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05/02/2013 08:14 CET | Actualizado 06/04/2013 11:12 CEST

Recuperar el marxismo humanista para el proyecto socialdemócrata

El socialismo, en esencia, posee un cromosoma disidente que siempre fue impulsado por el Ethos de la tradición cristiana, y dentro de ésta, por la gente "pobre". Era el modo de independizar sus condiciones de vida de la visión utilitarista dirigida por el capitalismo industrial.

Y así nosotros vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.

F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby.

El pasado de todos nosotros pesa considerablemente sobre nuestro presente, aunque como pensaba Gerald A. Cohen, es obvio que para algunos pesa más profundamente que para otros. En mi caso, el haberme criado en una familia de clase trabadora durante los años ochenta, y haber sido educado en una visión fuertemente igualitaria y social, ha provocado mi apego a ideas relacionas con la igualdad y con la distribución de una cultura elevada como recetas para crear progreso real. Son ideas de las que no puedo abdicar, y efectivamente, una corriente poderosa me lleva de vuelta hacia ellas, sin importar hacia donde trate de remar.

Al examinar el estado de las cosas y en concreto, el proyecto socialdemócrata en el que me he reconocido, a priori, siempre he esperado lo mejor: la honradez de las costumbres, la compasión, la generosidad, la subordinación de la economía a los derechos fundamentales, y una depurada y autentica cultura donde la moral y la ciencia son partes de un mismo fin. La realidad, por el contrario, es cruda, y uno cada vez se siente más tentado a admitir que "todo va mal". Pero en la resignación el hombre siempre ha encontrado la energía para no conformarse, y seguir indagando.

Cuando Salvador Allende asumió la presidencia de Chile señaló: "Pisamos un camino nuevo; marchamos sin guía por un terreno desconocido; apenas teniendo como brújula nuestra fidelidad al humanismo de todas las épocas -particularmente al humanismo marxista- y teniendo como norte el proyecto de sociedad que deseamos.".

Aquella visión social resulta tan sugerente hoy como hace 40 años, y todavía los socialistas europeos con responsabilidades no han sido capaces de responder convincentemente a una pregunta que surge implícitamente:

¿Puede funcionar un proyecto socialdemócrata sin el humanismo de Marx? Para aproximarme a dar una respuesta a esta cuestión voy a comenzar haciendo un recorrido histórico que nos permita tener un marco de referencia para comprender mejor lo que nos rodea en la actualidad.

Pensemos primero en nuestros antepasados allá por el siglo XIV y el siglo XV. En aquel tiempo, la miseria y la necesidad eran considerablemente más opresivas que ahora. La diferencia entre estar sano y estar enfermo era mucho más señalada. La riqueza y la dignidad se distinguían de la pobreza con una intensidad cegadora. La pasión desbocada dominaba la vida de los príncipes europeos, y el pueblo les acompañaba en su sentido de justicia, limitado a la sed de venganza y a la aversión al pecado. Una justicia que se administraba con violencia y crueldad extrema, y sólo se detenía por impulsos espontáneos de compasión y misericordia. El poder no estaba reducido a una simple acumulación de riqueza y propiedades. Era algo más profundo, individual, sanguíneo y "divino"; su rasgo formal estaba vinculado al grado de homenaje y pleitesía que recibía quien lo ostentaba.

El pueblo, "los pobres", no sabía ver su propio destino. Todo su porvenir se reducía a esperar una sucesión de guerras, epidemias y privaciones. Al final, el tono de la existencia en aquelotoño de la Edad Media se condensaba en el reflejo de una amarga melancolía. Pero cuando más dolorosa fue la desesperación, más hondo resonó el suspiro de la época por transformar el mundo en algo mejor.

