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23/11/2020 13:40 CET | Actualizado 23/11/2020 13:40 CET

De democracia y 'demoduras' en tiempo de pandemia

Europa, que está permanentemente vigilada por la Rusia de Putin, se encuentra entre los dos gigantes, EEUU y China.

NurPhoto via Getty Images
Una manifestante durante una movilización a favor de la Unión Europea, en Cracovia, Polonia. 

La democracia polarizada, terreno propio del populismo, que corre el riesgo de convertirse en “democradura” cuando se modifican las instituciones para crear un régimen “irreversible”. 

Pierre Rosanvallon

 

Desde su comienzo la pandemia monopoliza los debates, y es lógico que sea así. Pero a medida que va dejando su huella, fundamentalmente sobre los colectivos más vulnerables, su gran protagonismo está tapando otros problemas muy importantes. Y no nos referimos a cosas secundarias, sino a cuestiones esenciales como la siguiente: Que en el mundo las democracias se encuentran en una encrucijada histórica. En efecto, el avance de los regímenes autoritarios en muchos países es importante, aunque en algunos casos muy sonados la pobre gestión que han hecho de la pandemia haya significado para ellos un serio retroceso. Sin embargo, las sensaciones de incertidumbre y de inseguridad que provoca la prolongación de la pandemia pueden ser el combustible de nuevos populismos. 

Las democracias iliberales, que son cada vez más demoduras, pues así se las conoce, están encabezadas por políticos nacional-populistas de los que Trump y Putin son sus más claros exponentes. También la UE tiene sus troyanos en Hungría y Polonia, países gobernados bajo un creciente autoritarismo con el que condicionan el equilibrio de poderes, niegan el derecho a la información y los derechos sociales, con unos líderes que son hooligans del trumpismo y que, siendo grandes beneficiarios de fondos europeos, están bloqueando nada menos que el desembolso del fondo europeo de recuperación. Trump, por su parte, sigue negándose a día de hoy a reconocer la derrota y bloquea la transición de poder, cuestionando no solo los resultados sino la democracia misma. Nos falta por saber si se trata de una táctica para mantener cohesionado el voto populista durante la próxima presidencia o de algo mucho más grave: una estrategia de golpe postmoderno. Por estos motivos, hay que saludar que la UE esté promoviendo iniciativas que inciden en la calidad del Estado de derecho. 

Europa, que está permanentemente vigilada por la Rusia de Putin, se encuentra entre los dos gigantes, EEUU y China

Los debates recientes en España en relación al estado de alarma como estado de excepción encubierto, a la mayoría más o menos cualificada para la renovación del órgano de gobierno de los jueces, a la legitimidad de las alianzas presupuestarias o más recientemente sobre el control de la educación concertada en ley de educación han provocado descalificaciones gruesas desde diversos ámbitos, en particular desde la derecha. Sin embargo, forman parte de las opciones lógicas de un gobierno y no de una supuesta deriva iliberal, hoy por hoy en las antípodas de nuestra democracia. 

En la segunda ola de la pandemia -para volver al tema de la gran desgracia de nuestra época- lo más determinante mientras no lleguen las vacunas sigue siendo, aparte de los tratamientos y de proteger el sistema sanitario del colapso, el comportamiento responsable de cada uno de nosotros, ya que esto puede cambiar la curva de contagios, de modo que los resultados dependen fundamentalmente de nosotros, de lo que elegimos para fortalecer o debilitar el sector público y lo que hacemos como ciudadanos, y no del azar. La cuestión, entonces, consiste más en vivir con la inteligencia y la responsabilidad en estado de alerta, extremando los cuidados, porque muchas veces, con el nuevo coronavirus la salud está en juego con un simple golpe de tos, sobre todo en reuniones de amigos en interiores mal ventilados. Y en esto ha sido muy visible la actitud nefasta del negacionismo ultra que le ha concedido una preciosa ventaja a China para liderar con su ejemplo la batalla mundial contra la pandemia, fundamentalmente en Asia, África y Latinoamérica. 

Las predicciones indican que en una década China rebasará a los americanos y se convertirá en el principal punto de referencia

Ahora que se está hablando de la carrera de las vacunas, con los anuncios de las farmacéuticas Pfizer y Moderna sobre la eficacia y proximidad de las primeras vacunas contra la covid-19, también en eso China puede acabar llevando la delantera porque ya se dice que las que están saliendo públicamente serán las vacunas del mundo rico (mientras tanto, el presidente de la farmacéutica estatal Sinopharm ha afirmado que alrededor de un millón de personas ya han recibido alguna de las vacunas chinas contra el coronavirus). Todo porque aunque la Unión Europea está incorporada desde un principio, sin embargo EEUU no ha participado en la iniciativa COVAX de la OMS para distribuir las vacunas en países empobrecidos de Asia, África y Latinoamérica. Sí lo ha hecho China con sus propias vacunas, y con ello busca (y lo está consiguiendo) redimir el pecado original del que le acusa Donald Trump en relación con el origen y retraso con respecto a la extensión del nuevo coronavirus. 

En el ámbito de la tecnología, EEUU es todavía el principal inversor mundial (aunque no se note para nada en su rudimentario sistema manual de recuento de votos), pero las predicciones indican que en una década China rebasará a los americanos y se convertirá en el principal punto de referencia. Los que siguen explicando la situación en razón de la comparación de la China actual con la URSS de la guerra fría y basan sus análisis en su posible caída, caen en un error de partida, en un cuento chino: No ven que China es hoy un formidable competidor, en un momento mucho más fuerte económicamente y mucho más sofisticada en su diplomacia que lo que fue la Unión Soviética de la guerra fría. De hecho, tiene mucha más presencia en el mundo globalizado de hoy que la URSS, y además en estos últimos cuatro años del trumpismo ha ganado mucho terreno, y ni siquiera ha tenido la necesidad de haber empezado ninguna guerra en las últimas décadas, cómo sí han hecho las otras grandes potencias occidentales, y en particular los EEUU. 

Para Europa y para España, quizá la tarea fundamental consista en defender nuestra democracia y nuestro Estado social y de derecho

Europa, que está permanentemente vigilada por la Rusia de Putin, se encuentra entre los dos gigantes, EEUU y China, que están en plena guerra comercial y tecnológica, y se debate entre los partidarios de una mayor independencia de EEUU y los que apuestan por una alianza reforzada con los americanos. Paralelamente, distintos capitalismos van tomando forma en la aldea global, desde el capitalismo nacionalista y represivo de partido único de China, que utiliza la inteligencia artificial para crear un Gran Hermano de vigilancia de los ciudadanos, a los modelos autoritarios de Putin y Erdogan y los nacional-populismos de Trump (derrotado en el primer asalto/mandato), Orbán y Bolsonaro; y, por último, intentando gobernarlo todo desde su gran atalaya del Valle del Silicio, el capitalismo digital. Para Europa y para España, quizá la tarea fundamental consista en defender nuestra democracia y nuestro Estado social y de derecho que hoy, después del Brexit, cuestionan Hungría y Polonia, adaptar nuestro modelo productivo a las nuevas exigencias del cambio climático y la transición digital, así como apostar por la educación de nuestros jóvenes y por una formación continua que garantice su incorporación y con ello el futuro de nuestra sociedad en el marco europeo. Ese plan, que para nuestro país consiste en abrir un nuevo camino, es la única salida.

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