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23/05/2018 07:26 CEST | Actualizado 23/05/2018 07:27 CEST

Adoctrinar

EFE

Este artículo está disponible también en catalán

Cuando iba al colegio, hace ya muchos años, sin duda nos adoctrinaban. Tuve la suerte de ir a un parvulario y una escuela donde no nos hacían formar en el patio antes de entrar en clase cuando izaban la bandera, tampoco, por tanto, nos hacían escuchar el himno nacional (por cierto, aunque no en catalán, a pesar de todos los adoctrinamientos, tenía letra).

Teníamos dos materias adoctrinadoras. La doctrina por excelencia, es decir, la religión católica y el obispado mangoneaba a placer respecto quién, cómo y dónde debía impartir este adoctrinamiento y otra asignatura que se llamaba Formación del espíritu nacional donde el gobierno franquista también intervenía a su gusto en la ideología y capacitación del profesorado, que me parece que tenía que ser obligatoriamente falangista.

Ligado a esto y a la triste época que nos tocó vivir, en muchas escuelas se iba a misa cada viernes y era obligatorio confesarse con todo lo que ello supone.

La Formación del espíritu nacional incluía, además de adoctrinamiento político (muy abstruso, todavía me da vueltas la cabeza si pienso en «la unidad de destino en lo universal»), rudimentos para enseñarnos a ser esposas y madres sacrificadas y cómo tienen que ser, y a coser unos ignominiosos trapitos. Estas nociones han tenido efectos colaterales; por ejemplo, han contribuido a una comprensión bastante aguzada de las doctrinas de Jean-Jacques Rousseau.

¿Cómo no comentar aunque estés dando lengua que se ha muerto la poeta Maria-Mercè Marçal?, ¿o aunque estés dando literatura, que Nelson Mandela o Aung San Suu Kyi han salido de la cárcel?

De vez en cuando el dictador venía a Barcelona y te obligaban a ir al desfile. Obligación que, a pesar de la alegría que implicaba perderte clases, más bien conseguía lo contrario de lo que se proponía.

Incluso en aquella edad de plomo, cada maestra, cada profesora, los pocos profesores que tuve, daban pistas, conscientemente o no, para que, además de aprender la asignatura concreta, pudieras aprender a pensar por tu cuenta, tanto cuando impartían materia como cuando esporádicamente comentaban algún hecho de la realidad. A pesar de ser una edad de plomo, no eran nada uniformes.

El adoctrinamiento eran las dos materias. El venerable anciano que en clase de francés nos hacía cantar La Marsellesa (¡gesticulando!) no conseguía que lo fuera: lo veíamos como un desmedido amor a Francia y un gesto estrafalario y cómico de vejestorio.

Luego trabajé años y años en muchos y diferentes institutos. En cada claustro hay gente de derechas y de izquierdas, buena y mala, independentista o no, educada y maleducada, que hace bien su trabajo o que lo hace mal, y que en clase, además de impartir la materia, comenta, más o menos, hechos cotidianos y otras realidades. ¿Cómo no comentar aunque estés dando lengua que se ha muerto la poeta Maria-Mercè Marçal?, ¿o aunque estés dando literatura, que Nelson Mandela o Aung San Suu Kyi han salido de la cárcel? (Y habitualmente, vistas las reacciones, reflexionar después que el desconocimiento sobre Marçal, Mandela o Aung San Suu Kyi es culpa nuestra: ¿cómo podía ser que nadie les hubiera explicado nada al respecto?). Por tanto, hacer un comentario sobre el 1 de octubre o de otros hechos políticos debería entrar dentro de la normalidad; las chicas y los chicos tendrán tantas versiones como maestros y profesoras tengan.

Judicializar la enseñanza como se ha hecho con la política sólo puede llevar al miedo, a la parálisis y la impotencia

El alumnado, que suele ser muy listo (sólo hay que ver con qué tino se pasan fidedignísima información vía radio macuto al cambiar de curso sobre de qué pie calza cada profesor, cada maestra), se maneja perfectamente con esta diversidad (me atrevería a decir incluso con sus manías) y piensa, siente, adquiere criterio propio y se decanta por lo que le parece mejor o más le conviene de lo que una fauna humana tan diversa le ofrece voluntaria o involuntariamente. Me preocupa mucho más el acoso sexual, es una vergüenza que no se le dediquen más y más recursos.

Imaginemos que un nieto mío estudia en Madrid y un profesor dice en clase que está muy bien que los políticos (y políticas, aunque no las mencione) estén en prisión, que muchos más deberían estar en ella.

¿Se puede considerar adoctrinamiento? Diría que no. Diría que el profesor muestra su ideología y si su madre no está de acuerdo así lo hará saber al profesor y a la escuela para tratar de solucionarlo. Como seguro que en casa hablarán con el niño, le abrirán el abanico de opiniones y posiciones sobre la bondad o la maldad de encarcelar a estas y estos políticos.

Sí, pienso que denunciarlo por lo civil o por lo penal es un disparate. Las escuelas, los institutos, cada claustro, cada seminario, tienen recursos para intentar reconducir estas situaciones. Y si no tienen éxito, todavía existe la instancia de las inspecciones educativas a las que hay que exigir que busquen y encuentren soluciones.

Judicializar la enseñanza como se ha hecho con la política sólo puede llevar al miedo, a la parálisis y la impotencia. Es un dejación o desistimiento de las responsabilidades educativas, y quizás de las familiares.

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