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EE.UU presume de su golpe en Ormuz: 10 barcos obligados a dar la vuelta y el comercio iraní contra las cuerdas

EE.UU presume de su golpe en Ormuz: 10 barcos obligados a dar la vuelta y el comercio iraní contra las cuerdas

Washington asegura que ha frenado el tráfico marítimo vinculado a Irán en apenas 48 horas mientras el estrecho más estratégico del mundo se convierte en el epicentro del conflicto.

Petrolero avanza por el Estrecho de Ormuz
Petrolero avanza por el Estrecho de OrmuzREUTERS

El pulso en Oriente Medio ya no se mide solo en misiles o negociaciones diplomáticas que se alargan durante horas sin resultados. Se mide también en movimientos mucho más silenciosos, pero igual de decisivos: los de los barcos que atraviesan -o intentan atravesar- el estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más sensibles del planeta. En ese escenario, Estados Unidos ha querido lanzar un mensaje claro: tiene el control.

Según el Comando Central de Estados Unidos, las fuerzas desplegadas en la zona han impedido el paso de al menos 10 buques con origen o destino en Irán en las primeras 48 horas del bloqueo ordenado por el presidente Donald Trump. No es solo una cifra. Es una forma de visualizar cómo se traduce sobre el terreno, o mejor dicho, sobre el mar, la estrategia de presión que Washington lleva semanas desplegando contra Teherán.

Buques obligados a girar en pleno estrecho

La escena que describen desde el Pentágono es tan simple como potente: barcos que avanzan hacia uno de los pasos marítimos más transitados del mundo y que, de repente, se ven obligados a dar media vuelta. "Cero barcos han roto el bloqueo", aseguran desde el Centcom, que ha querido subrayar la efectividad de una operación que, al menos en sus primeras horas, ha logrado frenar el tráfico comercial vinculado a Irán.

Uno de los episodios que mejor ilustra esta dinámica es el de un buque de carga con bandera iraní que intentó esquivar el cerco tras salir del puerto de Bandar Abbás. La maniobra no prosperó. Un destructor estadounidense, el USS Spruance, interceptó la embarcación y la obligó a regresar, dejando claro que el margen para eludir el bloqueo es prácticamente inexistente. No hubo escalada, pero sí un aviso directo: la vigilancia es total.

5.000 militares… y una operación en marcha

Detrás de esta operación hay algo más que declaraciones. Estados Unidos ha desplegado en la zona un contingente significativo, con más de 5.000 efectivos, incluidos marinos del grupo de ataque del portaaviones Abraham Lincoln. No se trata de una presencia simbólica, sino de un dispositivo preparado para actuar en tiempo real ante cualquier intento de romper el bloqueo.

El mensaje, en ese sentido, es doble. Por un lado, se busca cortar de forma efectiva el comercio marítimo iraní, que representa alrededor del 90% de su actividad exterior. Por otro, se lanza una advertencia a cualquier actor que intente operar en esa ruta con destino o salida en puertos iraníes: la intervención estadounidense será inmediata. Es una forma de control que no requiere disparos, pero sí una presencia constante y una capacidad de respuesta que condiciona cada movimiento.

El matiz que cambia el relato

Sin embargo, el bloqueo no es absoluto. Y ese matiz es clave para entender lo que está ocurriendo realmente en Ormuz. Aunque los barcos vinculados a Irán no están logrando atravesar el estrecho, al menos tres petroleros sí han cruzado en las últimas horas. La diferencia está en su origen: no tenían relación directa con puertos iraníes.

Esto significa que el tráfico marítimo no se ha detenido por completo, sino que se ha filtrado. Estados Unidos no está cerrando Ormuz, sino controlando quién puede y quién no puede utilizarlo. Una distinción que evita un colapso global inmediato, pero que al mismo tiempo mantiene una presión constante sobre Irán, cuyo comercio queda prácticamente aislado en ese frente.

Ormuz, mucho más que un paso marítimo

El protagonismo del estrecho de Ormuz no es casual. Por esa franja de agua pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, lo que la convierte en una arteria energética de primer orden. Cualquier alteración en su funcionamiento tiene consecuencias inmediatas en los mercados internacionales.

Y eso ya se está notando. El precio del crudo se mantiene por encima de los 90 dólares por barril, reflejo de una tensión que va más allá del conflicto militar y se traslada directamente a la economía global. En ese contexto, cada barco que se detiene, cada ruta que se modifica y cada decisión que se toma en ese punto del mapa tiene un impacto mucho mayor del que aparenta.

Presión máxima en plena negociación

El movimiento de Estados Unidos llega, además, en un momento especialmente delicado. Las negociaciones con Irán para poner fin a la guerra -que ya supera las siete semanas- siguen abiertas, aunque sin avances claros. En ese escenario, el bloqueo marítimo funciona como una herramienta de presión adicional.

La lógica es evidente: cuanto mayor sea el coste económico para Irán, mayor será su incentivo para ceder en la mesa de negociación. Pero esa misma estrategia también puede tener el efecto contrario, endureciendo las posiciones y complicando aún más cualquier posible acuerdo. Es un equilibrio inestable, en el que cada paso tiene consecuencias difíciles de prever.

La guerra que también se libra en el mar

Porque este conflicto ya no se juega solo en el terreno militar convencional. Se juega también en espacios menos visibles, pero igual de determinantes. En despachos donde se negocian condiciones. En mercados donde se fijan precios. Y, cada vez más, en el mar.

Allí, donde un barco que da la vuelta no es solo una anécdota logística, sino un símbolo de hasta qué punto la presión está funcionando… o de lo lejos que sigue estando el final de la guerra.

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Soy redactor de actualidad en El HuffPost España. Mi objetivo es que no te pierdas nada, sea la hora que sea, estés despierto o dormido.

 

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Lo hago desde una perspectiva informativa, sin perder esa mirada crítica con la que aportar algo diferente a lo habitual.

 

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Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

Si alguna vez me necesitas y no me encuentras, búscame en una pista de tenis. Te puedo recomendar la mejor novela negra de cada país y hablar durante horas del cine de los 80 y 90. Ah, por cierto, acierto todas las preguntas naranjas del Trivial. 

 


 

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