De no acabar la carrera a magnate: así gestó su fortuna Jeffrey Epstein
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De no acabar la carrera a magnate: así gestó su fortuna Jeffrey Epstein

El pedófilo, en el centro de la actualidad de EEUU, se convirtió en un financiero de éxito con bastante suerte y sagacidad. Pasó de ser un profesor particular de Matemáticas a llevar las cuentas de multimillonarios y a serlo él mismo, al final. 

Las millonarias Barbara y Cathy Davis asisten a un acto sobre niños con diabetes en Denver (1982). Posan con Jeffrey Epstein, a quien la prensa no sabía ni citar aún en los pies de foto.Tom Masamori / WWD / Penske Media via Getty Images

Julio de julio de 2019. El equipo legal del financiero norteamericano Jeffrey Epstein declara que su cliente tiene más de 550 millones de dólares en activos. Tuvieron que aportar la relación forzosa de su riqueza en el proceso que se estaba llevando a cabo contra él por pederasta. Al mes siguiente, se suicidaba en una cárcel de Nueva York, sin rendir cuentas con la justicia ni reparar a sus múltiples víctimas. 

Epstein murió con la etiqueta de magnate, de millonario, pero no siempre lo fue. Ahora que su nombre ha regresado a los titulares tras la liberación de más de tres millones de documentos relacionados con su causa, resurge de nuevo la pregunta: ¿cómo se hizo rico? ¿De dónde proviene su fortuna? ¿Era un Donald Trump, heredero de los negocios familiares, o eso que se suele llamar un hombre hecho a sí mismo?

Inicios con trampa

Jeffrey Edward Epstein (Brooklyn, Nueva York, 20 de enero de 1953 / Manhattan, 10 de agosto de 2019) era un judío de Coney Island, hijo de una familia de clase media, estudiante sólo pasable en la Secundaria. 

Comenzó su carrera con una breve experiencia como profesor, pero que no tardó mucho en incorporarse a la banca de inversión, trabajando primero en Bear Stearns, antes de fundar su propia firma en 1982.

Aunque asistió a la universidad, no se graduó en su especialidad, Matemáticas y Física, pero aún así se puso luego a trabajar en la escuela Dalton de Manhattan, bastante prestigiosa. Pese a su elitismo, no repararon en que se trataba de un docente sin título para ejercer, que apenas estaba rodado dando clases particulares en casa a críos de su comunidad, para poder ir pagando parte de sus estudios. 

Fue en dicha escuela donde conoció al padre de uno de sus acaudalados estudiantes, quien vio el potencial de Epstein y llamó a Ace Greenberg, uno de los directores de Bear Stearns, una firma de Wall Street. 

Según expone el diario británico Metro, gracias a esas amistades conoció a Michael Tennenbaum, uno de los consultores más prestigiosos de la Gran Manzana, quien lo calificó con el tiempo como un "vendedor excepcional" y lo contrató al instante. Epstein ya tenía un pie en las puertas de Wall Street, que es lo que quería. 

Un tiburón

En 1976, Epstein empezó a trabajar en la firma Bear Stearns, un prominente banco de inversión y casa de bolsa global con sede en Nueva York que colapsó en marzo de 2008, durante la crisis. Su hundimiento fue, de hecho, uno de los elementos que sirven para datar el inicio del desastre, el fin de una era. 

El profe sin título ascendió rápidamente en la empresa -y, según se dice, su habilidad matemática le fue muy útil tanto para hacer las cosas bien como para fascinar a sus jefes- y en cuatro años, se convirtió en socio de la firma. .

Pero al año siguiente, lo despidieron. Una investigación del New York Times descubrió el motivo: Tennenbaum, supervisor de Epstein en la casa, revisó su currículum y descubrió que Epstein tenía dos títulos universitarios de California. El único problema era que ninguna universidad lo tenía registrado. Otra vez las mentiras, pero esta vez, al aire. 

Cuando Tennenbaum llevó a Epstein a su oficina para interrogarlo sobre el asunto, planeaba despedirlo, pero Epstein lo admitió abiertamente, diciendo que "sabía que nadie le daría una oportunidad" sin esos documentos. Él, descubierto, pidió una segunda, qué te cuesta. Y Tennenbaum se la dio. Ahora, públicamente, dice que se arrepiente. "No me di cuenta de que estaba creando uno de los monstruos de Wall Street", dijo al citado diario. 

"No me di cuenta de que estaba creando uno de los monstruos de Wall Street"

No sólo es que se alentara su alma de tiburón, sino que, mientras trabajaba para Bear Stearns en Wall Street, Epstein incluso comenzó a estafar dinero de la cuenta de gastos de la empresa, llegando a gastar más de 10.000 dólares en joyas y ropa para una de sus amantes y parejas. Finalmente, la empresa lo investigó por esa y otras irregularidades financieras y lo suspendió de su puesto con una multa cuantiosa. Pero en lugar de asumir las consecuencias, renunció por completo.

El negocio propio

Pero ya tenía los contactos hechos y el ansia alimentada, había aprendido cómo moverse y era zalamero como nunca. Así que acabó fundando su propio negocio de gestión de patrimonio, llamado J. Epstein and Co., más tarde rebautizada como Financial Trust Co., que empezó a operar en 1982. 

En su empresa, que creció como la espuma, Epstein se hizo cargo exclusivamente de clientes con un valor de más de mil millones de dólares, apostando por un perfil de millonarios que era de su agrado: la gente con la que se quería codear, distinta a la que le rodeó en sus inicios. De esa época son sus primeras fotos en grades eventos de millonarios. Las agencias de noticias no ponían más que su nombre en los pies de foto, sin saber aún quién era, pero estaba. 

Por ejemplo, llevó las cuentas a Les Wexner, el gigante empresarial detrás de L Brands, que en su día dirigió tiendas como Victoria's Secret y Abercrombie & Fitch. Contrató a Epstein como gestor de patrimonio cuando su fortuna se disparaba y lo recomendó a otros ricos. El Wall Street Journal descubrió que Epstein ganó alrededor de 200 millones de dólares por su trabajo para Wexner durante un período de aproximadamente 20 años.

En la década de 1990, Epstein ya había logrado acumular propiedades y apartamentos en varios países, según varios documentos judiciales surgidos en su proceso. Incluso fue propietario de una isla privada en el Caribe. 

La clave Ghislaine

En todas sus casas se codeaba con algunas de las personas más acaudaladas y poderosas del mundo, habitualmente organizando fiestas a las que todo el mundo quería asistir. Buena parte del éxito de esos encuentros se debe a Ghislaine Maxwell, primero pareja y luego socia, amiga y cómplice (según la justicia) de sus abusos a menores. Entre las personas invitadas habitualmente se encontraban el príncipe Andrés de Reino Unido, el expresidente Bill Clinton y el propio Trump, entonces empresario inmobiliario y del juego. 

Todos ellos niegan haber tenido una conducta punible en sus visitas.

Ghislaine Maxwell y Jeffrey Epstein, en una imagen publicada por el Departamento de Justicia en Washington, el 19 de diciembre de 2025.U.S. Justice Department / Handout via REUTERS

La clave de su expareja es esencial para entender, también, cómo consolidó su riqueza: en 1990, Epstein estaba atravesando una ruptura con una novia de mucho tiempo cuando un socio comercial le presentó a la hija de Robert Maxwell, un barón de los medios, con la esperanza de ayudarlo a superar su desamor y darle una nueva conexión comercial. Pero después de la repentina muerte de Robert en 1990, Ghislaine supuestamente voló a Nueva York, donde se reunió con Epstein, quien comenzó a apoyarla económicamente.

La pareja rápidamente se convirtió en pareja y, en 1992, se cree que Epstein comenzó a manipular y abusar de chicas adolescentes, algo en lo que Maxwell lo ayudaba y por lo que está condenada a 20 años de prisión, pena que ahora intenta reducir. 

Su porte aristocrático y su inteligencia para moverse entre ricos y famosos le dio más cartera de negocios, amigos y socios. Y así acumuló millones y pudo comprar propiedades como, Little St. James, su isla privada, en 1998, por unos 12,3 millones de dólares actuales. Posteriormente, en 2016, compró Great St. James por 22 millones de dólares. Durante una reunión de negocios en 2012, Epstein dijo que las Islas Vírgenes de EEUU son "perfectas" debido a su aislamiento.

El fiscal general de esas ínsulas lo describió más tarde como "el refugio y escondite perfecto para el tráfico de mujeres jóvenes y niñas menores de edad con fines de servidumbre sexual, abuso infantil y agresión sexual".

MOSTRAR BIOGRAFíA

Soy redactora centrada en Global y trato de contar el mundo de forma didáctica y crítica, con especial atención a los conflictos armados y las violaciones de derechos humanos.

 

Sobre qué temas escribo

Mi labor es diversa, como diverso es el planeta, así que salto de Oriente Medio a Estados Unidos, pero siempre con el mismo interés: tratar de entender quién y cómo manda en el siglo XXI y cómo afectan sus decisiones a la ciudadanía. Nunca hemos tenido tantos recursos, nunca hemos tenido tanto conocimiento, pero no llegan ni las reformas ni la convivencia prometidas. Las injusticias siempre hay que denunciarlas y para eso le damos a la tecla.

 

También tengo un especial empeño en la actualidad europea, que es la que nos condiciona el día a día, y trato de acercar sus novedades desde Bruselas. En esta ciudad y en este momento, la defensa es otra de las materias que más me ocupan y preocupan.

 

Mi trayectoria

Nací en Albacete en 1980 pero mis raíces son sevillanas. Estudié Periodismo en la Universidad de Sevilla, donde también me hice especialista en Comunicación Institucional y Defensa. Trabajé nueve años en El Correo de Andalucía escribiendo de política regional y salté al gabinete de la Secretaría de Estado de Defensa, en Madrid. En 2010 me marché como freelance (autónoma) a Jerusalén, donde fui corresponsal durante cinco años, trabajando para medios como la Cadena SER, El País o Canal Sur TV.

 

En 2015 me incorporé al Huff, pasando por las secciones de Fin de Semana y Hard News, siempre centrada en la información internacional, pero con brochazos de memoria histórica o crisis climática. El motor siempre es el mismo y lo resumió Martha Gellhorn, maestra de corresponsales: "Tiro piedras sobre un estanque. No sé qué efecto producen, pero al menos yo tiro piedras". Es lo que nos queda cuando nuestras armas son el ordenador y las palabras: contarlo. 

 

Sí, soy un poco intensa con el oficio periodístico y me preocupan sus condiciones, por eso he formado parte durante unos años de la junta directiva de la ONG Reporteros Sin Fronteras (RSF) España. Como también adoro la fotografía, escribí  'El viaje andaluz de Robert Capa'. Tuve el honor de recibir el XXIII Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla por mi trabajo en Israel y Palestina y una mención especial en los Andalucía de Periodismo de la Junta de Andalucía (2007). He sido jurado del IV Premio Internacional de Periodismo ‘Manuel Chaves Nogales’.

 

 


 

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