Natalia, la adolescente que lucha contra el ruido que 'maltrata' a los cetáceos en el estrecho de Gibraltar
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Natalia, la adolescente que lucha contra el ruido que 'maltrata' a los cetáceos en el estrecho de Gibraltar

Esta gaditana de 16 años, embajadora del Pacto Climático Europeo, lanza una campaña contra la contaminación acústica que generan los barcos. Ballenas, delfines y cachalotes gritan para intentar comunicarse, pero lo logran a duras penas.

La activista ambiental Natalia Rodríguez Ruiz, embajadora del Pacto Europeo por el Clima, en aguas de Tarifa (Cádiz), en el año 2025.Natalia Rodríguez Ruiz / Cedida

Se llama Natalia Rodríguez Ruiz, es de Cádiz y el mar es su vida. A los 11 años, ya vendía animalillos marinos hechos de arcilla para pagarse los cursos de buceo. Hoy tiene 16, habla inglés y ya se maneja con el chino, estudia Cultivos Acuícolas y es embajadora del Pacto Climático Europeo, la más joven de España. Nada y se sumerge, pero sus ojos glaucos ven más que belleza: también las amenazas y los peligros. Por eso investiga, divulga y denuncia. 

La última iniciativa de esta adolescente es una recogida de firmas en Change.org en la que pide soluciones a una forma de "maltrato" bajo el mar: el ruido submarino excesivo que desorienta a los cetáceos, les impide comunicarse apropiadamente, reduce la cohesión de las comunidades y hasta afecta a su alimentación. Animales como los calderones, los delfines, las orcas, los cachalotes o los roncuales tratan de gritar para superar ese obstáculo, aunque no siempre es suficiente. El problema tiene arreglo, pero hace falta voluntad política, viene a decir su particular mensaje en la botella. 

"Imagina que pierdes a tu hija y te pones a buscarla en un supermercado con las luces apagadas y con cientos de aparatos electrónicos sonando muy fuerte, tan fuerte como si estuvieras pegada a los altavoces de un concierto", escribe Natalia. Pues justo eso es lo que sufren estos animales, algunos de por sí ya amenazados con la extinción, para los que "el sonido bajo el agua es su forma de ver". "El mar no está en silencio", dice, rompiendo mitos. 

En el estrecho de Gibraltar, ese lazo entre el Mediterráneo y el Atlántico, se concentra el 10% del tráfico mundial de buques, con unos 100.000 mercantes año. A eso hay que sumarle desde las humildes barcas de pescadores a las motos de agua, los veleros particulares, los barcos de avistamiento de animales para turistas, las lanchas de vigilancia aduanera y policial y las narcolanchas y, especialmente, los ferris rápidos. Hasta pateras hay. 

Natalia, que destaca por lo puntilloso y preciso de sus denuncias ambientales pese a su juventud, reconoce claramente que la función de los barcos es "necesaria", que "la conectividad entre territorios forma parte de la realidad económica y social de esta región", como expone en su Manifiesto por un Estrecho Vivo, pero es necesario "compatibilizar" esa actividad con la preservación del medio ambiente. Y el ruido, siendo el principal canal de percepción del entorno de estos animales, es un flanco urgente por el que empezar, le dice en su carta al Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico y al de Agricultura, Pesca y Alimentación, que es a los que dirige su propuesta. "Nuestras prisas les están dejando literalmente a ciegas", remarca. 

Un grupo de ballenas piloto (calderones) de aleta larga y sus crías en el Estrecho de Gibraltar, a la altura de Tarifa (Cádiz), en una imagen de archivo.Getty Images / iStockphoto

"Cuando el paisaje sonoro del océano cambia, también cambia la vida que depende de él. Las investigaciones científicas realizadas en el Estrecho muestran que el ruido generado por el tráfico marítimo se ha convertido en una de las presiones ambientales más relevantes sobre el ecosistema. Estudios recientes han registrado niveles de presión sonora de hasta 132 dB re 1 μPa en bandas de frecuencia fundamentales para la comunicación de muchas especies marinas, valores asociados directamente al tráfico de buques en la zona", indica. 

Ese dato se extrae de las investigaciones de la campaña científica AMIGOS, publicado el pasado 2025 por las investigadoras María Pérez Tadeo y Joanne O'Brien. Avalan el impacto otros informes como el conocido este mismo mayo en la Journal of Experimental Biology (con participación de Ruth Esteban, investigadora del Instituto Español de Oceanografía).