El sueño del hombre en la mayor parte de Europa, antes de que el Renacimiento se propagara fuera de las ciudades italianas, antes de Lutero, de la Ilustración, y de la Primera Revolución Industrial, se debatía entre tres posibilidades:

  • La negación del mundo que vivimos. De modo que una vida de plenitud y belleza sólo era posible en el "más allá", y había que aprender a desprenderse del mundo terrenal.
  • La vida de los sueños y la fantasía. Donde el hombre huía de la cruda realidad, se evadía de la responsabilidad de cambiarla, y prefería caminar por un mundo que en todo momento apelaba a un pasado mejor, muy antiguo e idealizado, en realidad, al alcance de sólo unos pocos privilegiados.
  • El perfeccionamiento del mundo material que nos rodea. Esta posibilidad era entonces la más inconcebible, la más escasa, al alcance de la imaginación de unos pocos hombres como Erasmo o Maquiavelo. Casi nadie tenía como prioridad la modernización y el progreso de las instituciones sociales. La cultura era todavía primitiva en este aspecto, y la virtud tenía su espacio aislado en la vida individual de cada uno. Y sin embargo, en minúsculas fogatas, la modernidad estaba comenzando a forjarse, a las puertas del renacer de un individuo comprometido con buscar el goce de la vida, con el anhelo por llevar una existencia llena de belleza.

No obstante, cuando realmente se alcanzó un punto de revolución, de disrupción histórica, fue cuando al fin se aspiró a transformar la organización de la sociedad, cuando la cultura evolucionó para tratar de materializar el ideal soñado y convertirlo en una realidad, cuando ya nadie admitió que la distancia entre la forma de la vida y la realidad pudiera ser tan enorme. El velo cayó. Pero todavía quedaban varios siglos por delante para que ese velo de vida artificial cayera también para bien de los pobres, y que el anhelo por una vida de libertad pudiera ser compartido por ellos. Aunque el fruto aún estaba lejano, la semilla del socialismo empezó a arraigar.

Portadas de las obras: La formación de la clase obrera en Inglaterra de E.P. Thompson, y Turning Points in Western Technology de D.S.L Cardwell. Foto: AGP.

El socialismo, en esencia, posee un cromosoma disidente que siempre fue impulsado por el Ethos de la tradición cristiana, y dentro de ésta, por la gente "pobre". Su disidencia era el modo de independizar sus condiciones de vida de la visión utilitarista dirigida, en primer lugar, por el precapitalismo feudal y, después, por el capitalismo industrial (que necesita del trabajo de los pobres y de su consumo en proporciones siempre ajustadas a un tamaño de población con un coste aceptable, y con una distribución en su capacidad de gasto igualmente predeterminada).

En el siglo XVIII y principios del siglo XIX, las rupturas para generar el cambio social tuvieron entre sus antecedentes a las denominadas "Leyes de Pobres", asentadas en Inglaterra desde la irrupción del protestantismo, y reformadas a partir de la Primera Revolución Industrial. Las insuficiencias de aquellas leyes "misericordiosas" eran obvias, confinadas a dar subsidios mínimos a los desempleados y a mitigar la pauperización extrema, creando la ideología de hacer responsable al mismo pobre de su situación de precariedad y no a las condiciones socioeconómicas. Tal falta de racionalidad llevó a partes de la sociedad a ahondar en medidas factibles para erradicar la pobreza, la absoluta y la relativa, de la organización humana. Y esta es la base del cambio social que la visión socialista incorporó a partir de la Segunda Revolución Industrial y que moldeó las instituciones políticas y económicas durante El Largo Siglo XX.

Con las eliminaciones de la pobreza y la doctrina de la escasez, el "pobre", el trabajador, podía emanciparse en abundancia, lograr autonomía técnica para desarrollar su vida con libertad, para optar por el arte y la ciencia. Pero esta visión, evolucionada a partir de los estudios de Marx sobre la reificación y el trabajo, necesita de unas condiciones históricas adecuadas para realizarse: la democratización de las instituciones con la participación de toda la población, la igualdad de oportunidades y la igualdad ante la ley, el acceso universal a una educación filosófica y politécnica, la protección de derechos individuales inviolables e iguales para todos al servicio del conjunto de la sociedad, y la compartición de los medios de producción. Condiciones necesarias para empujar a la economía del mercado hacia un control democrático que impidiera actuar a su lógica extractiva sin barreras, asegurando que el individuo nunca sería separado de su autentica naturaleza.

