Los humanos han evitado cruzar durante milenios un desierto que ahora China emplea para piscicultura
Es un laboratorio a cielo abierto.

El desierto de Taklamakán, ubicado en la provincia de Uigur de Xinjiang, en el noroeste de China, y considerado durante toda la historia como uno de los parajes más hostiles del mundo, es ahora el lugar que puede marcar el inicio de una nueva era para la industria agroalimentaria mundial.
Esto se debe a que China ha elegido actualmente este lugar ––el cual fue antiguamente la pesadilla de los comerciantes de la Ruta de la Seda debido a sus dunas movedizas y su clima implacable–– como laboratorio para criar allí miles de toneladas de marisco.
Es todo un avance que trata de demostrar que la tecnología y la ciencia son capaces de crear vida de la nada y que el gigante asiático lo está utilizando estratégicamente para reducir su dependencia de las importaciones de mariscos y la pesca de altura, lo cual es para China toda una prioridad nacional.
El objetivo es proporcionar pescado fresco a las comunidades locales sin tener que transportarlo a través del continente desde las costas orientales, lo que permitiría al país ahorrarse millones de euros en importaciones.
Cómo funciona
Este colosal proyecto pretende crear un mar interior artificial, todo un desafío que ansía superar las limitaciones geográficas. Y de momento está funcionando, ya que en 2024 la producción de estos mariscos en el desierto de Taklamakán alcanzó la impresionante cifra de 196.500 toneladas.
Toda una proeza si se tiene en cuenta que el suelo está saturado de sal y álcali, lo que hace casi imposible la agricultura convencional. Sin embargo, los ingenieros chinos han conseguido implementar sistemas de recirculación acuícola increíblemente sofisticados, basados en extraer agua de las aguas subterráneas salinas y tratarla químicamente para poder replicar la composición exacta del agua de mar.
Tras someter el agua al tratamiento adecuado, ajustando el pH y la salinidad, los ingenieros chinos han logrado crear un entorno ideal para especies marinas como el mero o el camarón vanamei. La clave del éxito se basa en la sinergia entre la química fina y la gestión térmica, que hacen posible que el agua se mantenga a una temperatura constante pese a las abruptas variaciones de temperatura del desierto.
Por tanto esto ya no es solo una idea, sino una realidad que, aunque parece casi milagrosa, lo cierto es que está redefiniendo la acuicultura moderna. El resultado es que esta zona que antaño era absolutamente necesario evitar si se quería sobrevivir, ahora ha cambiado radicalmente: donde antes reinaba una aridez absoluta, actualmente hay estanques que se extienden hasta donde alcanza la vista.
Autosuficiencia alimentaria
China ha logrado lo improbable, transformar este infierno arenoso en un centro de producción de mariscos y peces que parece que, por el momento, funciona a la perfección. Y no, no es un milagro, es ciencia. Al aprovechar el deshielo de los glaciares en las montañas cercanas que alimentan la cuenca del Tarim, los productores tienen acceso a un recurso hídrico limitado pero constante.
Sin embargo, esta proeza técnica plantea dudas sobre su viabilidad a largo plazo debido a que el desierto de Taklamakán recibe menos de 100 mm de lluvia al año y la evaporación del agua es muy rápida. Por tanto, el mantenimiento de estas cuencas requiere bombear agua de depósitos subterráneos que se reponen muy lentamente.
Este es el motivo por el que, por ahora, Xinjiang sigue siendo un laboratorio a cielo abierto, un intento de dominar uno de los entornos más hostiles del planeta. La industria observa esta transformación con una mezcla de fascinación y preocupación, ya que si el modelo resulta replicable sin agotar las aguas subterráneas, esto podría cambiar el panorama de toda la industria agroalimentaria.