Esa exposición continuada provoca un "enmascaramiento" o "niebla acústica" que reduce el alcance de la comunicación de los cetáceos, altera sus conductas y degrada su hábitat. El equivalente en tierra es que los seres vivos no tuvieran luz, compara la joven activista. En los peces, genera respuestas de estrés fisiológico (como el aumento de cortisol) y daños en sus estructuras sensoriales. "Lo grave (...) no es que haya un momento puntual de ruido extremo, sino vivir permanentemente dentro de él. Para entenderlo, sería parecido a tener el oído pegado a un altavoz durante un concierto de rock duro, pero sin poder alejarte nunca". Más que gráfica comparación.

"Sería parecido a tener el oído pegado a un altavoz durante un concierto de rock duro, pero sin poder alejarte nunca"

Entra en juego lo que se llama efecto Lombard, por el que los animales tratan de elevar la voz sobre el ruido ambiente. A veces gritan hasta rendirse, con lo que no pueden encontrar a los miembros de su grupo o no se saben reubicar. Por eso Natalia describe su rutina como un "infierno diario". 

El impacto no es inmediato, pero la continuidad de la disrupción hace mella. Bruno Díaz, director de investigación del Instituto de Investigación del Delfín Mular (BDRI, por sus siglas en inglés), explicaba recientemente a El País que del ruido puede depender, incluso, la distribución de cetáceos a lo largo de las costas españolas. "Está condicionada por el número de embarcaciones a motor, lo que refuerza la idea de que el ruido provocado por estas puede contribuir a fragmentarla", sostiene. 

Qué se puede hacer

El proyecto de la embajadora europea remarca que hace tiempo ya que se sabe del daño, pero no se ha actuado ante él. La investigadora de la Universidad de Cádiz Neus Pérez localizó picos similares de ruido en el 2000, "es decir, que las ballenas llevan más de 20 años soportando prácticamente el mismo nivel", sin que se hayan tomado "medidas reales". La especialista habla de posibles daños "permanentes" e "irreparables", en una entrevista mantenida con la activista en el podcast Al otro lado del espejo (AOLDE), en el que colabora.

Su iniciativa no sólo es un grito, sino que es propositiva. Hasta ha preparado un argumentario que va a hacer llegar a las instituciones europeas, firmas aparte. Recuerda que la Unión Europea ya inició en diciembre de 2025 la revisión de la Directiva Marco sobre la Estrategia Marina (MSFD) para alcanzar el "Buen Estado Ambiental" de sus mares. El "Descriptor 11" de esta directiva exige regular la introducción de ruido continuo en el océano y, según la Directiva Hábitats, los Estados deben garantizar la conservación de especies protegidas. Al ser conscientes del impacto de sus rutas, la perturbación constante de las navieras podría considerarse jurídicamente como "deliberada".

Aprovechando este tiempo de cambios normativos, reclama Rodríguez que se incluya esta protección extra a los cetáceos, a través de un plan específico que no busca frenar el progreso sino hacerlo "inteligente". ¿Cómo? No hay necesidad de vetar barcos, pero sí de ir empezando con zonas de velocidad reducida (slow zones), para obligar a los ferries a reducir su velocidad a un máximo de 10-12 nudos en corredores críticos. Ya se está haciendo en países como EEUU y Canadá, contextualiza.

Pequeñas reducciones de velocidad, aunque sean de un 10%, bajan "drásticamente" el ruido de cavitación de las hélices y reducen el riesgo de colisiones, expone. De paso, se ahorra combustible (con ese 10% menos, por ejemplo, podría bajarse un 19% en total) y se reducen las emisiones de CO2.

La activista ambiental Natalia Rodríguez Ruiz, usando un hidrófono en alta mar para detectar el nivel del ruido en el mar, en el estrecho de Gibraltar.Natalia Rodríguez Ruiz / Cedida

También reclama que haya límites de emisión acústica por buque, con máximos obligatorios de ruido por cada embarcación, verificables en inspecciones técnicas de seguridad. A la par, se puede hacer un "monitoreo acústico en tiempo real", instalando redes de hidrófonos que detecten la presencia de cetáceos y envíen alertas automáticas a los capitanes para adoptar medidas preventivas. Piensa incluso en dar incentivos para la renovación de flotas, porque sabe que modernizar cuesta: cree que se pueden usar fondos europeos para apoyar a las navieras en la adopción de mejoras tecnológicas (como hélices optimizadas, cascos con menor fricción o motores híbridos y eléctricos). 

