Israel dice "no" al plan de paz de EEUU para Gaza: las brechas de seguridad y la presión electoral ponen a 'Bibi' contra Trump
Netanyahu dice que primero Hamás tiene que desarmarse y, luego, se irán las FDI. Lo contrario de lo planteado. "Es el único camino hacia adelante que garantiza que esta tragedia no vuelva a repetirse", avisa el portavoz avalado por la Casa Blanca.

Israel y Estados Unidos, enfrentados. ¿Es esta la nueva normalidad? El domingo, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, rechazó con contundencia el documento de 15 puntos elaborado por la Junta de la Paz, liderada por Estados Unidos, por el que se debe regir el futuro de Gaza (Palestina). La propuesta buscaba establecer un calendario definitivo para el cese de las hostilidades, la retirada de las fuerzas israelíes y la reestructuración del Gobierno en la franja.
Tel Aviv dice no, otra vez, como hizo en meses anteriores con la exigencia norteamericana de que abandonase sus ataques sobre Líbano, en un nuevo roce con la Administración Trump que nadie sabe cómo va a acabar. El presidente norteamericano se las prometía muy felices cuando anunció el desarme de Hamás, hace 10 días. Un "hito histórico", decía. Este chasco le agua el champán, abierto precipitadamente, siempre con su cortoplacismo y su intento de vender humo en un conflicto largo y complejo, que desconoce.
El amigo americano seguirá siéndolo, es así desde 1948, pero no hay que restar importancia al desaire de Netanyahu a Trump. Durante la reunión semanal con sus ministros, ayer, Netanyahu cortó de raíz las especulaciones sobre un eventual consenso, contentando a lo más radical de su gobierno de radicales, ultranacionalistas y religiosos. "Israel rechaza el documento de 15 puntos", sentenció. "El Ejército israelí no llevará a cabo ninguna retirada hasta que Hamás esté verdaderamente desarmado y continuará frustrando las amenazas contra nuestras fuerzas y nuestros ciudadanos", garantizó.
Más allá de cómo se lleven Washington y Tel Aviv, esta negativa, pese a ser esperada, ha disparado las alarmas entre los diplomáticos y mediadores internacionales, porque deja a Gaza en un limbo operativo y a la Casa Blanca, ante un severo dilema estratégico a escasos meses de las elecciones legislativas de medio término (midterms) en las que los demócratas van subiendo.
¿Pero por qué ha dicho "no" el Gobierno israelí a un marco diseñado por su aliado más cercano? La respuesta se encuentra en una compleja trama de discrepancias tácticas sobre el desarme de Hamças, divergencias estructurales entre los acuerdos previos y actuales, disputas sobre la gobernanza y la estatalidad palestina, y un más que evidente cálculo político casero a las puertas de una contienda electoral decisiva, en octubre, para la que Bibi hoy no tiene mayoría de Gobierno.
El núcleo de la discordia
La objeción central expresada por Israel radica en la secuencia temporal y el alcance del proceso de desarme del Movimiento de Resistencia Islámica, o sea, Hamás. Estima que los 15 puntos del pacto invierten las prioridades de seguridad al vincular la retirada de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) a un proceso gradual de entrega de armas supervisado internacionalmente, en lugar de exigir la desmilitarización absoluta como un requisito previo e innegociable antes de mover a un solo soldado. Es un choque radical.
Ante su gabinete, Netanyahu insistió en que no aceptará fórmulas intermedias ni compromisos ambiguos respecto al arsenal de las milicias palestinas. "Cuando hablo del desarme de Hamás, me refiero a armamento pesado, armamento ligero, a todo el armamento. Y estamos hablando de un desarme real, no de un desarme ficticio", aseveró.
El también líder del Likud admitió que existen conversaciones y contactos directos con funcionarios de la Administración Trump sobre los detalles técnicos del texto, pero enfatizó la determinación de su Gobierno de mantener su postura de fuerza, aun a costa de chocar públicamente con Washington. "Estamos hablando con los estadounidenses sobre este asunto. Tienen ideas, algunas de las cuales son aceptables para nosotros y otras no son aceptables para nosotros, y sabemos cómo mantenernos firmes en estas cosas. A diferencia de todos los que nos dan lecciones, nosotros hacemos lo que hay que hacer por la seguridad de Israel, y podemos y sabemos cómo mantener nuestra postura, incluso frente a nuestros mejores amigos cuando sea necesario", expuso.
El mensaje de Bibi buscaba contrarrestar lo que calificó como "una ola de rumores sobre la debilidad israelí y las retiradas israelíes en todos los frentes", en referencia no sólo a Gaza, sino también a la presencia de tropas israelíes en el sur de Líbano y a las operaciones derivadas de la confrontación abierta con Irán.
A este choque táctico sobre el armamento se suma una discrepancia ideológica y estratégica de fondo: el futuro político de los territorios palestinos y, a la postre, la creación de un Estado palestino de pleno derecho, como se reconoce en sucesivas resoluciones de Naciones Unidas. Mientras que el preámbulo y las cláusulas finales del marco de 15 puntos mencionan la creación de un horizonte que conduzca hacia la autodeterminación y la estatalidad palestina, Netanyahu reiteró su negativa a cualquier concesión de soberanía. Conocida, pero una vez más reiterada y lista para invalidar todo lo demás: "Mientras yo sea primer ministro, no se erigirá ningún Estado palestino", declaró enfáticamente.
El mundo no puede llamarse a engaño porque, desde que en octubre del pasado año se llegó a una tregua con Hamás y líderes de todas las latitudes fueron a Egipto a hacerse la foto con Trump y avalar su hoja de ruta para Gaza, Tel Aviv ya dijo que no lo acataría. El planeta dejaba pasar el tiempo, confiando en ir superando etapas mientras, más urgentes.
De los 20 puntos aceptados... a los 15 rechazados
Para entender por qué Israel ha rechazado la propuesta actual tras haber aceptado un marco previo a finales del año pasado, es necesario analizar la evolución de los textos negociados bajo la mediación de la Casa Blanca.
A finales del año pasado, tras una reunión de alto nivel entre Trump y Netanyahu que siguió al establecimiento de un alto el fuego preliminar en Gaza, en octubre de 2025, Israel dio su beneplácito a una propuesta de 20 puntos. Aquel texto, avalado también por la ONU mediante la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad, concebía la resolución del conflicto bajo unos parámetros alineados con las demandas israelíes, empezando por el bbjetivo de seguridad: Gaza se convertiría en una zona desmilitarizada y libre de terrorismo que no representaría amenaza para sus vecinos israelíes.
Además, en un plazo estricto de 72 horas tras la aceptación, Hamás debía liberar a todos los rehenes del 7 de octubre de 2023 (vivos y asesinados). Como contrapartida, Israel liberaría a 250 prisioneros palestinos condenados a cadena perpetua y a 1.700 gazatíes arrestados tras los atentados del 7-O, incluidas todas las mujeres y menores. Se ofrecía, igualmente, una amnistía a los miembros de Hamás que entregaran las armas y se comprometieran a la convivencia pacífica, garantizando un salvoconducto a terceros países para quienes desearan abandonar la franja.
También fundamental es que se establecía una administración temporal a cargo de un comité palestino no político y tecnocrático, operando bajo la supervisión directa de un nuevo órgano internacional transitorio: la llamada Junta de Paz (Board of Peace), encargada de gestionar los fondos de desarrollo hasta que la Autoridad Nacional Palestina (ANP) completara sus reformas institucionales.
En el caso de la retirada de tropas y la vigilancia perimetral de Gaza, se pactaba que las FDI se replegarían inicialmente a una línea acordada, congelando los frentes. La marcha final sería gradual y estaría condicionada al cumplimiento de hitos de estabilidad verificados entre ellas, la fuerza internacional, los Estados árabes y EEUU. La cláusula 16 garantizaba que Israel no ocuparía ni se anexionaría Gaza, pero autorizaba la retención de un perímetro de seguridad militar en los bordes hasta descartar cualquier amenaza.

