Qué es el espacio postsoviético y por qué Putin también tiene puesto el ojo sobre la zona

Ucrania es un paso más en su empeño de recuperar la grandeza de Rusia, perdida tras la desintegración de la URSS. Su afán de influencia, si no de control directo, lleva años generando conflicto en la zona.
El presidente ruso Boris Yeltsin, con el ucraniano Leonid Kravchuk, y el bielorruso Stanislav Shushkevich, firmando en 1991 el Tratado de Belavezha, que puso fin de la URSS, en Viskuli (Bielorrusia).
El presidente ruso Boris Yeltsin, con el ucraniano Leonid Kravchuk, y el bielorruso Stanislav Shushkevich, firmando en 1991 el Tratado de Belavezha, que puso fin de la URSS, en Viskuli (Bielorrusia).
via Associated Press

Invadir Ucrania forma parte del último plan de Vladimir Putin para volver a dominar la vieja zona de influencia soviética, la que el Kremlin controlaba como un solo territorio hasta 1991. Es un anhelo al que el presidente ruso lleva años dándole vueltas, avivado recientemente, agudizado por el sentimiento de que se le va de las manos, con un mayor acercamiento a la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN de los países que ahora son soberanos y un día desfilaron al paso que marcaba Moscú.

Existen claros antecedentes en otras latitudes de lo que está sucediendo ahora en suelo ucraniano. Desde la ocupación de Trasnistria, en Moldavia, a la guerra de Georgia y la creación de repúblicas satélites en Abjasia y Osetia del Sur, pasando por el apoyo a Armenia en el conflicto del Nagorno Karabaj contra Azerbayán. Hasta ahora, en esa línea se enmarcaban la anexión de suelo ucraniano -Crimea- y el apoyo a las repúblicas autoproclamadas en el Donbás -Donetsk y Lugansk-, con cuyo reconocimiento comenzó todo hace poco más de dos semanas.

Sobre el resto del espacio postsoviético, hay dudas y certezas. La duda es qué querrá hacer con estos países el mandatario, ahora que ha cruzado las líneas rojas de Ucrania y ha ido a por todas. La certeza es que no las va a dejar en paz, porque quiere que le permitan tener un cinturón extenso de seguridad ante el crecimiento de la Alianza Atlántica, que sigan siendo leales, que le rindan.

¿Pero qué es es eso de “espacio postsoviético”?

En 1922, nació la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Inicialmente la conformaron cuatro estados, pero la alianza fue creciendo hasta los 15 miembros que tenía ya en 1956. Son los que siguen: Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Estonia, Georgia, Kazajistán, Kirguistán, Letonia, Lituania, Moldavia, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán.

En 1991, con la descomposición de la URSS, estos países se fueron independizando, tomando en apariencia la forma de estados plenamente soberanos. A ellos se suman cuatro estados autodeclarados y no reconocidos, como Abjasia, Artsaj, Osetia del Sur y Transnistria.

En muchos de estos países, la etiqueta de postsoviético se había borrado casi por completo. Al menos, había perdido el sentido de aquellos años. Cada estado estaba siguiendo su propio camino, haciendo sus apuestas y alianzas, buscando su estabilidad a su manera, por más que Rusia siguiera insistiendo en su cercanía con ellos y en mantener relaciones fluidas.

Sin embargo, el enfoque de Rusia hacia su periferia geográfica ha experimentado cambios importantes recientemente. Putin hasta ha dedicado ensayos a reivindicar la hermandad con estos pueblos, sus orígenes similares, y sus medios afines machacan con discursos sobre lo mal que se trata a los ciudadanos de origen ruso -en ocasiones, con presencias nada desdeñables, de hasta el 40% del censo- y la necesidad de apoyarlos.

