Gabriel Rufián y "la última bala" de las izquierdas: la unidad como bote salvavidas
Aunque los actos del diputado catalán generan cada vez más interés y debate, los partidos de izquierda estatal y soberanista no acaban de dar los pasos hacia algún modelo de unión de cara a las elecciones generales de 2027.

Se preguntaba este jueves Gabriel Rufián qué tenía de malo juntar a cientos de personas en el acto con Irene Montero en Barcelona o en el encuentro que mantuvo con Emilio Delgado en Madrid. "Aún no me han explicado por qué está mal", decía un incrédulo Rufián en respuesta a algunas voces que le señalan por dañar a ERC. "Yo estaba harto de que cada día se hablara de la última cosa que había hecho Ayuso. Ahora se habla todo el día de lo que debe hacer la izquierda y creo que es bueno; es incómodo para mucha gente, pero es bueno", contestaba el portavoz de ERC, confiado en que pudieran darse reuniones similares, como por ejemplo con Mónica Oltra.
Hace unos días, desde el entorno de Rufián opinaban que, por ahora, el primer objetivo de los actos que impulsa el diputado catalán era ese, el de que se hablara de la izquierda y menos de lo que hacía la derecha o la ultraderecha, de la unidad de la izquierda y menos de lo que hace o dice la presidenta de la Comunidad de Madrid. Si se atendiera únicamente a esta meta, Rufián puede presumir de cierto éxito. Desde que anunció su primer acto con Emilio Delgado y más todavía cuando se conoció el que esta semana protagonizaría junto a Irene Montero, el tema de la unidad de la izquierda ha sido un leitmotiv no solo en círculos políticos sino también en la calle. El asunto, desde luego, preocupa. Lo demuestran los cientos de asistentes a ambos actos y las decenas de miles de personas que los siguieron en directo a través de internet.
Hay muchas preguntas, sin embargo, que todavía siguen sin respuesta. ¿Habrá unidad? ¿Cómo? ¿Quién la va a liderar? ¿Estarán todos? Aunque desde casi todos los partidos de la izquierda política tratan de calmar los ánimos, la insistencia, también la impaciencia, no resulta inoportuna. Guste o no, más allá de lo que opinen las diferentes cúpulas, la militancia de izquierdas atraviesa un desierto, un vacío inhóspito que, por ahora, nadie consigue llenar. Las elecciones en Extremadura, Aragón o Castilla y León así lo han demostrado. Pese a las diferencias entre uno y otro lugar, la izquierda, junto con el PSOE, no acaba de vencer al tándem conformado entre Partido Popular y Vox. En Andalucía, al final, habrá unidad excepto con Adelante Andalucía, aunque tampoco se haya dado con especial convencimiento por parte de los implicados.
Claro que de lo que se habla ahora es de una suerte de unidad en todo el territorio español y quizás ahí entre eso que Rufián tilda de incomodidad. ¿Cómo juntar a una izquierda de proyección estatal, aunque sea confederal, con la izquierda soberanista? Este jueves, el diputado catalán se negaba a avergonzarse de decir que quiere "que a las izquierdas españolas les vaya bien". "Yo quiero un Gobierno del PSOE sometido a Bildu, a ERC, a Compromís, a Adelante Andalucía... A las izquierdas soberanistas que hemos demostrado tanto. ¿Por qué ERC no puede inspirar, y lo digo como militante, a esta izquierda española? Si no, nos matarán por separado", advertía.
Lo difícil está en pasar de las palabras a los hechos, de lograr que cada partido, por separado, supere sus anhelos particulares y, sí, también sus inquinas. El viernes, a pocas horas de que finalizara el acto entre Rufián y Montero, ERC volvía a apurar una respuesta a su portavoz que sonaba a portazo. "Compartimos la preocupación. La democracia está en peligro, pero la prioridad es clara: Catalunya, su gente, su lengua y sus intereses. Podemos ayudar, pero no resolveremos [...] las disputas de la izquierda española. Nuestro compromiso es con el país", dijo Albert, portavoz adjunto de ERC.
En algunos ámbitos de la izquierda se defiende el modelo francés como un modelo que, con sus diferencias, podría extrapolarse a España. El Nuevo Frente Popular que unió a las izquierdas en Francia (y que, por cierto, ganó las elecciones) no supuso en realidad una cohesión de todos los partidos en una única candidatura. Lo que hicieron fue repartirse las circunscripciones, de manera que en cada lugar se presentara la formación con mayor probabilidad de pasar a la segunda vuelta y no dividir el voto. Aquí, no obstante, suena a política ficción que haya partidos que asuman que no deben presentarse en según qué territorios y, en cambio, pedir el voto para otros.
En 2024, por ejemplo, antes de las elecciones autonómicas en Galicia, el exsecretario general de Podemos, Pablo Iglesias, defendió que "recordando que el sistema electoral gallego sitúa un alto umbral del 5% en cada provincia para obtener representación, [...] la mejor decisión que pueden tomar las bases moradas es apelar a la inteligencia del votante gallego de izquierdas [...] y pedir el voto para el BNG. Esa opción, ese voto dual, es la que más potencialidad tiene para generar un mayor número de diputados y diputadas de izquierdas en el parlamento gallego para una investidura exitosa". Aunque al final apoyó a la candidata de Podemos, su primer análisis resultaría luego aleccionador. Sumar, Esquerda Unida y Podemos se presentaron por separado y obtuvieron un total de 0 escaños, mientras que el BNG alcanzó los 25.
Entonces, y también en recientes comicios, se demostró que la unidad de la izquierda no es ya una cuestión de táctica o estrategia, que escribía Mario Benedetti, sino de mera supervivencia, si bien exige de una generosidad y unas renuncias que, al menos por ahora, no parece que vayan a darse. Todo se verá, sin embargo, una vez pasen las elecciones de Andalucía. Entonces, la cuenta atrás será inevitable y ya no podrá decirse tanto eso de "no hay que darse prisa", que 2027 está ahí, asomando la pata. "Nos queda una bala", zanjaba Gabriel Rufián durante su encuentro con Irene Montero.
