INTERNACIONAL
12/04/2014 21:36 CEST | Actualizado 14/04/2014 11:53 CEST

Sacar al Donbás de su 'izolyatsia'

ARGEMINO BARRO

Salimos a explorar la periferia minera de Donétsk, patria chica del estajanovismo más recalcitrante, con sus millones de obreros adustos que siempre llevan boina de cuero (una mañana me dio por contarlas; tiré la toalla después de cincuenta) y, cuando hablan ruso, dicen “je” en lugar de “gue”.

Visitábamos un edificio abandonado, lleno de agujeros, botellas rotas y pintadas absurdas ("¡Juntos hasta la victoria!" "¡Feliz año nuevo!"), cuando escuchamos voces en ruso. Me asomé por un enorme socavón que había en el suelo y vi a varios hombres vestidos de camuflaje portando metralletas. ¿Soldados? ¿Paramilitares? “¡Mierda, vámonos, vámonos!”, murmuré a Paco y Rubén. Imediatamente después, salió de la nada un individuo con el arma a punto. Venía corriendo hacia nosotros medio agachado. Al pasar, nos saludó sonriendo, tomó refugio tras una pared, apuntó al exterior y

¡Piu-piu-piu-piu-piu-piu!

Era una metralleta láser. Luego apareció un tipo completamente vestido de negro con pasamontañas (veo muchos últimamente). Fuera del edificio, alguien arbitraba esta guerra de estética balcánica (paisaje gris, combatientes blancos, pintadas en cirílico) entre dos equipos de diez personas que habían decidido pasar la mañana del sábado disparando de mentira.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

Recorrí barrios deprimidos y montañas de residuos de carbón (lo que llaman terracones) con miembros de Izolyatsia, una fundación privada que, desde 2010, planea aplicar a la región un electroshock cultural y que, además, tiene su condenado puntito de Españoles por el mundo: su director cultural es Paco de Blas, un vecino de Madrid con larga experiencia gestora en el Instituto Cervantes de varios países y que ahora es un nuevo tipo de agent provocateur (la pregunta que más le hacen: "¿Y tú qué haces aquí?").

Paco de Blas se ha echado sobre los hombros la tarea de encender una revolución sociocultural en la cuenca minera de Ucrania, tendiendo un puente al mundo exterior mediante el arte contemporáneo, “sea a través de las artes plásticas, el cine, la música”, y el trabajo: “Tratamos de traer una transformación social al territorio vinculando la creatividad al desarrollo económico, en línea con las denominadas incubadoras de empresas o start ups. Ayudamos a la gente emprendedora a desarrollar sus ideas en torno a un trabajo autoral en campos como la artesanía, el desarrollo de software o el diseño”.

Fundamentalmente financiada por la industrial ucraniana Luba Mijailova, Izolyatsia (aislamiento) anida en un complejo antaño dedicado a transformar el carbón en material aislante, de ahí su nombre. La fundación está compuesta por 18 empleados y un servicio de seguridad que venera las listas de admisión; consta de 56 edificios repartidos por siete hectáreas de moles hormigonadas, maquinaria vintage y campanas extractoras diseñadas por titanes.

Frente a la oficina, varias estatuas femeninas resisten a la intemperie, de pie o tumbadas en la tierra; una de ellas está hecha de jabón. Esta y otras obras desafían el gris hormigonado que reina en el territorio. La cuenca del Donbás es un enorme museo del socialismo real, donde los grandes lemas y voluntarismos conviven junto a fábricas mastodónticas que lo eran todo para el trabajador, con su clínica, su guardería, su mercado y sus murales socialistas condenados a la extinción.

De Blas compara el trauma del Donbás con la reconversión industrial vivida décadas atrás en el norte de España, Inglaterra o la Bélgica francófona: “Es difícil encontrar un estado de depresión general como el que se da aquí. Una depresión que compromete la propia identidad del territorio, que en estos momentos, como es notorio, discute seriamente su pertenencia a una unidad denominada Ucrania o a la cercana Rusia, y que es compañera de una absoluta crisis industrial”.

La fundación prepara un festival nacional de literatura ucraniana (en ucraniano, ruso y tártaro) para finales de abril centrado en “el lenguaje y la violencia”, cuyo paralelismo con la actualidad no es casual. La llegada del español el pasado noviembre coincidió con el Euromaidán y, desde entonces, esas fracturas socioidentitarias con las que, en parte, trabaja Izolyatsia (obviamente más inclinada hacia Europa) se han hecho más evidentes (la sede del Gobierno regional de Donétsk sigue tomada por activistas prorrusos mientras escribo estas líneas).

A la pregunta de si han barajado la idea de cancelar el festival dada la reciente inestabilidad política, Izolyatsia no quiere quedar en manos del “Belén” montado por la militancia enmascarada, que parece estar completamente desconectada del resto de Donétsk. En 200 metros a la redonda del Parlamento asaltado, la vida continúa con extrema normalidad, entre la indiferencia y el hastío.

Terminamos la visita subidos a una montaña de residuos carboníferos cubierta por una vegetación testaruda de barro y espinas. En invierno, los terracones emiten tanto calor que no se cubren de nieve y, en algunos puntos, su piel ceniza emite humo en pequeños volcanes. Sólo en el Donbás hay 130 dominando el horizonte como tótems de la vieja minería y, en cierto modo, de la obsolescencia.

Escribí este artículo antes de que la situación se inflamase en el Este de Ucrania. El primer ministro había venido a apaciguar los ánimos a la región y los rebeldes, que ocupaban un par de edificios, también bajaron el tono. Todo parecía estancado y los corresponsales extranjeros pensaban ya en volver a casa. Lo que ocurrió a continuación (la insurrección armada en varias ciudades de la región) prueba, una vez más, lo absurdas que resultan las profecías en política. Dicho esto, Izolyatsia sigue siendo una iniciativa interesante para entender y cambiar el Donbás. Por ahora, sus integrantes siguen adelante.

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