Tienen 9.000 búnkeres pero no pueden parar un dron: el mito del ejército suizo se derrumba ante la amenaza rusa y el nuevo desorden mundial
La realidad actual poco tiene que ver con la mitificación del 'muro' suizo. El país helvético cree que la neutralidad y el servicio militar obligatorio ya no son un seguro.
Durante décadas, la imagen del ejército suizo ha sido la de una maquinaria silenciosa, discreta y eficaz, tan sólida como los Alpes que protege. Un país neutral, lleno de búnkeres, con ciudadanos armados y entrenados, preparado para resistir cualquier invasión imaginable.
Sin embargo, la guerra en Ucrania y el giro del tablero geopolítico global han puesto en cuestión ese relato. Hoy, Suiza descubre que su legendaria fortaleza defensiva puede resultar sorprendentemente frágil ante amenazas del siglo XXI como drones, misiles de largo alcance o ciberataques coordinados.
Basta con darse una vuelta por una estación de tren suiza para entender de dónde viene el mito. Jóvenes con uniforme de camuflaje, boinas perfectamente colocadas y fusiles de asalto al hombro regresan a casa tras una semana de instrucción.
El servicio militar obligatorio sigue siendo una realidad cotidiana y, más allá de su función defensiva, actúa como cemento social entre regiones lingüísticas y culturales distintas. Esa continuidad histórica ha alimentado la idea de un país siempre preparado para la guerra… aunque lleve más de dos siglos sin librar una.
La última operación militar suiza en el exterior tuvo lugar en 1815, durante la campaña del Franco Condado. Desde entonces, la neutralidad reconocida en el Congreso de Viena se convirtió en seña de identidad nacional. Pero la neutralidad no protege de misiles ni derriba drones.
Una defensa pensada para otra época
El problema no está en la cantidad de soldados ni en la obsesión defensiva del país. Sobre el papel, Suiza dispone de una de las redes de fortificaciones más densas del mundo: unos 9.000 búnkeres repartidos por todo el territorio y hasta 360.000 efectivos movilizables. El problema es que gran parte de ese sistema responde a una lógica de guerra terrestre propia del siglo XX.
Hoy, el ejército suizo presenta carencias críticas:
- Solo una parte de los reclutas recibe equipamiento completo de emergencia
- Faltan radios operativas, munición y vehículos en condiciones reales de combate
- Muchos carros de combate no están listos para ser desplegados
- La defensa aérea es claramente insuficiente
Este último punto es el más preocupante. Suiza no dispone actualmente de sistemas capaces de interceptar misiles balísticos o de crucero, ni de hacer frente a ataques masivos con drones. Incluso la adquisición de los cazas F-35 estadounidenses —clave para la modernización— llega con retrasos y una cobertura territorial limitada. En un escenario como el ucraniano, el país quedaría prácticamente indefenso ante ataques aéreos sostenidos.
La "ventana de vulnerabilidad" que inquieta a Berna
Los propios estrategas suizos han puesto nombre al problema: entre 2027 y 2030 se abre una "ventana de vulnerabilidad". Los servicios de inteligencia occidentales contemplan la posibilidad de que Rusia amplíe su presión militar más allá de Ucrania, apuntando a países de la OTAN en el norte y el este de Europa. Aunque Suiza no esté en primera línea, sí se encuentra dentro del radio de acción de misiles y drones de largo alcance.
Un ataque selectivo contra infraestructuras clave —red eléctrica, centros logísticos o nodos de transporte— no solo afectaría al país alpino, sino también a sus vecinos. Paradójicamente, esa posición convierte a Suiza en un punto débil del entramado defensivo europeo, pese a no pertenecer a la OTAN.
Mientras Alemania, Francia, Italia o incluso Austria han reaccionado aumentando su gasto militar desde 2022, Suiza ha mantenido un perfil bajo. En 2025, su presupuesto de defensa apenas alcanza el 0,7% del PIB. El objetivo de llegar al 1% en 2032 resulta modesto frente al 3,5% que manejan los países de la Alianza Atlántica.
Este desfase alimenta una percepción incómoda: la de un país que se beneficia de la protección indirecta de sus vecinos sin asumir plenamente los costes. Una situación cada vez más difícil de sostener en un contexto de endeudamiento, rearme y tensiones políticas crecientes en la Unión Europea.
La conclusión empieza a abrirse paso incluso en Suiza: ni los búnkeres ni la neutralidad bastan en un mundo de drones, misiles hipersónicos y alianzas frágiles. El mito del ejército inexpugnable se resquebraja, y con él, una parte del relato fundacional del país más seguro —y quizá más confiado— de Europa.