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¿Siguen teniendo sentido las monas de Pascua? La tradición que lucha por sobrevivir a la era del dulce 'instagrameable'

¿Siguen teniendo sentido las monas de Pascua? La tradición que lucha por sobrevivir a la era del dulce 'instagrameable'

Entre obradores tradicionales y escaparates pensados para redes sociales, la mona de Pascua se reinventa mientras intenta no perder su esencia.

Las monas de Pascua tradicionales, muy demandadas en Semana Santa
Las monas de Pascua tradicionales, muy demandadas en Semana SantaMario Gómez (panadería San Blas, Azuébar)

A las seis de la mañana, en un pequeño obrador de Azuébar, un pequeño municipio en el interior de Castellón, el día empieza mucho antes que en la mayoría de sitios. Mientras fuera aún no ha amanecido del todo, dentro ya hay harina en el aire, bandejas listas y manos que repiten gestos aprendidos hace años y de tradición familiar. Entre ellos, los de Mario Gómez, panadero, que en estas fechas vuelve a lo de siempre: preparar monas de Pascua.

No hay figuras imposibles ni colores llamativos en esta historia. Tampoco personajes de moda ni diseños pensados para redes sociales. Lo suyo es otra cosa: masa, tiempo y una receta que apenas ha cambiado. "Al final esto es lo de siempre", resume, entre hornos y bandejas, como si en esa frase cupiera algo más que un dulce.

Porque mientras en escaparates de grandes ciudades las monas compiten en tamaño, estética y precio -con figuras de chocolate que parecen más pensadas para una foto que para comerse-, en lugares como este la tradición sigue teniendo otro ritmo. Más lento. Más sencillo. Más cercano a lo que fue.

Y ahí empieza la duda que cada Semana Santa vuelve a aparecer: ¿sigue siendo la misma tradición o se está convirtiendo en otra cosa?

Durante décadas, la mona de Pascua ha sido mucho más que un dulce. En muchas zonas de España, especialmente en el arco mediterráneo, forma parte de un ritual que se repite cada año: el padrino se la regala al ahijado el Lunes de Pascua, en una tradición que mezcla celebración, familia y simbolismo.

Su forma más clásica -una masa sencilla con un huevo cocido en el centro- tenía incluso un significado ligado al fin de la Cuaresma, cuando volvían a consumirse alimentos prohibidos durante semanas. Con el paso del tiempo, ese huevo ha ido transformándose, primero en chocolate y después en auténticas figuras, pero la esencia del gesto se ha mantenido.

La mona ya no juega sola

Lo que ocurre es que, fuera de obradores como el de Mario, la mona ya no juega sola.

En los últimos años, las vitrinas de muchas pastelerías han cambiado. Donde antes predominaban las monas tradicionales, hoy conviven -y a veces quedan eclipsadas- por tartas de diseño, croissants de rellenos imposibles o postres pensados casi al milímetro para ser fotografiados. Dulces que no solo se comen, sino que también se exhiben.

El fenómeno no es casual. Las redes sociales han transformado la forma de consumir, y también de elegir, lo que se compra. En el sector reconocen que la originalidad y el impacto visual están ganando terreno frente a la tradición, en un contexto en el que cada producto compite por llamar la atención en escaparates y pantallas.

Parte del cambio también tiene que ver con quién consume. Las nuevas generaciones han crecido en un entorno en el que la oferta es prácticamente infinita y donde la novedad pesa más que la repetición. Frente a eso, la mona tradicional, asociada a un momento concreto del año, compite con productos disponibles en cualquier momento y diseñados para sorprender constantemente.

Adaptarse sin perder la esencia

Sin embargo, no todos ven este cambio como una amenaza. Dentro del propio sector hay quien defiende que la mona puede evolucionar sin perder lo que la hace reconocible. Es el caso de Lluís Pérez, pastelero en Mallorca, que en declaraciones a la Cadena SER defiende que este dulce tradicional "puede adaptarse sin perder su alma".

No se trata tanto de competir con las nuevas tendencias como de encontrar un equilibrio. Mantener la base -la receta, el gesto, el significado- mientras se introducen pequeños cambios que permitan que siga conectando con el consumidor actual.

