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11/11/2018 11:29 CET | Actualizado 11/11/2018 11:29 CET

'El Cascanueces' o el misterioso poder de la belleza

Carlos Quezada
Escena de ¡El Cascanueces¡ por la Compañía Nacional de Danza.

Del tradicional Don Juan en Alcalá de la semana pasada al tradicional El Cascanueces por la Compañía Nacional de Danza (CND) que ha estado en el Teatro Real muy pocos días (tan pocos que ya no estará cuando salga esta crítica). Una tradición (anglosajona) adelantada, pues lo habitual es que se programe en Navidades al suceder la historia una noche navideña en la que se dan y reciben los regalos que hay bajo árbol en una casa de posibles, algo decimonónica (aunque esta versión sea del 1910). Niños que agotados con tanta excitación quedarán dormidos en cualquier sitio al calor del hogar y soñarán ¡cómo no! con sus juguetes. Historia original que firma un cuentista excepcional como E. T. A Hoffmann.

Coreografía del director de la compañía, José Carlos Martínez, que la crítica ha recibido con frialdad y el público la ha recibido con el calor del entusiasmo. De tal manera que aplaude casi, casi, cada número, sobre todo en la segunda parte, la más espectacular, que permite el lucimiento de los primeras espadas del elenco. Aunque sea el componente teatral de la primera parte el que debería atraer, al ser ese ballet que es ballet pero que se ve como la historia que cuenta. Aplausos que se vuelven apoteósicos al final del espectáculo y que no dejan que los artistas se vayan del escenario.

¿A qué se puede deber esta disparidad entre unos y otros? Tal vez a que los primeros hacen un análisis muy técnico y muy histórico y los segundos, como los niños de la obra, simplemente reciben el regalo que es, no el que podría haber sido, juegan con él, con sus posibilidades, y lo agradecen. Convertidos en unos niños la mañana del Día de Reyes.

Tráiler de 'El Cascanueces' de la Compañía Nacional de Danza

Es cierto que el montaje tiene "peros". El primero, los finales de algunos números (pues está planteado como números que se suceden) o la salidas de algunos pasos que no son todo lo limpios que cabría esperar, algo que aprecia más el ojo entrenado. El segundo, la percusión de la orquesta, que aunque suena mucho mejor que otras veces, más integrada con el resto de instrumentos, sigue sonando por encima de ellos en algunos momentos.

Quitado lo anterior, digan lo que digan, todo es disfrutar. Con una música que resulta más que agradable al oído tocada en directo, una costumbre que no debería perderse al menos cuando actúe la CND en teatros públicos. Una partitura cuyas partes se podrían definir como estándares pop de puro conocidas, que muchos podrían tararear sin saber que son de Chaikovsky y menos de El Cascanueces. Con una coreografía clásica en sus planteamientos, sujeta a una tradición que en su momento fue vanguardia o, al menos, descubrimiento. Con un bonito vestuario suficientemente sencillo para que el glamour brille allí donde tiene que hacerlo. Una escenografía cuya lectura contemporánea del clásico no lo desvirtúa a la vez que no olvida que los elementos no deben estorbar ni ocultar la danza, que debe dejarle espacio para que suceda. Y, por supuesto, unos bailarines que merecen el aprecio por lo qué bailan y por cómo lo bailan en escena.

Aunque nada de esto tendría importancia si todo en su conjunto no produjese belleza. Esa que se resiste a ser diseccionada, analizada, porque ese análisis por partes no funciona. Un análisis forense que se queda para expertos y académicos y que poco cuenta de lo que sucede en escena. Porque lo que sucede es el misterio de lo bello, algo inasible, que sin embargo es posible vivirlo y sentirlo, como lo experimentaron los espectadores que enterados por el boca-oreja agotaron las entradas para las representaciones, pues sabían, por lo que les habían contado que esto no se lo podían perder. Estén atentos porque salen de gira y en algunos sitios sí estarán por Navidad.

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