Enrique Tomás, dueño de la cadena de jamones más grande del mundo: "Lo que no puede ser es que la gente esté trabajando y sea pobre"
“Con menos de 1.500 euros netos en Barcelona o Madrid los tenemos pasando hambre”.
En España hay una idea que cada vez pesa más: trabajar ya no es sinónimo de vivir bien. Los sueldos, en muchos casos, se han quedado atrás mientras el coste de la vida no ha dejado de subir.
En ciudades como Madrid o Barcelona, la situación se vuelve aún más evidente. Compartir piso, recortar gastos o renunciar a ciertos planes ya no es algo puntual, sino parte de la rutina.
“Lo que no puede ser es que la gente esté trabajando y sea pobre, es imposible”, ha sentenciado Enrique Tomás, fundador de la mayor cadena de jamones del mundo, en una reciente entrevista en el podcast Conversaciones en las Alturas.
El problema, según explica el exitoso empresario, no es solo económico, sino estructural. “Con menos de 1.5000 euros netos en Barcelona o Madrid los tenemos pasando hambre”, ha afirmado de manera sincera y contundente.
“O les pagamos 1.500 euros o es que no pueden trabajar”, ha subrayado el propietario de la empresa de jamones Enrique Tomás, haciendo referencia al sueldo mínimo que debería tener cualquier empleado que viva, al menos, en alguna de estas dos de las ciudades con el coste de vida más alto del país.
Una decisión empresarial poco habitual
El empresario ha asegurado que él pasó de las palabras a los hechos. “Yo después de la pandemia tomo una decisión unilateral… nadie puede cobrar menos de 1.500 netos”, ha explicado, refiriéndose a una medida implementada en 2023 en su compañía.
La reacción, admite, fue inmediata, sobre todo en el entorno empresarial: “Se me echa todo el mundo encima”. Sin embargo, su argumento se mantiene firme: “Es una cuestión de supervivencia”.
“Si gana 1.500 cada trabajador, una pareja 3.000 y pagan 1.000 por vivir en un poco más de un zulo… luego tienen 2.000 para sobrevivir”, ha calculado Tomás Un planteamiento que, más que optimista, refleja lo ajustado de las economías domésticas incluso con salarios que, sobre el papel, superan el mínimo.
Aquí es donde su discurso conecta con una realidad cada vez más extendida: el crecimiento de los llamados “trabajadores pobres”. Personas con empleo que, aun así, no pueden cubrir sus necesidades básicas.
El eslabón invisible: los mandos intermedios
Más allá de los salarios, Tomás apunta a otro problema dentro de las empresas: la gestión interna. “Una de las cosas que más me angustia es que los puestos intermedios son los que normalmente abusan”, ha afirmado sin rodeos.
Según su experiencia, son estos perfiles los que “se creen que son los dueños de la barraca” y pueden generar “situaciones de abuso, en el amplio sentido de la palabra”.
Una crítica poco habitual desde la alta dirección, que suele centrarse en cifras más que en dinámicas humanas. “Tú desde arriba puedes cuidar, pero hasta un punto”, ha admitido, reconociendo la dificultad de controlar lo que ocurre en todos los niveles en una empresa de esa magnitud.
Trabajar y no llegar a fin de mes
Las palabras de Tomás no se quedan en su modelo de negocio, sino que funcionan como un espejo incómodo para el mercado laboral español. Porque si un empresario reconoce que por debajo de cierto umbral “no se puede trabajar”, la pregunta es inevitable: ¿Cuántas empresas siguen pagando salarios que no permiten vivir?
El debate sobre el salario mínimo, el precio de la vivienda o la precariedad ya no es solo político o sindical, también empieza a surgir desde dentro del propio tejido empresarial.
Y ahí es donde su punto de vista cobra todo el sentido, porque sus palabras, lejos de ser una simple declaración, ponen el foco en una realidad incómoda: trabajar, que debería ser, como mínimo, una garantía de estabilidad, ya no garantiza poder vivir.