Gustavo Petro, el exguerrillero que aspira a ser el primer presidente de izquierda de Colombia

El líder del Pacto Histórico lidera las encuestas tras años de protestas sociales y con la derecha deslavazada. Su promesa es justicia social y reconciliación.

Gustavo Francisco Petro Urrego (Ciénaga de Oro, Córdoba, 19 de abril de 1960) puede convertirse en el primer presidente de izquierdas de Colombia. Este domingo se enfrenta a la primera vuelta de las elecciones y, si logra superar la mayoría absoluta, se instalará en la Casa de Nariño y dará comienzo a una nueva etapa que, promete, vendrá marcada por la justicia social y la reconciliación nacional. Si no, deberá enfrentarse con el candidato que quede en segunda posición y esperar a lo que decidan los ciudadanos en la segunda vuelta, el 19 de junio. Hoy es el líder indiscutible de las encuestas, con un 41% de la intención de voto.

Es la tercera vez que Petro intenta llegar a la presidencia, pero sólo ahora la roza con los dedos. Desgastado el uribismo tras cuatro años de Iván Duque, y tras tres años de movilizaciones populares desconocidas en el país, los ciudadanos parecen decantarse por su opción del Pacto Histórico, formada por Colombia Humana y Unión Patriótica, entre otros, y que habla de paz, justicia, trabajo y democracia. Un exguerrillero con la banda tricolor. Un economista al que temen los capitalistas. Un hombre que se ve con el traje de presidente porque el resto es “desesperanza”.

Los analistas reconocen que sintoniza con los sentimientos de cambio político del electorado y que tiene un discurso moderno sobre temas como el medio ambiente, las energías limpias, la igualdad y la defensa de los animales, que les llega a algunos sectores, sobre todo en los estratos más jóvenes. Los más olvidados no encuentran nadie más a la izquierda y la clase media cada día más asentada, con nuevas preocupaciones, encuentra en él el eco a sus preocupaciones. La derecha, fragmentada, no lo ha sabido entender.

Del M-19 a los despachos

Petro es hijo de dos maestros de escuela, Gustavo Petro Sierra y Clara Nubia Urrego, y es el mayor de tres hermanos. Clase media sin angustias, pero cercana a los que sí las pasaban. La familia pasó de vivir en la costa al interior, por lo que el aspirante presidencial tiene un poco de esas dos almas que en Colombia tan bien se definen. El niño callado y aplicado, lector voraz hasta hoy, estudió en el Colegio de La Salle de Zipaquirá, donde ya habían tenido por pupilo ilustre a Gabriel García Márquez. Fundó un periódico escolar y, de adolescente, ya contactó con los primeros sindicatos y partidos de la zona. De izquierdas, siempre.

A los 16 años, y con uno de los mejores expedientes nacionales, acabó la Secundaria y marchó a la universidad. Comienza un tiempo en el que las clases se acabaron mezclando un su militancia en el M-19, el Movimiento 19 de abril, El Eme,​ una organización guerrillera urbana​ surgida después de las irregularidades en las elecciones presidenciales de 1970 y que se mantuvo viva hasta 1990. Estuvo en esa guerrilla desde los 17 años hasta los 29 años, cuando una amnistía general rompió las filas. 12 años bajo el alias de Aureliano -sí, tomado de Cien años de soledad-, haciendo sobre todo labores de enlace, explica en su autobiografía Una vida, muchas vidas.

Pasó tres años en la clandestinidad y dos en la cárcel, condenado por posesión ilegal de armas y conspiración. Supo de interrogatorios poco amigables y de tortura. Cuando se tomó el Palacio de Justicia de Bogotá, que dejó 50 muertos en 1985, Petro estaba entre rejas. No tiene sangre en las manos, pero sus opositores lo llaman “criminal” por su pasado. Él renunció a esa vida, sin camino de vuelta en otras organizaciones, como hicieron algunos de sus excompañeros. Entre medias, saltó a la política: fue elegido por la Alianza Nacional Popular (ANAPO) como representante en 1981 y concejal de Zipaquirá de 1984 a 1986. Ayudó a levantar un barrio, Bolívar 83, con viviendas para 500 familias pobres. Cuando habla de aquello se pone solemne.

Petro se graduó en Economía por la Universidad Externado de Colombia, se fue a Bélgica como parte de las negociaciones al dejar la guerrilla y estudió Ciencias Ambientales en Lovaina, y antes de cruzar el charco de nuevo se interesó por la Administración de Empresas en la Universidad de Salamanca. Es una de las polémicas que le persiguen: la de si completó o no sus estudios. Se daba por hecho, pero una investigación periodística desveló que sólo cuenta con el primer título. Los demás estudios los dejó a medias por su vuelta a casa y su entrada en política nacional.

Tras casi tres años como agregado diplomático para los Derechos Humanos en la embajada de Colombia en Bélgica, se convirtió en representante a la Cámara por Bogotá con el Movimiento Vía Alterna, de 1998 a 2006 y luego, en senador por el Polo Democrático, 2006 a 2010. Ese año se presenta por primera vez a la presidencia por el Polo, pero apenas logró el 9,15% de los sufragios. Apostó entonces por el municipalismo, por entrenarse en la gestión en una ciudad como Bogotá, de casi 7,2 millones de habitantes.

Así se hizo su alcalde, de 2012 a 2015, un periodo que dejó, en líneas generales, una huella positiva en cuanto a proyectos sociales y recibió el reconocimiento de la Unesco gracias a los logros en política educativa. Sin embargo, su fracaso en mejorar la movilidad y la seguridad ciudadana y en la implementación del sistema de recolección de basuras le produjo altos niveles de rechazo en las encuestas a su gestión, hasta el punto de que tuvo que dejar el cargo en 2013 porque la Procuraduría General lo inhabilitó durante 15 años para ejercer cargos públicos. Al año siguiente, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenó su restitución como regidor, avalada más tarde por el Tribunal Superior de Bogotá. Así pudo volver y pilotar el tramo final de su legislatura. Ahora que ha pasado el tiempo, los ciudadanos aprueban su gestión.

A por Nariño

Entonces, rehabilitado y en un escenario aún sin paz, con la izquierda atomizada, Petro insiste en concurrir a la presidencia del país. Se presenta por segunda vez en 2018 por la Colombia Humana y obtiene más de ocho millones de votos. Una subida notable. Hace uso por primera vez del Estatuto de la Oposición, por lo que al quedar segundo en las elecciones frente a Duque, vuelve al Senado entre 2018 y 2022. Ha sido un tiempo en el que se ha convertido en uno de los mejores oradores del país, a juicio de prensa y ciudadanos, siempre con el uribismo en la diana de sus críticas.

“Petro tiene poco para decirle a una sola persona cuando la tiene al frente, pero ante una multitud sus palabras se desbordan”, escribe en La silla vacía Juan Manuel Flórez Arias. Mezcla de tímido, callado y hasta huraño, el “progresista” -término que prefiere a izquierdista- se siente cómodo en las Cámaras y en los mítines, donde ha enarbolado la bandera de lo social y del entendimiento. Oportunidades, equilibrio, diálogo, igualdad, entendimiento, respeto, son palabras que repite una y otra vez. La lucha contra la corrupción ha sido su otro gran caballo de batalla, en un país demasiado acostumbrado a mordidas y maletines, también a violencia. Petro consiguió procesamientos siendo el látigo de los que hacían mal la cosas y ahora los luce en campaña.

Un seguidor de Gustavo Petro y Francia Márquez, durante un mitin en Medellín, el pasado 22 de abril.
Un seguidor de Gustavo Petro y Francia Márquez, durante un mitin en Medellín, el pasado 22 de abril.
JOAQUIN SARMIENTO via Getty Images

Lo que propone

Porque 2022 puede ser su año, a la tercera. Duque no puede presentarse a la reelección, porque por una reforma legal no hay posibilidades de encadenar mandatos. Sin líder claro, la derecha ha perdido fuelle, más allá de sus lagunas de gestión y de la contestación en la calle por normativas de educación o salud, y Petro lleva años picando en esa mina del cambio necesario y el descontento. “Quiero alejar completamente el lenguaje del odio de la discusión política, quiero ir al argumento y lograr que pueda haber la diversidad política que se quiera, pero no ese odio”, defiende.

Según la encuestadora Guarumo, Petro tiene 37,9% de intención de voto, Gutiérrez 30,8% y Hernández 20,3%. Otro sondeo de Invamer, muestra al primero con 40,6%, al segundo con 27,1%, y al tercero con 20,9%. Finalmente, el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica sitúa a Petro con el 48% en una proyección sobre voto válido, a Hernández como segundo con un 21,8% y a Gutiérrez con 21,4%.

Su cambio de modelo asusta a los de siempre y ha hecho que la oposición azuce el miedo en los electores, sobre todo con dos planteamientos: la posibilidad de “democratizar la tierra”, que se vende como expropiaciones, y la tesis del “perdón social” por el que se podría liberar a delincuentes o guerrilleros. Petro, como se ve en esta entrevista con la CNN, reniega de esas acusaciones. Ni va a robar tierra ni va a soltar a quien delinca. Habla de elevar impuestos a quien tiene tierra fértil que no produce, para exprimir los recursos con cabeza, y de implantar un sentimiento nacional de unidad, “que nace de la sociedad” y no de lo jurídico, “porque si todos somos capaces de perdonar, entonces somos capaces de reconciliarnos”. Unir al país es un reto mayúsculo tras años del acuerdo Gobierno-FARC, con avances y atranques, por ejemplo, que no a todos gustan.

En su apuesta ha llegado a abrazar en su plataforma a miembros de la derecha, lo que ha sido fuertemente criticado, y a flexibilizar sus posturas, buscando el centro. Dice que si millones vienen de otras ideologías a votar por él es signo de la necesidad de cambio, y que sin que todos remen non hay opciones de unir, pelear contra los corruptos o crear empleo.

Estas son algunas de sus propuestas principales:

“Estoy aquí porque he aguantado, porque ellos, los poderosos, me han golpeado y yo he aguantado en la batalla, como David contra Goliat”, defiende. Y como hay un poder asentado que se siente amenazado, hay riesgo de violencia: Petro y Francia Márquez, su compañera que aspira a la vicepresidencia de Colombia, están recibiendo amenazas constantes que les obligan a llevar escolta y a hablar en algunos mítines rodeados de escudos blindados. A ella -que es negra, ambientalista y feminista y que fue víctima de un atentado en el 2019- le apuntaron con un láser en la cabeza en un encuentro en la capital. Han denunciado que se temen algún tipo de boicot para suspender las elecciones del domingo.

El candidato es un poco difícil de llevar en estas circunstancias, cuentan a la prensa local sus asesores. Ya es alguien, de diario, a quien le gusta hacer las cosas a su modo, sin mucha consulta al sanedrín. Dicen que piensa mucho cada palabra que dice, que no tiene ni un gesto gratuito, que le gusta mirar Twitter para ver por sí mismo lo que escribe la gente, sin filtro. Le gusta la campaña, pese a su carácter tranquilo, pero no le hace mucha gracia que lo saquen a bailar, por mucho que le guste la música étnica.

Casado en terceras nupcias, padre de cinco hijos (dos chicos y tres chicas), hijos de sus tres parejas, adora el café (tinto), ver la tele en familia y darse vueltas a un mechón cuando piensa en las entrevistas. “Y la justicia social”, como le replicó a un periodista que se lo hizo ver.

Antes acababa los mítines diciendo “quiero ser presidente”, pero ahora lo ha cambiado por el “voy a ser presidente”. El domingo saldrá de dudas el país, que no él. “Estoy convencido”. ¿Mesianismo? No, “es que Colombia no puede más”.

Gustavo Petro