Lo que busca Putin

La investigadora belga Jonne Vanhamme, que lleva años analizando la propaganda rusa, sostiene que “Putin está buscando replicar un modelo similar en extensión al de la URSS pero diferente en la forma de gestión”. “Rusia quiere ser la potencia principal, con influencia y eco en todas las demás, marcando agenda y apuestas, para proteger sus intereses. No se puede, por tanto, hablar de aires de locura y estrategia de zar. Putin sabe lo que hace y lo que quiere es control en su patio trasero y líderes que no se le desmanden hacia el oeste”, añade.

Habla del concepto de “soberanía limitada”, acuñado por Leonid Brézhnev, expresidente de la URSS, que a principio de los años 80 del pasado siglo defendía que la hegemonía del Kremlin debía llegar a todo lo que él entendía que era el ámbito natural e histórico de las demás repúblicas. “Hay mucho eco de esa filosofía en el discurso con el que Putin dio la orden de comenzar la operación especial, como la llama, sobre Ucrania. Y es muy sencillo: somos familia, tenemos que estar unidos, servirnos unos a otros -aunque unos más a otros que otros a uno- y afrontar los riesgos de quien cree adversarios, como la OTAN o EEUU”, indica. Recuerda que no duda en llamar “nazis” a los gobernantes ucranianos, aludiendo a sentimientos comunes muy hondos de las poblaciones exsoviéticas.

Carmen Claudín, investigadora sénior asociada del CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs), ​​ratifica que “está clarísimo que la Rusia de Putin echa de menos las fronteras soviéticas y el nivel casi total de influencia que tenía la URSS sobre esas repúblicas, que entonces eran parte y, al desaparecer aquel sistema, se convierten en estados independientes y, formalmente al menos, soberanos”. “Putin quiere que su poder sea cuanto mayor, mejor, le gustaría dominar su antigua área de influencia, sobre todo en las naciones fronterizas con UE y cercanas a la OTAN, porque eso le daba una seguridad adicional. Desea recobrarla”, señala.

La crisis de Ucrania ha demostrado, por primera vez desde el final de la Guerra Fría, la disposición de Rusia a utilizar la fuerza militar para evitar una mayor expansión de la Alianza occidental en el antiguo territorio soviético. En eso las expertas coinciden en que estamos ante una novedad por su gravedad y sus riesgos.

Lo que hace habitualmente en los otros países que quiere controlar es variado: desde bloqueos económicos o sanciones a campañas de desinformación y manipulación de grupos opositores (una batería de posibilidades de lo que se llama guerra híbrida), pasando por opciones militares (apoyo a rebeldes o independentistas que ya tienen en marcha conflictos internos) y movimientos amenazantes (como la concentración de tropas cerca de la frontera, lo que se estaba viendo en Ucrania meses antes de la ofensiva), y hasta anexiones (Crimea es el mejor ejemplo).

Esa es la parte intimidatoria, pero está la más sutil, la buena, que sobre todo se centra en promover negocios conjuntos. Como ejemplo, con el impulso a la Unión Económica Euroasiática en 2021, cuando el mundo estaba perdido por la pandemia de coronavirus y Putin se propuso integrar la región con el dinero como base.

Ahora, dice la investigadora, “la sensación de Putin es de que iba lento, que estaba perdiendo tiempo, y por eso tenía que ir más allá, porque el viraje a Occidente era rápido”. El presidente ruso ya había puesto sobre la mesa sus quejas por la apertura de la OTAN al este con su política de puertas abiertas, que entiende como amenazante. En la Conferencia de seguridad de Munich de 2007 ya dejó claro lo que pensaba, que no se iba “a conformar” con ser un segundón. “Es una respuesta defensiva y, también, ante la opinión pública ante la que va perdiendo popularidad interna”, ahonda.

La meta es conseguir que no haya un acercamiento a la Alianza Atlántica por parte de estos países -en cola están Ucrania y Georgia- y firmar una especie de nuevo acuerdo de Yalta, el histórico acuerdo logrado en 1945 entre la URSS, EEUU y Reino Unido para reconstruir geopolíticamente el mundo de la postguerra y que suponía un reparto en zonas de influencia.

