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08/06/2018 13:51 CEST | Actualizado 08/06/2018 14:02 CEST

Aceituneras altivas y ministras

EFE

(Este artículo está disponible también en catalán)

Los medios han hablado con profusión de que la empresa cordobesa Aceites y Energía Santa María, escudándose en la redacción de un convenio colectivo que hablaba sólo de "trabajadores", no ha pagado los atrasos que corresponden a las tres trabajadoras de la empresa.

Otro argumento, pues, a favor de las formas dobles y en contra de los masculinos pretendidamente genéricos si se quiere que las cosas queden claras y las mujeres visibilizadas. A pesar de ello, a la Real Academia, siempre al acecho, le ha faltado tiempo para hacer este tuit: "Quizá la insistencia en afirmar que el masculino genérico invisibiliza a la mujer traiga consigo estas lamentables confusiones". Una vez más, la culpa es nuestra.

Pues no.

En un lejano y cercano 1848, cuando, para ejercer el (mal llamado) sufragio universal, las ciudadanas francesas quisieron inscribirse en las listas electorales, se puso de manifiesto que el masculino no incluía al femenino ya que las autoridades les respondieron que no podían inscribirse porque el artículo decía: "son electores todos los franceses" y —precisamente en este punto— tenía que interpretarse que "franceses" se refería a "todos los machos que tenían la ciudadanía francesa". Es decir, el masculino no incluía todas las personas. En Canadá, este tipo, digamos, de interpretación rigió en todas las leyes a partir de 1867.

Al año siguiente en el Reino Unido, hubo mujeres que para inscribirse en los registros electorales se ampararon en una ley de 1850 de Lord Romilly que establecía que en los textos legales el género masculino incluía el femenino. No fueron admitidas en ellos y además una sentencia acabó especificando que el término man incluía a las mujeres cuando se hablaba de tasas, pero no cuando se trataba de votar. Esta amarga y cruel distinción indica que más vale evitar los masculinos cuando se habla de los derechos de las mujeres.

Pues no.

A pesar de la feroz oposición de la misoginia ilustrada, el cambio de nombre de la actual Escola d'Enginyeria de Barcelona (antes Escola d'Enginyers) lo tenemos que agradecer a un puñado de ingenieras que cuando iban a buscar trabajo a empresas que lucían anuncios como: "Se buscan ingenieros", les aclaraban que allí de mujeres entraban sólo las de la limpieza, que el anuncio lo ponía bien claro: "ingenieros".

Todo esto explica el auge y la virtud de genéricos y formas dobles.

En una ocasión, y antes de los estragos que el PP de Mariano Rajoy, José Ignacio Wert y posteriormente el Tribunal Constitucional han infligido a la LOMCE, en Andalucía las formas dobles fueron providenciales para poder denegar una subvención a una escuela privada (religiosa) que imponía la segregación en sus aulas. Como sólo iban niños y chicos, y la ley hablaba de "niñas y niños" y de "chicos y chicas", no pudo optar a la subvención.

Esto enseña que a veces es bueno evitar incluso los genéricos.

Así, la gran Clara Campoamor, cuando se redactaba la Constitución de 1931, no sólo desconfiaba de los masculinos como presuntos genéricos, sino también de las insuficiencias que pueden presentar auténticos y reales genéricos como "persona" y por eso quería que en algunos artículos de la Constitución quedaran bien especificadas las mujeres: que se les reconociera la presencia en concreto, no genéricamente.

Era este un criterio peligroso, no para nuestro principio, sino para todos los demás contenidos en el párrafo; declaraciones o declamaciones del tipo de la del artículo 2.° existen en muchas Constituciones, no sólo extranjeras —donde luego no tiene derechos la mujer—, sino españolas, cual la Constitución republicana de 1873, en cuyo título preliminar se describen en ocho números todos los que sé consideran derechos naturales que «toda persona encontrará asegurados en la República», y el número quinto describe la libertad del trabajo y el séptimo la igualdad ante la ley, que jamás hemos visto aplicar a la persona de la mujer.

Clara Campoamor. El voto femenino y yo. Mi pecado mortal. Barcelona: laSal, 1981

Rechazaba por un lado, pues, masculinos como el del artículo 2º: "todos los españoles son iguales ante la ley" y, por otro, genéricos como "persona". Puedo dar fe de que con los genéricos hay que ir con pies de plomo: como profesora de literatura sé que si cuando empiezas el tema hablas de "trovadoresca", al alumnado le costará imaginarse a estas poetas bajo la denominación; de entrada, es mejor hablar de "trovadoras y trovadores" y cuando ya tengan bien claro que existen, puede empezarse a usar el genérico "trovadoresca" porque ya las verán incluidas en él.

Volvamos, sin embargo, a las formas dobles.

Cuando no se sabía quien presidiría la Generalitat, sonó insistentemente el nombre de la diputada Elsa Artadi como candidata; por tanto, la doble forma "president o presidenta" se podía escuchar a menudo y con toda normalidad. Como se visualizaba una política, un gran número de personas, algunas incluso sin darse cuenta, usaba dobles formas.

Sin ningún complejo, nueve de las once ministras han prometido el cargo con una doble forma

Poco después han desembarcado las once preparadísimas ministras post8demarç (puede afirmarse sin lugar a dudas que no son cuota; respecto a ellos, no pondría la mano en el fuego) y se ha desatado una riada, una bonita orgía, de dobles formas: "cada uno y cada una", "ellos y ellas"... Por parte de los medios, de la calle y de ellas mismas.

La Real Academia —siempre al loro—, al ser consultada sobre la bondad de la propuesta de la etiqueta #ConsejodeMinistras en Twitter para reivindicar el cambio de nombre, esta vez ha piado: "Ese recurso induce a confusión al estar el valor genérico del masculino gramatical fuertemente asentado en el sistema lingüístico del español (y de otras lenguas románicas) desde sus orígenes". Aunque no todas las académicas comulgan con la rueda de molino de que las dobles formas no tienen razón de existir. De hecho, la Academia en su diccionario las usa: "abdomen. 5. Vientre del hombre o de la mujer, en especial cuando es prominente".

Ningún parlamentario osará silbar o piropear ya a las once ministras cuando entren en el hemiciclo

Sin ningún complejo, nueve de las once ministras han prometido el cargo con una doble forma que ha ido conteniendo todo tipo de matiz: desde el orden de aparición de femenino y masculino, hasta anteponer la preposición "de" a uno o a ambos sustantivos. Las dos otras ministras no lo han hecho así. Quizás porque la que primero tenía que prometer el cargo —puesto que pasaba a ser, no el "notario", sino la "notaria del reino", como bien han dicho algunos medios— no ha caído en ello, y la otra, nerviosa, ha tartajeado con la palabra "deliberación". De seis ministros, cuatro han usado la doble forma, los otros dos han prometido con el masculino "Consejo de Ministros". Los tantos por ciento según el sexo parecen relevantes.

La exministra Carme Alborch lo miraba quizás con una sonrisa embelesada: ningún parlamentario osará silbar o piropear ya a las once ministras cuando entren en el hemiciclo. Como bien dijo: "Silben, silben, que nosotras trabajaremos". Así ha sido.

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