De los 160 grados bajo cero del puerto a las oficinas: Barcelona enfría 200 edificios con el frío que sobra al regasificar el gas natural
La ciudad aprovecha las temperaturas extremas del gas natural licuado y sistemas de almacenamiento de hielo subterráneo para climatizar hoteles, oficinas, edificios públicos y centros comerciales con un menor consumo energético.
Cuando alguien entra en una oficina climatizada en pleno verano, probablemente no piensa que parte de ese aire fresco puede haber comenzado su viaje a 160 grados bajo cero en el puerto de Barcelona.
Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre en una parte cada vez más amplia de la ciudad gracias a una tecnología que aprovecha una energía que normalmente se desperdiciaría.
Barcelona ha desarrollado durante los últimos años una de las mayores redes urbanas de climatización sostenible de Europa, un sistema capaz de suministrar frío y calor a cerca de 200 edificios utilizando recursos tan poco habituales como el agua de mar, el subsuelo o el frío residual generado durante la regasificación del gas natural licuado (GNL).
El resultado es una infraestructura prácticamente invisible para la mayoría de ciudadanos, pero que permite refrigerar miles de metros cuadrados de oficinas, hoteles, equipamientos públicos y centros comerciales con una huella ambiental mucho menor que la de los sistemas convencionales.
El frío que normalmente se perdería
La clave del sistema está en aprovechar un proceso industrial que tiene lugar cada día en el puerto de Barcelona.
El gas natural licuado llega por barco a temperaturas cercanas a los -160 grados centígrados. Para poder utilizarse posteriormente en la red energética debe volver a transformarse en estado gaseoso mediante un proceso conocido como regasificación.
Durante esa operación se genera una enorme cantidad de energía térmica.
O, dicho de otro modo, una enorme cantidad de frío. Tradicionalmente, ese frío residual se perdía. Pero Barcelona ha encontrado una forma de recuperarlo e incorporarlo a una red de distribución urbana.
Así, una energía que antes no tenía aprovechamiento termina convirtiéndose en aire acondicionado para edificios situados a kilómetros de distancia.
Una ciudad conectada por tuberías de frío
El sistema funciona de forma parecida a una red de calefacción centralizada, pero a gran escala. En lugar de que cada edificio disponga de sus propias máquinas de climatización, una central produce el frío y lo distribuye mediante una red de tuberías subterráneas.
Los edificios conectados reciben esa energía térmica y la utilizan para climatizar sus espacios interiores. Este modelo reduce el número de equipos individuales instalados en azoteas y fachadas, disminuye el consumo energético global y facilita el mantenimiento de las instalaciones.
Además, permite aprovechar fuentes energéticas que serían imposibles de utilizar en sistemas aislados.
El papel del hielo oculto bajo tierra
Una de las partes más llamativas del sistema se encuentra bajo el suelo de la ciudad. Barcelona utiliza sistemas de almacenamiento térmico capaces de producir y conservar frío durante las horas de menor demanda energética, especialmente por la noche.
Ese frío se almacena posteriormente en forma de hielo o energía térmica acumulada y se utiliza durante el día, cuando la necesidad de refrigeración aumenta considerablemente.
La estrategia permite desplazar parte del consumo energético a momentos más eficientes y evitar la producción continua de frío en las horas punta.
En la práctica, es como disponer de una gigantesca batería térmica subterránea capaz de guardar frío para utilizarlo cuando más se necesita.
Cerca de 200 edificios ya están conectados
La red, gestionada a través del sistema Districlima, lleva años funcionando y se ha convertido en una pieza importante de la estrategia energética de Barcelona.
Actualmente suministra frío y calor a alrededor de 200 edificios distribuidos principalmente por la zona sur de la ciudad y parte de L'Hospitalet de Llobregat.
Entre los usuarios figuran hoteles, edificios de oficinas, instalaciones públicas, centros comerciales, equipamientos institucionales y espacios emblemáticos como la Fira de Barcelona.
Para quienes trabajan o visitan estos edificios, el sistema pasa completamente desapercibido.
Lo único que perciben es que la temperatura es agradable. Detrás de esa sensación, sin embargo, existe una compleja infraestructura energética que aprovecha recursos que antes terminaban desperdiciándose.
Menos emisiones y menos aire acondicionado
La principal ventaja de este modelo es ambiental.
Al reutilizar frío residual procedente de procesos industriales y apoyarse en recursos naturales como el agua de mar o el almacenamiento térmico subterráneo, la necesidad de consumir electricidad para generar refrigeración disminuye de forma significativa.
Según las estimaciones asociadas a este tipo de redes, el ahorro permite evitar cada año miles de toneladas de emisiones de dióxido de carbono.
También existe otro beneficio menos visible pero igualmente importante: la reducción del impacto urbano.
Menos equipos de aire acondicionado implican menos ruido, menos ocupación de cubiertas y fachadas y una gestión energética mucho más eficiente a escala de ciudad.
Una tecnología con futuro
Barcelona no se conforma con la infraestructura actual.
La ampliación prevista mediante una nueva central subterránea en la zona de Poblenou Park, cerca de Bogatell, permitirá aumentar la capacidad de la red y conectar más edificios durante los próximos años.
La ciudad se enfrenta a veranos cada vez más cálidos y prolongados, una tendencia que los expertos relacionan con el cambio climático. En ese contexto, disponer de sistemas capaces de refrigerar grandes áreas urbanas consumiendo menos energía se ha convertido en una prioridad estratégica.
Y ahí es donde Barcelona está intentando adelantarse.
Mientras muchas ciudades siguen dependiendo casi exclusivamente de millones de aparatos de aire acondicionado individuales, la capital catalana ha optado por una solución mucho más ambiciosa: aprovechar el frío extremo que llega al puerto, almacenarlo bajo tierra y distribuirlo después por toda la ciudad.
Una idea que convierte un residuo energético en un recurso valioso y que demuestra que, a veces, la mejor forma de combatir el calor consiste precisamente en reutilizar el frío que ya existe.