Tomás y Valiente, contado para quienes desconozcan su importancia o no recuerden qué supusieron las manos blancas
El catedrático fue asesinado por ETA hace 30 años en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid con tres disparos en 1996. "Basta ya", fue el grito de un país que resonó por cada esquina entre cimientos de una democracia que no quería dar un paso atrás.
Hay asesinatos que matan a una persona y otros que intentan matar una época. El de Francisco Tomás y Valiente (Valencia, 1932), el 14 de febrero de 1996, pertenece a los segundos. No fue un atentado más: fue un disparo directo contra la idea de Estado, contra la autoridad moral de la democracia y contra la posibilidad de que España cerrara definitivamente las heridas del terrorismo desde la ley y no desde el miedo. Su asesino, un joven de 25 años llamado Jon Bienzobas, conocido como el 'Karaka' y perteneciente al Comando Madrid de ETA, fue identificado rápidamente por la Policía Nacional. Sin embargo, no fue hasta tres años después cuando se pudo realizar su detención en Francia.
En 1999 fue detenido en el país vecino aunque no fue hasta 2006 cuando se acordó definitivamente su extradición a España. El juez Baltasar Garzón le condenó a más de 30 años de prisión. Sin embargo, uno de los ideólogos del atentado, Juan Antonio Olarra Guridi, no recibió pena alguna por la falta de pruebas. El 'Karaka' también tuvo que indemnizar a los hijos de Tomás y Valiente con hasta 400.000 euros.
Este 14 de febrero y treinta años después, su figura sigue teniendo una fuerza singular: la de alguien que no necesitó un cargo político para convertirse en un símbolo político. Aquel que despertó la indignación frente a ETA y que fue el detonante del inicio del fin del terror.
Tomás y Valiente, trayectoria
Tomás y Valiente no era un "hombre de partido". Ya saben, esas figuras ligadas a unas siglas que han crecido, madurado y envejecido al son de las mismas. Esa fue, precisamente, una de sus mayores virtudes y una de las razones por las que ETA lo eligió como objetivo. Era jurista, historiador de Derecho, profesor universitario, un intelectual de los que construyen país sin levantar demasiado la voz y que fue clave en los primeros pasos de la construcción de una democracia recién nacida. Su autoridad no venía del poder, sino del prestigio. Su muerte no era para borrar una imagen de un cartel o de aquellos que quieren ser policías, sino un rechazo a un modelo político que, con sus luces y sombras, llevó al país a una democracia imperfecta, pero funcional.
Había sido presidente del Tribunal Constitucional entre 1986 y 1992, años especialmente delicados para la construcción de lo que hoy todos gozamos: España estaba terminando de consolidar el edificio constitucional mientras crecía el conflicto territorial y el terrorismo seguía marcando la vida pública con una mezcla de sangre y terror y ante la incógnita de por qué se seguía perpetrando el dolor en un lugar que ya había sufrido tanto. Tomás y Valiente pertenecía a esa generación que entendió que la Constitución no era un papel: era una promesa.
Un asesinato con mensaje: "nadie está a salvo"
ETA lo asesinó en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid con una pincelada propia de la casa que rompía el tablero y el patrón establecido hasta el momento. No era la muerte de un político, ni siquiera la de un policía: lo mataron en el lugar donde se piensa, donde se enseña, donde se discute. En la casa del conocimiento y refugio de la esperanza. Fue un atentado diseñado para plasmar que el miedo ampliaba sus fronteras: a profesores, jueces, periodistas, escritores, funcionarios... Dar el mensaje claro y conciso de que ya nadie estaba a salvo, de que el terror también se instalaba lejos de los que habían acostumbrado a sufrir el horrible papel de protagonistas.
No lo mataron por lo que había hecho en una semana, ni por una decisión concreta, ni por una operación policial. Lo mataron por lo que representaba: la legitimidad del Estado democrático y sus labores dentro del Tribunal Constitucional embrionario que acababa de ver la luz después de la oscuridad que representó para una mayoría social el franquismo, la dictadura, el sometimiento y la crueldad.
ETA buscaba transmitir un mensaje propio casi de la mafia siciliana: incluso alguien sin escolta, incluso un académico, incluso un hombre respetado por todo el arco parlamentario, podía ser ejecutado. La muerte ya no estaba servida para los ideólogos que "oprimían" a Euskadi, o aquellos que suponían un impedimento para la independencia, ni siquiera para los que recibían las órdenes de detención. Ahora, el objetivo era para todos los que representasen de forma ideológica o cultural la estructura de Estado que habían asentado personas como Tomás y Valiente.
El error moral y estratégico
A ETA le interesaba, en aquel momento, presentarse como un actor político en guerra contra el Estado. Pero el asesinato de Tomás y Valiente no reforzó esa narrativa, sino que la debilitó hasta tal punto de que se convirtió en la primera pieza del dominó que terminó por destruir a la banda terrorista.
