de prudencia y realismo, si bien ya se observaba el caminar de la perrita, lo rompió  un president socialista, o mejor, del PSC, Pasqual Maragall, que puso de oficio sobre la mesa la reivindicación de un nuevo estatut, que no se había reivindicado. 

Que un futuro ‘estadista’ al frente de una vicepresidencia asistiera a ocasión tan solemne con vaqueros (típico tic inconsciente imperialista) no parece un buen presagio.

Consumada la rebeldía de la mano de Carles Puigdemont, y de su padrino y mentor Artur Mas (no la llamemos si no quiere el TS rebelión, sino secesión) y en prisión sus principales inductores y dirigentes, las palabras obligadas en los círculos separatistas son ‘diálogo’ y ‘negociación’. Una negociación sin condiciones que sólo tiene dos condiciones: amnistía y ejercicio del derecho de autodeterminación mediante un referéndum’, que es un derecho muy sui generis: tanto que no existe en el derecho aplicable, ni en el español ni en el europeo, ni en el emanado del ‘principio de autodeterminación’ de las Naciones Unidas, aprobado para proceder a la descolonización de los imperios coloniales, sobre todo tras la II Guerra Mundial. España lo utilizó en la Guinea (ex) Española, y cuando lo iba a implementar en el Sáhara (ex) Español lo dejó en suspenso por la ofensiva conjunta, haciendo pinza, de Marruecos, en el norte, y el Frente de Liberación de Saguía el Hamra y Rio de Oro, conocido como Frente Polisario, en el este y sur. En principio, ni la situación en Guinea ni en el Sáhara Occidental eran, ni son, comparables a la de Cataluña; aunque algunos actores tengan ciertas similitudes.

Negociar con unos ‘golpistas’ –en lenguaje no jurídico pero muy extendido en el campo de los constitucionales– que no sólo no se han arrepentido sino que mantienen su hoja de ruta, con un president vicario de Waterloo que azuza a los radicales y les pide que ‘aprieten’, y que protege a los CDR mientras ordena ‘investigar’ a los Mossos  por cumplir con su obligación de mantener el orden público, es “totalmente inaceptable” para destacados y variados socialistas; incluyendo al presidente de Castilla la Mancha, Emiliano García-Page, y a la lideresa socialista andaluza Susana Díaz. 

Por lo tanto, es previsible que si se confirman los temores crezca el malestar interno en el PSOE y se reactive la oposición al sanchismo, a quien se le recrimina haber transformado la ‘democracia interna’ en dirigismo presidencialista.

Por otra parte, aparte del mareante zigzagueo táctico y estratégico del presidente en funciones, está el abrazo forzado por Iglesias que pilló desprevenido a Pedro Sánchez cuando ambos presentaban el principio de acuerdo, y que ofrece algunos síntomas que suscitan preocupación. 

Uno, que un futuro ‘estadista’ al frente de una Vicepresidencia del Gobierno de España asistiera a ocasión tan solemne con vaqueros (típico tic inconsciente imperialista) no parece un buen presagio sino un cuervo romano. 

Por muy comunista y estalinista que sea, que lo es, la democracia formal se sustenta en reglas y en formas. Cuando llegaron del exilio los dirigentes del PCE – Carrillo, Pasionaria, Alberti…-  entraron en el Congreso perfectamente trajeados. Dolores Ibárruri confesó a un periodista que era “una muestra de respeto al lugar que representa la soberanía nacional”. Y a fin de cuentas, cuando se cambia tanto la palabra empeñada de vivir en el piso de barrio de siempre para poder charlar con los vecinos en la escalera, por una mansión en Galapagar, llevar traje debe venir de serie, como los airbag en los coches de hoy.

Otro, la condición veleta.

Tantas han sido las ocasiones en que Pablo Iglesias ha dejado huella de su pensamiento original en las redes sociales, que sus críticos no necesitan fake news, montajes y memes para desacreditarle. Hay vídeos que le muestran, con otros fundadores podemitas, haciendo escraches en la Complutense para reventar mítines de políticos conservadores o socialistas; o hablando a las juventudes comunistas de cómo resistirse a la Guardia Civil; o a punto de llorar por la muerte de Chávez; o como aún se resiste a condenar al régimen bolivariano que ha convertido a Venezuela en estado fallido;  o con qué desprecio habla de la monarquía parlamentaria (alguien que quiere ser vicepresidente) y qué piensa de la OTAN, la UE, el libre mercado y otras cuestiones capitales para España. 

Pedro Sánchez va a mucha velocidad en una carretera con muchas curvas, y la fuerza centrífuga puede hacer que el coche se salga de la vía.

En una carta a los militantes, tras el preacuerdo con Sánchez –que igual esconde otro as– el líder de Podemos les dice a sus fieles que habrá que hacer esfuerzos para asumir las contradicciones que vendrán. Pero si en algo son duchos los votantes de la formación morada es en asumir a título de inventario las contradicciones de su liderazgo. Primero, las purgas de los críticos, en el más puro estilo estalinista, y luego ese hito de la doblez que fue la compra, nada más tocar poder y sueldo parlamentario, de la lujosa casona en la sierra madrileña, bien protegida de los okupas a los que en público les ha reconocido la justicia de la okupación ajena.

Visto lo que se ha visto, el temor que embarga a muchos socialistas (y a quienes no lo son) es que el Ejecutivo que salga con estos mimbres no sea una garantía de gobernabilidad sino de inestabilidad. Que en estas iniciativas de magia y malabarismo, Pedro Sánchez va a mucha velocidad en una carretera con muchas curvas, y la fuerza centrífuga puede hacer que el coche se salga de la vía.

Pero hay otro problema: el libro de Pedro Sánchez, tras su resurgimiento después de la crisis, se llama Manual de resistencia. Pero una cosa es la resistencia y otra la imagen de que el fin (la Presidencia del Gobierno) justifica los medios, que puede empañar la buena imagen de esforzado David contra Goliat, y empezar a dibujar un talante más afín a la doctrina marxista (de Groucho) de “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”.

Aunque también es cierto que el PP y Ciudadanos han llevado la crisis hacia donde querían: que Sánchez se viera obligado a pactar con Podemos y los independentistas para asegurar una legislatura corta y volver a probar suerte, hasta que el cuerpo aguante. 

O sea…

 

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