BLOGS
12/09/2015 09:57 CEST | Actualizado 12/09/2016 11:12 CEST

La hemorragia sin fin del terrorismo machista: por qué es tan difícil de restañar (II)

El artículo, como el anterior de esta serie, sigue desgranando algunas de las causas que ocasionan que una violencia estructural como la machista sea tan difícil de erradicar de la sociedad.

EFE

Este texto también está disponible en catalán

En el artículo anterior hablaba de dificultad de eliminar la violencia contra las mujeres. Por un lado, por la escasa sensibilidad de buena parte de la sociedad; por otro, gran parte de medidas institucionales se limitan a intentar atacar algunos de los síntomas más graves pero no las raíces del machismo.

Esta minimización se hace por tierra, mar y aire. En primer lugar, la idea de que los hombres que agreden a las mujeres no son normales, son psicópatas. Esa extendida idea enturbia el análisis de las agresiones e impide abordarlas correctamente. No, se trata de hombres «normales». Simplemente son machistas, entre otras cosas porque gran parte de la sociedad les hace pensar y sentir que tienen derechos sobre las mujeres en general y contra la «suya» en particular. Se limitan a llevar al extremo una determinada relación de poder que no preocupa, ni se aborda, ni se cuestiona en casos de agresiones menos graves.

En segundo lugar, el ataque constante -si no boicot- por parte de diferentes instancias a las medidas que se emprenden contra los malos tratos. ¿Por qué se considera un fracaso que, a pesar de los cambios introducidos en el Código Penal, las agresiones y los asesinatos continúen existiendo? ¿Se espera que otros tipos de homicidios, o atracos, desfalcos, etc., se acaben en seco porque están penalizados? La erradicación de la violencia empezará a llegar cuando se aborden sus profundas raíces; mientras tanto, que la Justicia actúe.

Se debe tener en cuenta también las dificultades específicas para afrontar los procesos judiciales. Las agresiones sexistas son el único crimen en que las víctimas son quienes se avergüenzan y no quien las perpetra. Como un espejo, se da la paradoja de que las instituciones esconden a las víctimas para que los agresores no puedan localizarlas, y mientras tanto, ellos disfrutan de libertad.

Las mujeres agredidas muchas veces tienen la percepción de que la denuncia es un fracaso personal, que la misma agresión lo es, puesto que la perpetra alguien a quien eligieron; los golpes provienen de quien más las debería amar y considerar. En un atraco, el o la delincuente es una persona con la que no se tiene ninguna relación sentimental; en los malos tratos, el agresor no es un extraño sino el ser al que se está o se estuvo ligada emocionalmente. A eso hay que añadirle el pánico. Es fácil predicar que se deben denunciar las agresiones, sobre todo si se puede mirar la cuestión desde fuera y obviar la silenciada desprotección en que suelen quedar las mujeres y su familia tras la denuncia. Muchos de los agresores ven hijas e hijos como una simple prolongación de la madre, como arma de presión y chantaje, y no hay forma más cruel de hacer sangre a una mujer que asesinarle las criaturas. Últimamente se han vivido casos bien sangrantes. El miedo suele determinar, pues, la decisión de denunciar.

Tanto los medios como la sociedad en general muestran la extraña necesidad de intentar buscar causa específica a las agresiones producto de la violencia machista.

Y la desconfianza en una justicia que sigue mostrando un respeto reverencial por los derechos de los padres, como si el maltrato fuera un detalle y no una enmienda a la totalidad. Hasta el punto de que no son un motivo que impide que dejen de ver radicalmente a hijas e hijos, sino que se propician encuentros entre menores y posibles asesinos. A todas estas anomalías dificultadoras de la denuncia, se le debe sumar el demostrado infundio de las denuncias falsas que, pese a ser calumnioso, se publica impunemente. De las denuncias falsas en cualquier otro tipo de crimen (y los hay en todos), no se habla jamás.

En tercer lugar. Los medios de comunicación tienen un gran papel, no sólo para rechazar el mito de las denuncias falsas, sino también a la hora de informar tanto de las agredidas que no han denunciado, como de las denunciantes que posteriormente han sido agredidas. Es importante analizar cómo informan los medios de comunicación. ¿En qué sección coloca la prensa estos crímenes? Hay diarios que los sigue relegando a «Sociedad», a «Eventos», a «Información local» y no a «Política», a «Nacional». (Confieso que hasta que se publicó el artículo anterior, sufrí por si le ponían la minimizadora etiqueta «Tendencias». No fue así y pude respirar tranquila, aunque entre las etiquetas apareció fantasmagóricamente, supongo que por error, la etiqueta «Policíaco».) ¿Se quedan los medios en la superficie del caso; ven a las mujeres como víctimas y nada más? ¿Realizan un seguimiento de los casos que orille el sensacionalismo? ¿Se trata igual a hombres y a mujeres en las informaciones?

Siguiendo este hilo y en cuarto lugar. Tanto los medios como la sociedad en general muestran la extraña necesidad de intentar buscar causa específica a las agresiones producto de la violencia machista. Cuando se habla o se informa de un atraco, un robo..., no se menciona que el motivo sea, por ejemplo, el hambre o la desesperación. Se prescinde de ello, simplemente se da cuenta del delito, se le presenta como tal y punto. Supongo que proviene de los tiempos en que se justificaban las agresiones: llevaba minifalda; iba por la calle a una hora tardía; se quería separar... O se confundía causa y detonante.

Finalmente queda un punto clave: la educación, especialmente la de criaturas, adolescentes y jóvenes. Esta prevención tiene que ir a la raíz de las agresiones, a la estructura de la violencia machista. Es inútil abordarla como muchas veces hacen las instituciones (incluida la escolar) con, por ejemplo, la misma óptica que mostró el Gobierno israelí cuando la primera ministra era Golda Meir. Un ministro, alarmado por las muchas agresiones contra las mujeres, propuso decretar el toque de queda; que a partir de una determinada hora no pudieran salir a la calle, no pudieran frecuentar el espacio público. Meir apuntó que quizá mejor que el toque de queda fuera para los hombres, puesto que eran quienes agredían. La cosa acabó como ustedes pueden imaginar: del toque de queda no se habló nunca más. Un caso bien ilustrativo. No hagamos esta faena a las niñas, a las chicas. Tampoco a niños y a chicos.

NUEVOS TIEMPOS