Ahora, con el paso de los meses, de las negociaciones y de los cumplimientos e incumplimientos de las fases de trabajo, el documento de la Junta de Paz plantea sólo 15 puntos, una hoja de ruta estructurada en fases para la transición política, el repliegue militar y la desmilitarización del territorio.
En su primer punto, el nuevo documento exige a todas las partes reafirmar su compromiso con el plan integral de paz impulsado por el pacificador Trump con el fin de detener la destrucción, garantizar la salida completa de las tropas israelíes, restablecer la vida cotidiana, instaurar una gobernanza palestina, impulsar la reconstrucción económica y abrir un camino político creíble hacia la autodeterminación y la estatalidad finales.
El segundo apartado establece que Israel debe cumplir sin demoras los compromisos pendientes fijados en el acuerdo de Sharm el Sheikh (Egipto), suspendiendo de forma definitiva todas sus operaciones militares. A la par, Hamás y el resto de las facciones palestinas deben cesar por completo sus acciones armadas. Tras la aprobación del texto por las partes, un Comité Internacional de Verificación (IVC) dispone de 14 días para definir el calendario y los mecanismos de ejecución, momento tras el que el Comité Nacional de Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés) debe acceder al territorio costero para asumir sus funciones.
El tercer punto supedita el avance a cada nueva etapa a la comprobación formal, por parte del IVC y mediante un sistema de monitoreo reforzado, de que los compromisos de la fase previa se han cumplido íntegramente, algo que trata de superar los errores en las metas volantes anteriores.
Más: el cuarto punto compromete a Hamás y a las demás facciones armadas a traspasar la totalidad de las funciones de administración civil y seguridad interna al NCAG, garantizando su independencia y comprometiéndose a no interferir en sus decisiones durante el periodo de transición. Y el quinto dispone que, una vez instalado, el NCAG asumirá la gestión de las instituciones civiles y los servicios públicos, haciéndose cargo además de evaluar y liquidar las deudas con proveedores y contratistas hasta un tope de 400 millones de dólares.
El sexto punto fija como principio rector que la franja de Gaza se gobernará bajo el principio institucional de "una sola autoridad, una sola ley y una sola arma".
El séptimo punto aborda la seguridad civil disponiendo la integración de nuevos agentes de policía previamente capacitados en las estructuras policiales existentes, tras someter a todo el personal a un riguroso proceso de depuración y verificación.
El octavo punto -y aquí es donde pinchamos en hueso, porque es el eje central de la controversia con Israel- establece que el proceso para desmantelar y almacenar el armamento pesado, las fábricas de armas, los depósitos militares y la red de túneles comenzará únicamente después de que se hayan cumplido las obligaciones de Sharm el Sheikh, el Comité Nacional de Administración de Gaza haya tomado posesión de la franja y la fuerza internacional se haya desplegado. Este desarme se ejecutará de forma gradual y sincronizada con el repliegue paulatino de las fuerzas israelíes.
El noveno punto expone que las armas personales quedarán reguladas por las leyes palestinas aplicables, mientras que el armamento de las milicias será decomisado y guardado bajo la custodia del NCAG. Los miembros de las milicias no podrán integrarse en los cuerpos de seguridad ni en la policía y sí tendrán firmar un acuerdo de paz según la normativa palestina para erradicar la violencia interna, los actos de venganza y las exhibiciones o desfiles armados. Dice Netanyahu que eso es un "desarme ficticio", porque deja las armas ligeras y personales sujetas a la legislación palestina, en la que no cree, como no cree que la ANP sea un interlocutor de paz.
En el décimo punto se ordena el despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización (ISF), cuya función principal será interponerse entre el ejército israelí y las zonas administradas por el NCAG. Esta fuerza no patrullará ni hará tareas policiales sobre la población civil palestina, sino que sus labores se centrarán en supervisar el alto el fuego, entrenar a la policía palestina y custodiar el traslado de ayuda humanitaria. No tienen soberanía sobre un pueblo que no es el suyo.