En esa misma línea, otros profesionales ponen el acento en lo que no se ve. Gaspar Alcaraz, panadero en la Comunidad Valenciana, explicaba también en la Cadena SER que el valor de la mona va más allá del producto en sí y que "el secreto está en el tiempo", en referencia a los procesos artesanales que siguen marcando la diferencia.

Esa es, en el fondo, la gran diferencia frente a otros productos. Porque mientras muchos dulces actuales nacen para sorprender -y, en cierto modo, para agotarse rápido-, la mona tiene detrás una historia que no depende de modas ni de temporadas concretas dentro del mercado, sino de algo mucho más estable: la costumbre.

El resultado es una convivencia cada vez más evidente entre dos formas de entender el mismo producto. Por un lado, la mona como símbolo, ligada a la costumbre y al recuerdo. Por otro, la mona -o los dulces que la rodean- como objeto de consumo inmediato, pensado para sorprender, innovar y, sobre todo, compartirse.

Y en ese equilibrio, la tradición se ve obligada a adaptarse si quiere seguir ocupando su espacio.

Lo artesanal sigue teniendo sitio

Y, mientras todo eso ocurre, en Azuébar la escena apenas cambia.

En pueblos como este, además, la mona no es solo un producto: es parte del calendario. Hay fechas que se marcan casi sin necesidad de mirar el calendario, porque el propio obrador lo indica. Sabes que llega Pascua cuando empiezas con las monas, en una rutina que se repite año tras año.

En el horno de Mario Gómez todo sigue siendo artesanal. No hay atajos ni procesos pensados para producir más rápido, sino los tiempos de siempre: masa, reposo y horno. Es ahí donde, según cuenta, sigue estando la diferencia. La gente, explica, sigue apostando por eso, por lo hecho a mano, por lo que lleva tiempo. Por el trabajo artesano.

Mario está al frente de la panadería San Blas, un negocio familiar que abrió sus puertas en 1966 y que este año celebra su 60 aniversario. Seis décadas en las que apenas han cambiado algunas cosas esenciales: las recetas, los ritmos y una forma de entender el oficio que pasa de generación en generación.

Porque sí, reconoce que hubo un momento, no hace tanto, en el que esa tendencia también se notó. Durante algunos años, muchos clientes se dejaban llevar por esos dulces más vistosos, más extravagantes, más propios de escaparates de grandes superficies que de panaderías de pueblo.

Pero algo ha cambiado.

En su caso, la mona tradicional ha vuelto a tener su sitio. No exactamente igual que antes, porque también aquí hay pequeñas evoluciones: el huevo cocido ha ido dejando paso al de chocolate, más acorde con los gustos actuales. Pero la base sigue siendo la misma. Y, sobre todo, la idea.

La de un dulce que no necesita reinventarse cada temporada para seguir teniendo sentido.

Una tradición que no desaparece, pero cambia

En su obrador no hay figuras imposibles ni tendencias que cambien cada año. Hay continuidad. Y también una forma distinta de entender el oficio: menos pendiente de lo que se ve y más de lo que se transmite.

La mona de Pascua ya no ocupa el mismo lugar que antes. Compite, se adapta y, en algunos casos, se transforma. Pero no desaparece. Sobrevive en sitios como este, lejos del ruido, sostenida más por la costumbre que por la novedad.

Y quizá ahí está la clave.

Que, en medio de una época en la que los dulces se consumen casi al ritmo de una pantalla, todavía hay tradiciones que no buscan reinventarse, sino simplemente seguir estando.

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Soy redactor de actualidad en El HuffPost España. Mi objetivo es que no te pierdas nada, sea la hora que sea, estés despierto o dormido.

 

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Mi trayectoria

Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

Si alguna vez me necesitas y no me encuentras, búscame en una pista de tenis. Te puedo recomendar la mejor novela negra de cada país y hablar durante horas del cine de los 80 y 90. Ah, por cierto, acierto todas las preguntas naranjas del Trivial. 

 


 

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