Un empeño que arrastra además un sentimiento de maltrato mal digerido por los dirigentes rusos y, defienden ellos, tampoco por parte de su pueblo: la caída de la URSS en el 91 tuvo trampas de Occidente, se la jugaron a Yeltsin, no se hicieron las disoluciones como se había hablado, hay que cambiar las tornas. Putin lleva trabajando en ello a pico y pala muchos años. Ahora, con más empeño, porque su tiempo en el poder se acorta, por más que haya cambiado las leyes para estar hasta más de los 80 años. Y porque, denuncia, se acrecientan los supuestos ataques a ls rusos

“Ese es uno de los argumentos -dice Claudín- que permite aplicar esta lógica, su derecho legítimo, apelan siempre a supuestas amenazas en contra de las minorías rusas allá donde se encuentran, y están en todo el espacio. Es una palanca que siempre tiene a disposición el Kremlin, esa sensación de abandono, de ser casi apátridas, que llevan al extremo y genera empatía”.

Las estrategias: disuasión, integración y choque interno

Rusia ha aparecido siempre, de alguna manera, en las grandes crisis recientes que ha tenido el entorno postsoviético: la violencia revivida en Nagorno Karabaj, las protestas en Kazajistán, la crisis de refugiados entre Bielorrusia y Polonia son sólo algunos ejemplos. Varían los métodos y la profundidad.

Ucrania, a cuyo pueblo llama “hermano” y cuyo nacimiento como país fue en paralelo al de la URSS, es especial en su fijación de la nueva grandeza y por eso -si es que alguien es capaz de entender qué le pasa a Putin por la cabeza- se ha ido hasta la guerra. El país que comanda Volodimir Zelenski está en la primera línea de esa crisis de seguridad, y por ahí debe empezar su nueva arquitectura de dos pilares basada en un acuerdo entre Rusia y Estados Unidos. Dos polos, de nuevo.

También ahí debe dar el puñetazo sobre la mesa en su mensaje de que la Rusia histórica vuelve por sus fueros. La estrategia es arriesgada, la invasión no está siendo tan rápida como se esperaba y las sanciones se acumula, pero no hay visos de que la contienda acabe pronto. Nadie sabe, con todo caliente, si ese mismo modelo podría repetirse en otros estados, con el coste de todo tipo que conlleva.

Un escenario que le gusta para la propia Ucrania y que no descarta para otros países exsoviéticos es el actual de Bielorrusia, donde gobierna el último dictador de Europa, Alexander Lukashenko. Agosto de 2020 fue un punto de inflexión en la política exterior de Bielorrusia: la represión contra los manifestantes que acusaron al mandatario de manipular las elecciones presidenciales provocó que los países occidentales se negaran a reconocerlo como presidente legítimo. Luego han llegado en cascada las sanciones y condenas internacionales y el apoyo y premio a los grupos opositores.

Con las relaciones con Bruselas y Washington ahora congeladas, Lukashenko ha tenido que abandonar su política exterior de múltiples puntos y, en cambio, depender en gran medida del apoyo y la asistencia de Rusia. Siempre fue un mandatario de su órbita, dependiente de sus recursos y comercio, pero también se había ido alejando últimamente, porque el dictador es impredecible, volcánico, y se buscaba un relevo más tranquilo. Esta crisis interna cambió las cosas y Minsk es otra vez lacayo de Putin, a la orden.

Moscú se aprovecha del acercamiento forzoso, aunque siga el mismo presidente, y usa a Bielorrusia para sus intereses: por ejemplo, echarle encima a Europa a refugiados que vienen de Irak, Afganistán o Siria. Con Ucrania se ha visto claro: ha concentrado tropas alegando maniobras coordinadas con Lukashenko hasta que ha lanzado desde allí una de las peores ofensivas terrestres que hoy soporta Ucrania. Minsk se ofrece a mediar y Kiev, normal, se quejaba de que no era neutral. Hay analistas que sostienen que, si Rusia gana esta guerra, dejará de ser invasor para poner un Ejecutivo amigo en Ucrania, siguiendo el modelo bielorruso.