Así, el humanismo marxista que tan bien captó Karl Polanyi, nos traslada hacia una conclusión definitiva: la negación de la posibilidad de autonomía del mercado sobre la sociedad; y la alternativa consistiría en que la economía debe estar al servicio de un ideal: la perfección del hombre.

En cualquier caso, y sin echar la vista atrás para ver qué funciona verdaderamente de las conquistas sociales alcanzadas, lo que urge es volver a llenar de significado ese ideal seminal. Hay que volver a escribir la historia generando un nuevo relato. El mundo se ha vuelto complejo, y la socialdemocracia no debería ser únicamente un posicionamiento para la clase trabajadora ni para los más débiles y desfavorecidos, debiendo alcanzar un sentido de necesidad a un nivel de consenso internacionalizado.

Tras más de 200 años de desarrollo histórico, su esfuerzo empático por entender la lógica de la economía de mercado como estrategia material y política para su transformación, ha fracasado. Y en todo este tiempo no ha logrado convertirse en la palanca trascendente capaz de establecer un vector de creencias morales inviolables, un vector de condiciones reales que dote de un buen gobierno a cada individuo para administrar su derecho a la variación y a la diferencia.

A mi parecer, un sendero a revisitar por el socialismo democrático es la reapertura del discurso de la libertad, recuperar su noción, abrir el debate de lo que debe significar y lo que debe implicar, y sobretodo arrancarla del monopolio que ha mantenido a su alrededor el credo liberal. Las comunidades sociales, agrupadas en forma de partidos políticos y sindicatos, tienen ante sí una llanura próspera si su misión es hacer más abundante que nunca las libertades del individuo.

Ampliar las libertades individuales no significa abstenerse de regular, sino todo lo contrario: regular ampliamente la vida de la persona con el objetivo de crear unos derechos inviolables para cualquier poder institucional o financiero, inviolables incluso para el derecho de propiedad privada y para la libertad de empresa. Y esto es todo un reto, porque cada persona debe contar, y no puede ser aplanado con un discurso totalizador y superficial sobre el bien colectivo, ni por las necesidades de una organización burocrática y coercitiva.

En una sociedad compleja, donde el principio de variabilidad crece sin pausa, hay que buscar un pensamiento sofisticado que articule una ingeniería cultural y tecnológica que solucione las tensiones de todos los individuos, incluso uno a uno. Y eso no puede limitarse a la transformación del modelo económico, porque éste no puede disociarse ni desarraigarse de nuestra estructura mental y cultural. Han de ir de la mano.

El vacío cultural que nos asola es anterior a la crisis. No se resolverá de verdad con la creación de nuevos empleos o el consecuente descenso del desempleo dentro de otro ciclo económico, ni se extinguirá con la reactivación de la capacidad para gastar del consumidor. El déficit cultural provoca que los individuos no tengan claro cuál es su misión en la vida salvo en el arraigo de su salud mental a su capacidad económica, y a su deseo de poseer mercancías. Hemos de luchar contra el derrumbamiento de la cultura, y si lo que nos rodea es una ruina moral y una calamidad social, hemos de darnos cuenta para construir un nuevo escenario.

Las pesadillas del estalinismo y del fascismo de Hitler, desde ideologías aparentemente opuestas, fraguaron en la brasas de una obsesión compulsiva por imponer unas utopías falsas, de la misma forma que los liberales clásicos y sus seguidores tratan, todavía hoy, de replicar artificialmente, como si de un experimento de biología se tratara, los requisitos de la "utopía del libre mercado". Es el momento de crear y defender "a view of the Society" renovada y orgullosa. Lo pendiente no es determinar de nuevo quién es el propietario de los medios de producción y a dónde va el fruto del trabajo, lo cual es fácil. El desafío es si en el reparto va a tenerse en cuenta que la vara de medir es el hombre, y no el dinero.

Centrándome ahora en el caso español, un camino de recuperación, y no de autoengaño, para el PSOE durante los próximos diez o veinte años, no puede consistir tan sólo en la programación de un algoritmo redistribuidor de la riqueza que se genere en nuestro país. Es decir, pactar unas políticas de salarios y de fiscalidad justas. Su viaje más trascendental es de naturaleza ética y humanista, se trata de dotar de un sentido histórico a la vida de miles de ciudadanos.