El undécimo punto obliga a las fuerzas israelíes a completar su retirada gradual de la franja conforme a la cronología del octavo punto y asegurando que no se fuerce a ningún habitante a abandonar el territorio. De nuevo, un punto caliente, inaceptable, a juicio de Netanyahu y sus aliados.
El duodécimo punto atribuye al NCAG la responsabilidad exclusiva de responder a cualquier incidente de seguridad que ocurra en el interior de Gaza.
Finalmente, los puntos decimotercero, decimocuarto y decimoquinto estipulan que la reconstrucción del enclave y la asignación de sus fondos de financiación se realizarán bajo un plan y calendario supervisados al alimón por la Junta de la Paz y el NCAG, respetando los estándares e internacionales aplicables para garantizar la recuperación socioeconómica del territorio, que ha retrocedido al menos 77 años por el genocidio israelí, según la ONU.

A pesar de las airadas palabras de Netanyahu, hay medios locales que hablan de una llamativa desconexión entre el discurso político de consumo interno y las acciones que las fuerzas militares ejecutan en la práctica. Una cosa es decir y, otra, hacer. Por ejemplo, un análisis publicado por el diario conservador israelí The Jerusalem Post señala que, lejos de un choque total e inmediato sobre el terreno, las Fuerzas de Defensa de Israel están aplicando de forma tácita parte de lo contenido en los 15 puntos famosos.
Amichai Stein, su corresponsal diplomático, sostiene que se ha dado orden de acabar con asesinatos selectivos de miembros de milicias y que, aunque se dice que no habrá "ni un ladrillo de reconstrucción" antes del desarme de Hamás, ya hay "obras pesadas" en Rafah, bajo control israelí, que encajan con la distinción trazada por la Junta de Paz entre trabajos técnicos de infraestructura temporal de emergencia y reconstrucción urbana permanente. Una manera de contentar a EEUU y no provocar demasiado, parece.
También defiende que "el repliegue y despliegue actual de las tropas israelíes se mantiene estrictamente a lo largo de la denominada Línea Amarilla, la cual engloba aproximadamente el 53% del territorio de la Franja de Gaza. Actualmente, las FDI no mantienen posiciones permanentes ni realizan patrullas más allá de esa demarcación". Sin embargo, los gazatíes sostienen que sí se ha profundizado en esa ocupación y la nueva Línea, la Naranja, busca rodear el 70% del suelo, complicando el acceso a vivienda o tierra de los civiles palestinos.
Hay grises, viene a decir el diario, aparte de los evidentes negros, como el dato de que 1.250 personas han sido asesinadas desde que entró el alto el fuego, 300 de ellas menores, según Unicef. Y enfatiza que si hay una retórica beligerante de los discursos oficiales y ciertas acciones en el terreno es reflejo del "difícil equilibrio en el que se mueve el primer ministro", atrapado entre las exigencias diplomáticas de la Casa Blanca y las amenazas de sus socios de gobierno, esos que querrían más reocupar Gaza, como antes de 2005, que darle la paz.
Las elecciones de octubre y la "guerra eterna"
Más allá de la sacrosanta seguridad, que es lo que se enarbola siempre en Israel respecto a Palestina pero que suena de aquella manera en un Gobierno que aún no ha dado explicaciones por lo ocurrido el 7-O, queda claro que el otro gran factor tras "no" israelí se encuentra en la política doméstica. El país tiene previsto celebrar elecciones el próximo 27 de octubre, las primeras tras Gaza, un proceso en el que Netanyahu se juega la permanencia al frente del Gobierno en un clima de profunda polarización. Más allá de poder, también pesa su propio blindaje judicial, cuando tiene tres casos de supuesta corrupción pendientes en los tribunales.
La inmensa mayoría de las encuestas publicadas en las últimas semanas sitúan a la coalición oficialista por debajo de la mayoría necesaria para gobernar de nuevo. Al mismo tiempo, sondeos citados en medios internacionales indican que un 70% de la ciudadanía judía israelí manifiesta serias dudas y hasta preocupación respecto a la integridad y garantías del propio proceso electoral, de su limpieza y equidad.
Ante este panorama, las facciones más extremistas del gabinete han intensificado su presión sobre el primer ministro para evitar cualquier concesión en Gaza. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich (Partido Sionista Religioso, que le cede 14 escaños) reaccionó agriamente a los rumores de negociación declarando que "las FDI no pueden retirarse ni un sólo milímetro en lafFranja de Gaza". El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir (de Poder judío, con siete diputados), junto a otros ministros del ala radical, exigió someter el plan de la Junta de Paz a una votación formal del gabinete para rechazarlo definitivamente y dar por terminada la vía diplomática. Diga lo que diga EEUU.
"Quien pensó que podríamos confiar la seguridad de nuestros hijos a acuerdos y garantías de nuestro entorno, recibió esta mañana una bofetada dolorosa", ha escrito hoy el ministro en redes sociales, quien solo percibe "mentira y engaño" en esta propuesta de paz presentada por el presidente Trump. "Estos son acuerdos cuyo propósito está destinado a adormecernos ante el próximo golpe", ha asegurado Ben Gvir, para quien "la única respuesta" contra quienes desean el "mal" de Israel "es la fuerza, la determinación y una resolución absoluta sin acuerdos y sin piedad", informa EP.

Como muestra de la agenda impulsada por la derecha nacionalista en pleno periodo preelectoral, varios ministros y parlamentarios acudieron esta misma semana a un acto oficial para inaugurar Emek Dotan, un nuevo asentamiento ilegal israelí ubicado en Arrabeh, al suroeste de Jenin, en la Cisjordania ocupada. La ONU ya considera que hay más de 600.000 personas viviendo ilegalmente en colonias del este de Jerusalén y de la propia Cisjordania.
El excanciller y diplomático israelí Alon Pinkas considera en declaraciones a la cadena de televisión qatarí Al Jazeera que la postura de Netanyahu responde prioritariamente a una estrategia de supervivencia electoral. "Netanyahu necesita una guerra eterna. Este rechazo israelí al plan de Gaza debe entenderse enteramente en el contexto de las próximas elecciones del 27 de octubre. Netanyahu ha calculado que desafiar a Trump en este momento carece de riesgos inmediatos para él, asumiendo que el presidente estadounidense no aplicará sanciones reales antes de que Hamás complete su desarme", explica.
En un sentido similar, el analista político Dan Perry, exdirector de la agencia Associated Press para Europa y Oriente Medio, apunta a la desconexión entre la postura oficial y el sentir de parte de la sociedad. "La posición de Netanyahu no está alineada con lo que la población de Israel desearía si comprendiera correctamente la situación. Aunque no se tenga ingenuidad sobre Hamás, la existencia de una propuesta de desarme es algo que debería recibirse con satisfacción. Se suele hablar de una contradicción entre las exigencias de seguridad de Israel y las necesidades humanitarias de Gaza, pero no son cuestiones antagónicas", afirma.
La idea es que Netanyahu ha pulsado el botón de reinicio. Con las elecciones tan cerca, sabe que debatir sobre el desarme o la retirada es altamente conflictivo para su base radical, por lo que prefiere congelar el proceso antes de asumir el coste político que conlleva, tanto en votos directos como en supuestas alianzas tras la cita con las urnas.
El pulso con Washington y el dilema de la Casa Blanca
El abierto desafío de Netanyahu sitúa a la administración estadounidense en una posición sumamente delicada. Para Donald Trump, la resolución de la guerra en Gaza era un pilar central de su política exterior de cara a las elecciones legislativas de noviembre, en las que se espera un voto de castigo, al menos relativo, por su gestión en estos dos años, lo que puede hacer que la Cámara de Representantes o el Senado pasen a manos del Partido Demócrata.