Vladimir Putin y Alexander Lukashenko, el pasado 29 de diciembre, en un descanso del partido de hockey que disputaron en Strelna, Rusia.
Vladimir Putin y Alexander Lukashenko, el pasado 29 de diciembre, en un descanso del partido de hockey que disputaron en Strelna, Rusia.
via Associated Press

También cercana en el tiempo es la estrategia usada en Armenia, con el conflicto de Nagorno-Karabaj, en 2020. Revivió esta vieja guerra, tras 26 años congelada y a la que había puesto fin, precisamente, un alto el fuego mandado por Moscú. Al no poder evitar una nueva guerra, Putin se encontró en una posición incómoda entre su aliado formal, Armenia, y su valioso socio, Azerbaiyán. Logró mantenerse al margen de la refriega, pero tuvo que presenciar la derrota de su aliado y el hundimiento de su prestigio. Igualmente malo fue el hecho de que la victoria de Bakú fue posible gracias a la estrecha alianza de Azerbaiyán con Turquía, el rival histórico de Rusia en la región.

Pese a todo, Moscú pudo limitar el daño a su posición internacional. Logró detener la lucha después de que la victoria azerí quedó clara, pero antes de que los armenios fueran completamente expulsados del enclave. Putin negoció un nuevo acuerdo con las partes en conflicto, que sigue vigente un año largo después, y mantuvo su posición como único mediador, o lo que es lo mismo, su influencia, su necesidad de estar presente. También y, por primera vez, envió una fuerza de mantenimiento de la paz a Karabaj. Moscú también ha aumentado significativamente su influencia sobre el gobierno armenio, cuya política exterior de múltiples vectores también ha tenido que desarrollar un acento ruso. Las tropas rusas ahora están protegiendo esencialmente lo que queda del enclave armenio dentro del territorio de Azerbaiyán.

A efectos de tomar nota en la región, la crisis de Nagorno-Karabaj reveló que Rusia pondrá su interés nacional por encima de las emociones, ya sea con respecto a su aliada Armenia o a su antiguo rival y nuevo socio Turquía, así como su capacidad para mantener el equilibrio en las situaciones más intrincadas, y su disposición a utilizar la fuerza militar con fines de mantenimiento de la paz.

También hay ejemplos de injerencia reciente en Kazajistán, donde en enero de este mismo año las protestas sociales iniciadas por los precios del combustible y luego extendidas y generalizadas cuajaron en disturbios violentos en un país con el que Rusia comparte una frontera de 7.500 kilómetros, en su mayoría desprotegida. La dura estepa. El país estaba sumido en el caos y Moscú, pese a la sorpresa, no tardó en reaccionar: activó la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), un acuerdo de seguridad firmado entre seis estados exsoviéticos. Por primera vez desde su fundación en 1999, la OTSC dirigida por Rusia montó una operación de mantenimiento de la paz que llevó al envío de 2.500 soldados.

Ojiplático quedó Occidente con la incursión militar y con su rapidez, tanto por la toma de decisiones como por el despliegue, en un ejemplo de poderío que tiene eco en toda la zona que pretende ser de su influencia. También, todo sea dicho, porque en dos semanas se retiró todo el dispositivo con la misión cumplida y la riada controlada, al menos esta vez. Como resultado, Rusia no sólo eliminó una amenaza para la estabilidad de Kazajistán -aunque el descontento sea grande y amenace con estallar en otro momento-, sino que también fortaleció su influencia allí.

Hasta ahora, Moscú ha logrado proteger y promover su seguridad y sus intereses geopolíticos con medios relativamente limitados, a base de presión e influencia, pero la tarea de reconstruir esa Rusia líder, gran potencia mundial, indiscutible pese a los años de capa caída, necesita a ojos de Putin de más mano dura o de más cesiones por parte de Occidente. Una cosa, la otra o combinadas, pero para lo que no hay sitio es para la inacción. Su meta está clara. Tiene que ponerle precio.

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