Al fin, reclama vigilancia y estudio permanente, a largo plazo, creando redes estables de monitorización para entender el impacto crónico del ruido y su interacción con el cambio climático o la acidificación del océano.

En España, asume, "hay leyes que protegen el mar", pero incompletas e insuficientes, a su parecer. En 2006, nuestro país logró, a través de la Organización Marítima Internacional (OMI), la reconfiguración de los Esquemas de Separación del Tráfico Marítimo en el Estrecho de Gibraltar y en el Cabo de Gata. "En la práctica, esto supuso alejar las rutas de navegación 20 millas náuticas hacia mar adentro, creando así una zona de seguridad para los cetáceos. Gracias a esto, en la actualidad el Estrecho de Gibraltar es la única zona en todo el Mediterráneo español catalogada como "zona crítica de navegación" debido a la presencia de cetáceos".

Pero nada específico que limite los ruidos excesivos bajo el agua, lo que lleva a "normalizar un maltrato que tiene solución". "Tenemos santuarios de papel donde las especies están protegidas legalmente, pero ensordecidas físicamente", denuncia con contundencia. 

"Tenemos santuarios de papel donde las especies están protegidas legalmente, pero ensordecidas físicamente"

Pasión y compromiso

La campaña en Change, con su pelea paralela en Bruselas, no es la única de esta joven gaditana en este momento. Y es que Natalia no para si del mar hablamos. Lo pinta en cuadros y lo explica en vídeos en redes sociales, muy didácticos.  Su meta es acercar a las personas al mar a través del conocimiento, el arte y explicaciones comprensibles, reconoce. 

El amor al agua le viene de pequeña. Afirma que su conexión se remonta a los cuatro años, cuando vio cachalotes en el estrecho de Gibraltar por primera vez. Desde entonces, ni la edad la ha frenado para bucear prontísimo ni para cursar estudios en Zoología Marina y Acústica Submarina. Tiene los títulos de socorrista por la Real Federación Española y de Patrón de Navegación Básica. 

Junto a la iniciativa del maltrato acústico, su proyecto más avanzado actualmente es "Sin aletas no hay paraíso", que tiene una doble rama: es un plan orientado a la sensibilización ambiental y a la financiación de protección marina, con conferencias y eventos y materiales, y también es un libro, que se presentó el pasado viernes en el Castillo de Santa Catalina, en plena playa de la Caleta gaditana. 

Los tiburones son el centro de esa iniciativa, que surgió después de que esta activista descubriera en qué consiste el llamado aleteo, una cruel práctica que consiste en despojar a los tiburones de su célebre atributo para volver a arrojarlos al mar sin ellos, donde agonizan, desangrados y sin poder nadar. Una costumbre que, sobre todo, busca llevar aletas a las sopas de los restaurantes. Así empezó a investigar a fondo y se topó con la presión que sufren estas especies. Sólo con la sobrepesca, desvela, mueren más de cien millones de tiburones al año en el mundo. 

En su libro, ilustrado con sus acuarelas y que está en fase de crowdfunding, presenta aproximadamente 50 especies de tiburones, cada una acompañada de información breve, accesible y precisa. Su meta: cambiar la percepción que se tiene de los tiburones, tan desconocidos y rechazados socialmente, y aclarar su papel en el equilibrio marino. También abrirnos los ojos ante lo que compramos en la pescadería, de paso. 

El proyecto incluye un prólogo de la oceanógrafa Gádor Muntaner y contribuciones del biólogo y experto en tiburones Charlie Sarria. Desde la Universidad de Cádiz, la investigadora Remedios Cabrera revisa el contenido científico. La organización Oceana también participa en el proyecto, ya que los beneficios de la venta del libro se destinan a su labor de conservación marina.

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Redactora especializada en Global. Licenciada en Periodismo y experta en Defensa y Comunicación Institucional por la Universidad de Sevilla. Corresponsal en Jerusalén durante cinco años, colaboró con la SER, El País o Canal Sur. Trabajó en El Correo de Andalucía y fue asesora en la Secretaría de Estado de Defensa. Es autora de 'El viaje andaluz de Robert Capa', Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla y jurado del Premio Internacional de Periodismo Manuel Chaves Nogales.

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