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02/02/2015 07:30 CET | Actualizado 03/04/2015 11:12 CEST

Yihadismo sin fronteras

eiLa actividad de Al Qaeda (y sus franquicias) y del Estado Islámico no supone un incremento del movimiento yihadista sino, por el contrario, una fragmentación de la amenaza que éste representa. Cabe recordar que el Estado Islámico era la franquicia iraquí de Al Qaeda, y que su ideología y objetivos, más allá de mínimos matices, son prácticamente los mismos.

EFE

Los atentados de París han mostrado una aparente paradoja, en la medida en que algunos de los propios terroristas se identificaban como miembros de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), mientras que otros se presentaban como miembros de Daesh (Estado Islámico). En realidad, hay que entender, en primer lugar, que ninguno de esos grupos constituye una entidad estructurada de forma jerárquica y burocrática- al modo de un ejército-, con una nómina exhaustiva de sus miembros.

Eso significa que junto a un núcleo central -que en el caso de AQPA se estima en varios miles de combatientes y en el de Daesh se eleva hasta los 50.000-, ubicado en los principales escenarios de combate en los que ambos están implicados (Yemen y Arabia Saudí, en el primer caso, y buena parte de Siria e Irak, en el segundo), existe un impreciso número de grupúsculos localizados en muchos otros escenarios (incluyendo Magreb, Sahel y países occidentales) que no necesariamente actúan bajo las órdenes directas de los líderes principales de ambos grupos. Son, estos últimos, células conformadas por individuos que, o bien han recibido instrucción y han adquirido experiencia de combate en ocasionales estancias con el núcleo central o, simplemente, se declaran leales a las directrices ideológicas de alguna de estas entidades.

Esto supone que, como parece haber ocurrido en los atentados de París, estemos ante individuos que cuentan con un limitado conocimiento en técnicas terroristas- adquirido tanto de modo directo, en contacto con alguno de estos grupos (principalmente AQPA), como en las redes sociales yihadistas que les han servido como principales vías de radicalización. Su adscripción a uno u otro grupo no sería, por tanto, más que una mera expresión de simpatía personal por alguno de ellos, sin que eso implique necesariamente una conexión orgánica u operativa.

Otra cosa es que, en el marco del visible choque de liderazgo que se está produciendo entre Al Qaeda (liderada por Ayman al Zawahiri, como sucesor de Osama bin Laden) y Daesh (con Abubaker al Bagdadi a la cabeza, como autoproclamado califa Ibrahim), ambos tengan un gran interés en ser identificados como el referente central por la creciente comunidad yihadista global, por los aspirantes a integrar sus filas y, tanto o más importante, por los donantes que por diferentes razones alimentan financieramente a estos grupos. En esa línea, parece claro que Daesh está tomando ventaja, gracias no solo a sus propios actos -en una sorprendente mezcla de técnicas terroristas, con otras insurgentes y hasta con acciones de combate convencional que le han permitido controlar un territorio de considerables dimensiones- sino también a la resonancia mediática que se le concede a todo cuanto hace -incluyendo la difusión generalizada de sus bárbaras acciones de degollamiento. De ese modo, ha ido aumentando su atractivo entre jóvenes de ambos sexos -tanto en países árabomusulmanes como occidentales-, ansiosos por incorporarse a las filas de un grupo que les promete lo imposible y que ven como victorioso frente a los mejores ejércitos y fuerzas de seguridad occidentales.

Y todo esto se aplica no solo a los escenarios de combate de Magreb, Oriente Próximo, Oriente Medio y Sahel, sino también a los países occidentales. Europa, por desgracia, se ha convertido hace ya tiempo en uno de los escenarios preferentes del yihadismo internacional, y es previsible que ahora pase a ser también un territorio prioritario para dirimir esa competencia entre AQPA y Daesh. Tanto uno como otro procurarán, a buen seguro, repetir lo realizado en París, tratando así de añadir victorias a su balance como uno de los principales banderines de enganche para nuevos adeptos a su causa.

En todo caso, interesa resaltar que la actividad de Al Qaeda (y sus franquicias) y Daesh no supone un incremento del movimiento yihadista sino, por el contrario, una fragmentación de la amenaza que éste representa. Cabe recordar que Daesh, en su origen, era la franquicia iraquí de Al Qaeda, y que su ideología y objetivos, más allá de mínimos matices, son prácticamente los mismos. Hoy, al calor de la imagen atractiva que en los círculos yihadistas ha logrado crear Daesh (frente a una Al Qaeda central seriamente debilitada, aunque algunas de sus franquicias como AQPA y AQMI sigan muy activas), se está produciendo un trasvase a su favor de células y grupos que hasta ahora estaban integrados en alguna de las franquicias locales de Al Qaeda. Ni eso equivale a certificar la desaparición de Al Qaeda (que también trata de sumar refuerzos a sus filas, incluso en India), ni tampoco a concluir que Daesh será capaz de aglutinar a su alrededor a todos los yihadistas. Mientras tanto, la amenaza (de unos y otros) nos sigue afectando directamente.