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19/12/2015 09:46 CET | Actualizado 19/12/2016 11:12 CET

Las claves de la semana: cuando Rivera se gripó y Rajoy perdió algo más que las gafas

Lo único seguro es que ustedes probablemente se irán a dormir el domingo por la noche sin saber el color del próximo gobierno porque ganar esta vez no es sinónimo de gobernar. Vayan haciendo sus apuestas. ¿Un Ejecutivo del PP con la abstención de Ciudadanos -si nos creemos la palabra de Rivera, el sí está descartado-? ¿Una alianza de las izquierdas? ¿Una gran coalición? ¿Una situación de ingobernabilidad que nos arrastre a nuevas elecciones? Todo cabe.

Foto: EFE

¿Debate? ¿Qué debate? ¿Quién se acuerda ya de un espectáculo tan poco edificante? El tiempo todo lo mata, y el ritmo de las campañas todo lo entierra. Así que salvo los del PP para lamentarse de la indolencia de su candidato y los del PSOE para recordar que subió la autoestima del suyo, el resto de los mortales ya ha pasado página de aquella escena: la del enésimo capítulo del bipartidismo en acción en la peor acción del bipartidismo; la del barro de la política; la del "y tú más" en que se enredaron los de la "vieja política" para regocijo de los emergentes.

Claro que todo, como siempre, depende del cristal con que se mire. Porque en el segundo izquierda del 28 del Paseo de Rosales, donde el PSOE tiene instalado el cuartel general de su Comité Electoral, el martes no había lugar más que para la autocomplacencia, después del golpe que Pedro Sánchez propinó a Mariano Rajoy ante casi diez millones de espectadores. No tanto por aquello de "usted no es un presidente decente" como por la moral insuflada en la hasta entonces alicaída tropa socialista tras asistir en directo a un combate del que el candidato del PP salió derrumbado.

Una humillante cuarta posición en Madrid

Foto: EFE

De los votos que pudo movilizar o no aquél cara a cara color sepia, mejor no hablemos porque esta es la campaña más rara y más incierta de todas las vividas en democracia, y nadie sabe con certeza lo que pueden arrojar las urnas mañana, salvo que se pregunte, claro, por las posibilidades en Madrid de los socialistas. Ahí la respuesta es unívoca: hundimiento sin paliativos y gravísimos daños colaterales si se confirma la humillante cuarta posición que predicen los sondeos y la pérdida de la mitad de los diputados. La histórica obsesión de todas las direcciones federales del PSOE por meter cuchara en el PSM es para un tratado de psiquiatría, además de para una investigación sobre cómo suicidarse en política.

En todo caso, el Comité Electoral de Sánchez dice llegar al sprint final satisfecho de haber logrado los tres objetivos que se marcó en esta campaña: movilización del partido, divulgación del programa y concienciación del electorado de la importancia del voto útil en favor de su marca para echar al PP del Gobierno. Todo esto además de felicitarse por arrinconar a Ciudadanos en la derecha e instalar en los electores que votar a Rivera es votar a Rajoy y de atribuirse el mérito de que la formación naranja haya descendido del segundo al cuarto puesto.

Podemos como factor divisor de la izquierda

Pero tanto empeño pusieron los socialistas en parar la crecida de Ciudadanos, que se olvidaron de Podemos. Aunque en Ferraz creen que los de Pablo Iglesias llevan tatuada en la frente su condición de minoritarios y de factor divisor de la izquierda, lo cierto es que los herederos del 15-M llegan a las elecciones habiendo recuperado el terreno perdido tras la autonómicas catalanas, y en condiciones de arrebatar el segundo puesto al PSOE. Así que la alegría de principios de semana viró en preocupación profunda con la llegada de los últimos tracking. Ya no se trata de perder, sino de perderlo todo para convertirse en un partido socialdemócrata del 25 por ciento como tantos otros en Europa, y aspirar sólo a gobiernos de coalición como tantos en Europa.

Sánchez espera un extraño golpe del destino

La suerte en está echada y la campaña lista para sentencia. Así que es probable que cuando ustedes lean este post no se acuerden ya ni del debate que ocupó el martes todas las portadas de los diarios ni del puñetazo que un demente propinó a Rajoy en Pontevedra ni del mal tono en el que el presidente respondió en la Cadena Ser a Pepa Bueno cuando le interpeló por el comisionista Pedro Gómez de la Serna. Con la airada respuesta a la conductora del HoyxHoy, el candidato del PP demostró que en esta campaña ha pedido algo más que las lentes.

Si a esta recta final Rivera llega gripado, Iglesias reforzado y Sánchez deseoso de que un extraño golpe del destino le libere de hacer las maletas, Rajoy teme que los pactos postelectorales le saquen de La Moncloa. Porque pulverizado el tiempo de las mayorías absolutas, el único interés de estas elecciones gira en torno a las posibles alianzas.

Ganar ya no significa gobernar

Foto: EFE

Por lo dicho en campaña y por la tendencia, es difícil saber la senda por la que transitará cada partido. Si Rivera ha afirmado una cosa y la contraria en 15 días, Rajoy ha pasado de verse investido con los votos de Ciudadanos a temer que el descenso de Rivera le sitúe fuera de juego. De ahí su ocurrencia luego desmentida de una "gran coalición" con el PSOE para evitar un escenario a la "portuguesa" en el que el partido más votado no sea el que gobierne.

Todo es posible, aunque nada se sabe. Lo único seguro es que ustedes probablemente se irán a dormir el domingo por la noche sin saber el color del próximo Gobierno, porque ganar esta vez no es sinónimo de gobernar por más que el PP invoque la legitimidad de la lista más votada. Esta es ya otra España, la que han querido los españoles y a la que los partidos tendrán que acostumbrarse. Hasta entonces, entre villancico y villancico, vayan haciendo sus apuestas. ¿Un Ejecutivo del PP con la abstención de Ciudadanos -si nos creemos la palabra de Rivera, el sí está descartado-? ¿Una alianza de las izquierdas? ¿Una gran coalición? ¿Una situación de ingobernabilidad que nos arrastre a nuevas elecciones? Todo cabe.

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