Los partidos políticos, por un lado, han abandonado la trascendencia en sus discursos, y se palpa su miedo a la vida. Y por otro, sus intereses recaen en aspectos únicamente productivos y no existenciales, ya que incluso los servicios públicos de educación y sanidad quedan cosificados como herramientas para lograr un trabajo y conservar la salud para mantenerlo y abastecer a una unidad familiar. En cualquier caso, es hora de realidades y no de ensoñaciones del mundo, o de admitir las relaciones de dominio que atenazan la libertad a cambio de esa parte de la humanidad que no sufre la escasez mientras deambula inmersa en su particular amnesia: cada mañana sólo reconoce como importante aquello que es una mercancía.

Al observar la trayectoria del socialismo en España desde la actual Constitución hasta nuestros días, no sería sincero conmigo mismo si no admitiera un grado sobresaliente de desencanto, casi como lo estaría un hincha al ver a su equipo, antaño con talento y con discurso, caminando por el campo con sobrepeso, resignado y sin chispa. Si tomáramos el prisma del erudito Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico, podríamos afirmar que la aportación del PSOE al desarrollo de proyecto socialista fundacional ha estado demasiado fragmentada y ha resultado ser mucho menos intrépida y vanguardista de lo que se esperaba. Es cierto que tampoco en el resto de Europa hay muchas estrellas en el firmamento a donde dirigir nuestra mirada para descubrir la Edad de Oro. Como también es cierto que con índices cuantitativos y aplicando el sentido común, entre "aquella España" y ésta, existen grandes e innumerables cambios, y es innegable que el socialismo, entre otros, ha contribuido enormemente a su consecución.

Entonces, ¿de dónde viene el malestar? ¿De dónde proceden el egoísmo, la envidia, la codicia, la traición, el miedo y la corrupción que tanto han degradado y empobrecido al individuo y a la sociedad a lo largo de estos últimos treinta años?

Lo único que nos permitirá, a nosotros, modificar la economía de libre mercado y experimentar con alternativas, es mutando nuestra cultura. Y este discurso transformador no existe hoy día en el PSOE ni en la inmensa mayoría de los partidos socialdemócratas europeos, entre otras cosas porque es indudable que implicaría riesgos y restaría seguridad.

Pero si no hay nadie que quiera cambiar ningún fundamento del modelo económico hegemónico, entonces el discurso emancipador de los "pobres" se vacía de significado, de su meta, y sin quererlo se vuelve conservador, porque su deriva le lleva a que su lucha por alcanzar el ideal de sociedad se encuentre limitado a enfrentarse bien a la concepción de Adam Smith de permitir que los pobres puedan llegar a vivir cómodamente, e incluso, si el mercado lo necesita, que algunos de ellos pasen a una clase media y alta, bien a la concepción malthusiana de tener a la mayoría de los pobres siempre ansiosos, temerosos de perder su empleo, al borde de la hambruna pero no más, viviendo con lo indispensable, y sin permitirles apenas el ocio.

En el siglo XXI, moverse entre ambos extremos es admitir un perfil bajo para el cambio social. Cuando miro a mi alrededor, el malestar que puedo sentir no lo dirijo principalmente contra los partidos conservadores, sino contra aquellos partidos que deberían haber resuelto hace mucho tiempo las contradicciones y los fraudes que experimentamos hoy en día.

La concepción de "pobre" ha variado en cada momento histórico, en un sentido amplio puede considerarse esencialmente como "estar privado de libertad". Luego el objetivo del proyecto humanista de Marx puede resumirse en una afirmación integradora, que seguramente provocará disconformidad: de lo que se trata es de luchar por la libertad con la garantía de la protección del hombre para todos los hombres, en oposición a crear libertad con la garantía de la protección de la riqueza para unos pocos hombres.

Luego la socialdemocracia no puede olvidar un sendero contundente y sin complejos para indagar en cómo transformar el modelo de la economía de mercado, como tampoco puede olvidar la necesidad de crear un relato al servicio de un ideal que proporcione sentido a la vida de las personas, un anhelo por una vida de belleza donde la laboriosidad quede al servicio del prójimo y no del interés egoísta.

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