Porque su figura no encajaba en el retrato que ETA intentaba vender. No era un policía, ni un militar, ni un político. Era un demócrata institucional que fortaleció una de las principales, el Tribunal Constitucional. Y, además, un intelectual respetado entre todos los grupos parlamentarios y fragmentos de la sociedad. Con su asesinato, ETA dejó de parecer —incluso para sectores ambiguos o tibios— una organización "con motivación política" y se mostró la cara más cruda y terrible de la organización: aquella que llevó la intimidación y el terror hasta su punto más extremo.
El atentado fue, en otras palabras, una de esas acciones que aceleran el aislamiento moral. No fue el final de ETA, pero sí fue un paso más hacia su pérdida de legitimidad social fuera de su núcleo duro. Tanto en el resto del Estado, que nunca la tuvo, como dentro de Euskadi, que se empezaba a resquebrajar de forma irreversible. El asesinato que trataba de infundir el miedo entre toda la sociedad terminó despertando una indignación trasversal que hizo que en la Universidad Autónoma de Madrid se empezaran a ver movilizaciones masivas con las manos blancas. El símbolo que finalmente se convirtió en la bandera que suplicaba el fin de la violencia, la muerte y el terror.
A la luz de unas elecciones
La muerte de Tomás y Valiente ocurrió en un momento especialmente sensible para la política española: España estaba a semanas de unas elecciones generales (marzo de 1996) y el clima político era áspero. ETA buscaba también intervenir en el tablero, presionar y desestabilizar los comicios.
Sin embargo, el impacto fue el contrario al deseado: reforzó la idea de que el terrorismo no podía ser tratado como un fenómeno lateral o regional, sino como un problema de Estado que exigía altura política y una guía común.
A partir de ahí, se consolidó una línea que luego sería clave: la necesidad de acuerdos amplios frente a ETA, tanto en el plano policial como en el social y sobre todo en el marco político. La muerte de Tomás y Valiente empujó —aunque fuera a golpe de tragedia— la convicción de que la democracia debía defenderse sin complejos, pero también sin caer en el atajo que algunos profesaban instantes antes. Se trataba de un arduo camino que estaría repleto de desgracias y sufrimiento, pero que podría terminar con el terror.
Él mismo había sido un defensor claro de una idea difícil: combatir el terrorismo desde la ley, sin degradar el Estado de Derecho. Su asesinato reforzó esa tesis: si el terrorismo te obliga a parecerte a él, ya ha ganado una parte. Algo que en el momento no era una idea asentada en la sociedad y que incluso en el Gobierno de Felipe González había emergido su antítesis en forma de GAL.
La frase que quedó como epitafio civil
Tras su asesinato, se popularizó una frase que se convirtió en una especie de epitafio colectivo: "¡Basta ya!". Las movilizaciones en la Universidad Autónoma de Madrid había calado en todos los segmentos de la sociedad y la estabilidad de la banda terrorista se desmoronaba.
No fue solo un grito emocional: fue un cambio cultural. El país empezaba a perder el miedo a decirlo en voz alta. Y, aunque el movimiento cívico contra ETA se articularía con más fuerza años después, la muerte de Tomás y Valiente fue uno de esos momentos que abren grietas en la resignación.
Treinta años y una consigna: no te olvides
La paradoja histórica es cruel y, a la vez, reveladora: ETA quiso matar a Francisco Tomás y Valiente para borrar una autoridad, pero terminó convirtiéndose en un símbolo a día de hoy que recuerda episodios oscuros del pasado de nuestra historia y que, por suerte, hace años que no está presente, aunque algunos pretendan resucitarlo para ganar un puñado de votos.
En una época como la actual —más ruidosa, más polarizada, más rápida para juzgar y más lenta para pensar— su figura tiene un valor añadido: recuerda que la democracia también se defiende con serenidad y aprendiendo que los derechos conseguidos han sido muy poco a poco y con el esfuerzo y sacrificios.
Los homenajes se han ido produciendo a lo largo de la semana. Empezando por la Universidad Autónoma de Madrid, lugar que presenció su asesinato y que le rinde culto todos los años, a otros como el que han participado tanto Felipe VI como Letizia. El primero de ellos ha recordado, además, que Tomás y Valiente fue su profesor y narró un emotivo mensaje para que el futuro no borre el pasado.
"Debemos nuestra convivencia democrática a gentes como Francisco Tomás y Valiente, a Ernest Lluch, a Miguel Ángel Blanco, a Fernando Múgica, asesinados pocos días antes... A tanta gente, civiles y niños incluidos. Muchos de estos asesinatos siguen sin resolverse. En ese difícil camino, a ellos les arrebataron cruelmente lo más absoluto, la vida. Y así nos la arrebataron a todos. Sobre su memoria y su dignidad, sus seres queridos y las víctimas supervivientes, debemos seguir trabajando", aseguró el viernes el monarca recordando al que fuera su profesor y a tantos otros.