Ámsterdam gastó millones en una campaña para que los turistas no fueran allí y el resultado fue el contrario: los datos que explican por qué Mallorca lo está haciendo diferente con inteligencia artificial
No se trata de reducir el número de turistas, sino de distribuirlos mejor en el espacio y en el tiempo.
Intentar que los turistas no viajen a un destino puede parecer, a priori, una solución lógica frente a la masificación. Pero la experiencia reciente de Ámsterdam demuestra que no siempre funciona. De hecho, puede provocar justo lo contrario.
La ciudad neerlandesa lanzó en 2023 una campaña millonaria bajo el lema “Stay Away” (mantente alejado), dirigida especialmente a jóvenes británicos que buscaban viajes de fiesta. El objetivo era claro: disuadir a un tipo de turismo asociado al ruido, el desorden y la saturación del centro urbano.
El resultado, sin embargo, fue inesperado. La campaña se viralizó en redes sociales, fue objeto de parodias y terminó convertida en reclamo. Algunos negocios incluso empezaron a vender camisetas con el eslogan, mientras se popularizaban viajes irónicos de “fin de semana Stay Away”.
Lejos de frenar la llegada de visitantes, el mensaje se transformó en un incentivo. Un ejemplo claro de lo que los expertos llaman el efecto rebote del “desmarketing”: cuando intentar desalentar el turismo acaba generando más atención (y más visitantes).
El problema de atacar solo el mensaje
El caso de Ámsterdam no es aislado. Otras ciudades como Venecia o Barcelona también han intentado contener el turismo con medidas que, en muchos casos, no han logrado reducir la presión.
La clave, según diversas investigaciones recientes, es que muchas de estas estrategias se centran en un solo aspecto: la promoción. Es decir, intentan cambiar la imagen del destino sin intervenir en el resto del sistema turístico.
Pero el turismo es un ecosistema complejo: incluye transporte, alojamiento, cultura, residentes, empresas y espacios naturales. Actuar solo sobre uno de estos elementos suele ser insuficiente.
Además, hay un factor difícil de controlar: el deseo de viajar. Ni las campañas disuasorias ni los impuestos turísticos han demostrado ser capaces de reducirlo de forma significativa.
Mallorca y la vía tecnológica
Frente a estos intentos fallidos, Mallorca está apostando por una estrategia diferente. En lugar de decirle al turista que no venga, intenta guiar su comportamiento una vez ha decidido viajar.
La isla ha implementado una plataforma basada en inteligencia artificial que ayuda a los visitantes a planificar su estancia. ¿La clave? Recomendar alternativas cuando los puntos más populares están saturados. Es decir, no se trata de reducir el número de turistas, sino de distribuirlos mejor en el espacio y en el tiempo.
Este enfoque permite aliviar la presión sobre zonas concretas sin renunciar al impacto económico del turismo. Y, sobre todo, evita el efecto viral que pueden generar los mensajes negativos o prohibitivos.
Una combinación de medidas
Los expertos coinciden en que no existe una solución única. Las estrategias más eficaces combinan medidas “duras” como limitar accesos o imponer reservas, con otras más “blandas” como campañas educativas o cambios en la oferta turística.
Un ejemplo paradigmático es la gestión de espacios naturales como rutas de senderismo en Tasmania, donde sistemas de permisos, cupos diarios y tarifas han logrado estabilizar el número de visitantes sin deteriorar el entorno.
La lección es clara: gestionar el turismo no pasa solo por frenar la demanda, sino por entender cómo funciona y actuar en varios niveles a la vez.
En un contexto global donde viajar sigue siendo una prioridad para millones de personas, el reto no parece estar en evitar que los turistas lleguen, sino en cómo integrarlos sin romper el equilibrio local.
El caso de Ámsterdam muestra los límites de las campañas disuasorias. El de Mallorca apunta hacia un modelo más sofisticado, donde la tecnología y la planificación juegan un papel clave.