BLOGS
09/11/2015 11:40 CET | Actualizado 09/11/2016 11:12 CET

Empoderamiento feminista... después del 7N

Fue emocionante sentir delante, detrás, al lado, tantas voces cómplices. Tantos cuerpos de mujeres, y de hombres también, cada vez más hombres, y de tantos y tantas jóvenes. Gritando contra un machismo que mata y contra un orden, el patriarcal, que sigue provocando víctimas en todo el mundo, a todas horas, cada minuto que pasa.

El feminismo me ha regalado y me regala muchas cosas todos los días. De entrada, me ha aportado una visión mucho más completa, y por tanto real, del ser humano, de la vida, del planeta, de lo que soy y de lo que me gustaría ser. Por otra parte, me ha "amueblado la cabeza" con saberes que entiendo que cada día me hacen no sé si más sabio pero sí más consciente, más humano, más rebelde. Y, lo más importante, el feminismo me ha permitido encontrarme a lo largo de estos años con gente valiosísima, sobre todo, claro está, con grandes mujeres de las que aprendo cada día, con las que me gusta compartir dudas e inquietudes, alegrías e interrogantes, camino al andar y batallas que nos hacen más fuertes.

El feminismo, que no es solo una teoría política, o un movimiento social, sino que acaba siendo una auténtica forma de vida, me ha hecho ser, creo, mejor persona, un hombre con las raíces más firmes y las ramas como alas. Ha acabado siendo como esa vitamina que tomo cada mañana y que me hace no solo ver las cosas con unas "gafas violetas" sino que también me impulsa hacia ese horizonte en el que, ojalá, desaparezcan tantas injusticias que a tantos, y sobre todo a tantas, hacen débiles y vulnerables.

Gracias al feminismo he aprendido y he vivido la enorme "gracia", en el sentido espiritual del término, de conceptos como "empoderamiento". Y eso fue precisamente lo que sentí ayer en Madrid, en ese reguero de emociones cálidas que supuso la marcha contra las violencias machistas. Sentí que me sentía parte de un sujeto, el Nosotras del feminismo, en el que entiendo que cabemos todas las personas que creemos en la igualdad. La real, no la formal del (neo)liberalismo que nos continúa haciendo desiguales. Y ese es precisamente la gran reivindicación que yo extraería del día de ayer, la que se debe prorrogar en las semanas y meses siguientes, y no digamos en la cita electoral del 20 de diciembre.

Lo que ayer se demostró en las calles de Madrid, pese a que parte de los poderes establecidos (véase por ejemplo la prensa de hoy) quieran seguir sin verlo, es que la democracia sin las mujeres no es democracia, que la desigualdad es la que genera violencia y que las injusticias de género son injusticias que deberían hacernos rebelarnos a todas y a todos. Y que ese horizonte, tan amplio, tan apasionante, tan sencillo y complejo a la vez, es el propio del feminismo.

Hoy han seguido asesinando a mujeres, los noticieros han seguido centrados en las peripecias del nacionalismo catalán y en las ocurrencias de Albert Rivera para regenerar nuestra democracia. Parece que todo siguiera igual, cuando todo debería ser distinto. La energía del 7N no debería quedar en un mero recordatorio de quienes la vivimos, en una fotografía interesada de algunos líderes que nunca hablan de igualdad de género, en una red gigantesca que se creó para un día y luego acabó difuminada. El gran reto, nuestro gran reto, es mantener esa red de militancias feministas, ese esfuerzo y esa lucha nacida directamente de la sociedad civil, ese impulso que tantas y tantas mujeres de la geografía española llevan años atesorando. Un impulso que si no se convierte en derechos de ciudadanía será como el azucarillo que se disuelve en el café.

Fue emocionante sentir delante, detrás, al lado, tantas voces cómplices. Tantos cuerpos de mujeres, y de hombres también, cada vez más hombres, y de tantos y tantas jóvenes. Gritando contra un machismo que mata y contra un orden, el patriarcal, que sigue provocando víctimas en todo el mundo, a todas horas, cada minuto que pasa. Esa emoción política debería ahora transformarse en compromiso cívico, en apuesta prioritaria de la agenda pública, en revulsivo transformador de una democracia que no merece tal nombre si ellas siguen teniendo dificultades para ejercer la ciudadanía de manera plena. Si ellas, por el simple hecho de ser mujer, son potenciales víctimas de todo tipo de violencias. Por eso, como suele pasar en estas mareas que nos sacuden las tripas, lo más importante es el día después. Hoy y mañana. En memoria de las que ya no están. Por honestidad democrática con las que nunca nos deben faltar en el futuro.

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor.