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04/02/2020 06:42 CET | Actualizado 04/02/2020 06:42 CET

Pues ustedes lo han querido

Los partidarios del Brexit miraron para un futuro que ya es pasado: los gloriosos tiempos del imperio, el poder omnímodo sobre las colonias…

NurPhoto via Getty Images
Dos personas que apoyan el Brexit. 

Al ver en las televisiones el sentido adiós del Parlamento Europeo al Reino Unido, como colofón del Brexit, y la lluvia torrencial de declaraciones sobre el asunto, me acordé de la respuesta de María Teresa Campos cuando le preguntaron su opinión por la tocata y fuga de su pareja ‘Bigote’ Edmundo Arrocet. “Que se vaya Edmundo no significa que se acabe el mundo”, dijo, y se quedó tan pancha. 

Sin duda la marcha de Reino Unido  es un episodio gravísimo en el proceso de construcción europea y de prevención de conflictos, incluidas las guerras que han atormentado durante siglos al Viejo Continente. Pero las secuelas del bye bye no son solo para el otro lado del canal, sino para el mismo Reino Unido, que, y no es un juego fácil de palabras, cada vez está más desunido, en todos los sentidos.

Al viejo conflicto ‘político’ separatista de Irlanda del Norte se le ha sumado el de Escocia. Aunque los independentistas escoceses perdieron el referéndum del 18 de septiembre de 2014, por 55,3% de noes frente a un 44.7% de síes, su mayoritaria voluntad pro-europea ha hecho aumentar el número, al menos en los sondeos, y la determinación de los que anteponen la pertenencia a la UE a la pertenencia a Reino Unido. 

Un buen amigo le contestó un día a un conocido más joven que le decía que aún podía emprender una aventura social  “porque tienes toda la vida por delante” que, en realidad, por su edad la tenía por detrás. Esa ‘vida’ sólo vivía en sus recuerdos y añoranzas, y en la experiencia que podría haber adquirido.

Los partidarios del Brexit miraron para un futuro que ya es pasado: los gloriosos tiempos del imperio, el poder omnímodo sobre las colonias, vivir de las rentas de vastos territorios… El ‘sí bwana’ dicho en distintas lenguas y dialectos. El mundo desde la II Guerra Mundial es otro diferente. La primera Gran Guerra necesitó una Segunda devastadora para enseñar que la paz europea dependía de la unidad. 

Esto siempre fue así, pero la economía completó las dudas de la teoría y la psicología. 

Aún humeantes y tiznadas las ciudades europeas, algunos visionarios captaron la receta: la medicina que prevendría nuevas guerras y conflictos en el escenario europeo tenía varios lados: una reconstrucción de Alemania totalmente diferente a la que se le impuso en Versalles tras la I Guerra Mundial; una unidad europea voluntaria que integrara a los dos enemigos irreconciliables hasta entonces, Francia y Alemania; y un mercado común que se fuera ampliando progresivamente con la sola condición del carácter democrático de sus miembros, y que hiciera innecesarias y obsoletas las guerras para ensanchar el ‘espacio vital’. 

Los partidarios del Brexit miraron para un futuro que ya es pasado: los gloriosos tiempos del imperio, el poder omnímodo sobre las colonias…

Ese mercado común, que poco a poco fue añadiendo la visión ‘federalizante’ a la económica, necesitaba sin embargo un complemento militar, que sirviera para dos usos: la defensa y la disuasión frente a agresiones exteriores, y la trasparencia militar para todos sus socios. El canciller de la RFA Helmut Schmidt reconocía  que una de las funciones de la integración de Alemania en la Alianza fue su vigilancia. Y a mayores, la de todos por todos.

La Organización de la Alianza del Atlántico Norte, OTAN (NATO en sus siglas en inglés) fue ese instrumento, complementado por la Unión Europea Occidental (UEO) cuyas funciones finalmente se fueron traspasando a la UE a través de su transferencia progresiva a la Política Exterior y Seguridad Común (PESC) y a la Política Europea de Seguridad y Defensa (PESD). Sin embargo, ahora podría cobrar un nuevo sentido tras el unilateralismo trumpista y del Partido Republicano estadounidense.   

En el ‘teatro europeo’, la Comunidad Económica Europea (CEE) luego Unión Europea (UE) fue la otra pata imprescindible. Precisamente, aunque no suela expresarse así, el aumento del poder y la influencia de Europa ha sido uno de los factores que han estado detrás de los palos en las ruedas puestos por Washington y los grandes oligopolios mundiales, muchos de ellos ‘destacados’ en la trinchera de la City.  

La aparición de Europa como nuevo protagonista, y no solo como actor (como diría Javier Solana) en el escenario internacional ha suscitado la ‘preocupación’ tanto de los EEUU (y los celos de algunos británicos) como de Rusia, el ‘interés’ de China, y la desconfianza competitiva de los emergentes.

FRANK AUGSTEIN via Getty Images
El primer ministro británico, Boris Johnson

El proyecto comunitario que es la UE se ha ido construyendo sobre todo gracias a una gran generosidad e inteligencia estratégica de las partes contratantes, y a una abdicación o relativización de principios que antes eran innegociables y hasta casus belli: las cesiones de parcelas de soberanía a Bruselas. El euro, que sustituyó a la mayor parte de las monedas nacionales (a la libra no); el Banco Central Europeo (BCE) que convirtió en franquicias a los nacionales; las directivas que prevalecían sobre la legislación interior; la voluntad mayoritaria de tener una estrategia común de política exterior, seguridad, defensa ( lo que le ha causado una incontenida ‘furia’ a Trump)…

Todo eso ha tenido a lo largo de la historia del proyecto fases de incomprensión y contestación: la de Gran Bretaña, cuna del euroescepticismo primero, y de la eurofobia que parió al Brexit después; y las de una gran parte de los países del desaparecido Pacto de Varsovia o estados de soberanía limitada según la doctrina Breznev, reacios por reflejo pavloviano a ceder soberanías. 

Este es el tic psicológico profundo que está detrás de los comportamientos ‘iliberales’ o del populismo autoritario de la extrema derecha polaca y húngara, pero no solamente. La infectación en Alemania también ha venido por los länder de la ex RDA.

En realidad, el Brexit se intuía desde antes de que el club admitiera a Londres; el General de Gaulle vetó dos veces la entrada del Reino Unido. Nunca confió en Londres. Como decía Lord Palmerston, primer ministro a mediados del XIX: “Inglaterra no tiene amigos ni enemigos permanentes sino intereses permanentes”. 

La aparición de Europa como nuevo protagonista en el escenario internacional ha suscitado la ‘preocupación’ tanto de los EEUU.

El problema es ese término “permanente”, sobre todo cuando los tiempos son tan líquidos. Ahí es donde Boris Johnson, y los que votaron sí al Brexit, se han equivocado con altísima probabilidad: su interés ‘permanente’ ya no es el de los años anteriores a la II Guerra Mundial, a la independencia de las colonias y a la aparición de la globalización. 

Sin duda la globalización es buena para los globalizadores y menos buena y hasta perjudicial para los globalizados; pero para afrontar los riesgos inevitables hay que estar dentro de una organización poderosa, como la UE, y no ridículamente ‘soberanos’ con tiara, coronas, vistosos armiños y dorados carruajes de caballos en una isla aislada, rodeada de ‘orcas’ por todas partes…incluso por arriba. 

Detrás de las buenas palabras y del tierno canto con la manos unidas de una canción popular escocesa del siglo XVIII, Auld lang sine, muy usada en la despedida de año en Nochevieja, funerales y otros actos solemnes, en el impresionante salón de plenos del Parlamento Europeo en Estrasburgo, hay algunas realidades más materiales, también reflejadas en un proverbio: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Hace tiempo que empresas y organizaciones de todo tipo, industriales o financieras, se aprestan a sustituir a las británicas en el mercado europeo y su área de influencia. El espacio que un país (o una región) deja libre, siempre lo ocupan otros.

Sustituir el europeísmo (más de 400 millones de consumidores) por acuerdos con EEUU no es un negocio ni bueno ni seguro, pues... ¿quién en su sano juicio puede fiarse de la América trumpista?

Ahora la UE ha de dedicarse con intensidad a convencer a los euroescépticos en general, porque siempre hay quien no se quiere enterar de que los Reyes Magos son los padres, de que fuera hace mucho frío, y a los del Este en particular de que, de cualquier forma, y como la geografía es el único factor inmutable de la historia, como dijo el canciller Bismark (o el rey Hassan II), la frontera rusa sigue donde siempre. Oído, cocina.

Esta reflexión es vital; hay que volver a escuchar a los ciudadanos, no, o no siempre, a los mercaderes. Y a ello, con políticas que vuelvan a ilusionar y beneficien de verdad a los ciudadanos, como las que fueron creando el Estado de bienestar, hay que dedicarse con urgencia, antes de que se enraíce imparable el ‘estado de malestar’. Y sea la palanca para el retorno destructor de desgarradores nacionalismos y populismos.