Su prisa por pacificar la región no obedece sólo a motivos diplomáticos, sino a un factor económico interno de primera magnitud: la persistente inestabilidad en el Estrecho de Ormuz y el conflicto paralelo con Irán han mantenido elevados los precios del petróleo y los combustibles, amenazando con desgastar electoralmente al Partido Republicano.
A pesar del desplante de Netanyahu, los negociadores han insistido en que no existe alternativa al plan de 15 puntos. Nickolay Mladenov, el Alto Representante de la Junta de la Paz para Gaza elegido por Trump, ha defendido la propuesta en la televisión israelí poco después de escuchar a Netanyahu. "La opción que estamos ofreciendo hoy es el único camino hacia adelante que garantiza que esta tragedia no vuelva a repetirse", sostuvo el diplomático búlgaro.
Trump no está ahora mismo en las mejores condiciones para consentirle todo a Bibi. En su formación, se acentúa el distanciamiento hacia la estrategia militar israelí, con amplios sectores exigiendo condiciones estrictas a la ayuda militar, azuzadas desde el lado demócrata pero con eco importante en unos republicanos cansados de darle todo a Netanyahu, al que culpan, en parte, de haber arrastrado a Trump al laberinto iraní, sin salida por ahora. El vicepresidente JD Vance, considerado uno de los principales aspirantes a la nominación presidencial republicana para 2028, ha mostrado públicamente su escepticismo sobre el alcance del compromiso militar de EEUU en las guerras de Oriente Medio.
"Netanyahu está jugando un juego extremadamente peligroso con Trump. Si el presidente estadounidense decide que ha llegado el momento de marcar distancias con el liderazgo israelí debido a sus constantes bloqueos, una parte considerable del Partido Republicano -que ha sido el aliado más firme de Israel- podría seguir su ejemplo", insiste Al Jazeera. El actual mandatario, sobreviviente de un buen puñado de presidentes de EEUU, ya ha tenido encontronazos antes. En 1996, el entonces presidente Bill Clinton resumió su frustración con él con una frase célebre: "¿Quién carajo es la superpotencia aquí?", le espetó.
¿Hará lo mismo el magnate Trump, con todos los intereses personales que tienen él mismo y su familia en lo que pase en Gaza? Le tocará ejercer una presión directa sobre Netanyahu para salvar la hoja de ruta o permitir que su iniciativa quede paralizada para evitar un enfrentamiento abierto con el electorado pro-Israel en Estados Unidos. También ahí tiene presiones en casa porque, por primera vez, los sondeos destacan un creciente apoyo a la causa palestina en el común de los norteamericanos.
El temor de los civiles
Mientras la diplomacia se atasca en los despachos oficiales, la población palestina continúa sufriendo el impacto directo del conflicto y la parálisis de los acuerdos. Pocas horas después de las declaraciones de Netanyahu, Hamás emitió una nota en su canal de Telegram confirmando que mantiene su compromiso con el plan de 15 puntos e instando a los países mediadores e internacionales a "asumir sus responsabilidades para evitar violaciones o incumplimientos que descarrilen el proceso".
Sostiene que su desarme se producirá de forma gradual conforme se verifique la retirada israelí, aunque diversos analistas recuerdan que la doctrina de la resistencia armada sigue siendo un pilar ideológico central para el grupo.
En las calles de la Franja de Gaza, el anuncio de Netanyahu ha agrandado la desesperanza, como relatan medios como la agencia WAFA. El rechazo total plantea serias dudas sobre la secuencia de los pasos y significa que no hay un final a la vista para las hostilidades, que matan a gente a diario y que impiden la reconstrucción, vital.
Más de dos millones de civiles siguen atrapados entre las ruinas de Gaza y las crecientes tensiones en Cisjordania, donde la violencia colona se ha disparado, hacen invivible el territorio. Ahora, la parálisis política augura la prolongación indefinida de un conflicto sin una salida clara en el horizonte y donde la verdadera voluntad política mundial brilla por su ausencia.
