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23/06/2013 09:59 CEST | Actualizado 22/08/2013 11:12 CEST

Noticia: los reyes magos son los padres

Que nadie se llame a engaño: vivimos desde hace años en una sociedad controlada y todos lo sabemos. El reto está en cómo delimitar el control de la red de comunicaciones sin fronteras que nos envuelve, del uso que se realiza de la información que desde hace años se almacena sobre nosotros.

La noticia ha caído como una bomba: estamos siendo vigilados, leen nuestros correos electrónicos, escuchan nuestras conversaciones. Esas amables multinacionales de bonito y coloridos logos a las que hemos confiado nuestros pensamientos, nuestros anhelos, las fotos de nuestros niños, el número de nuestra tarjeta de crédito, nos han traicionado y entregan la información a las agencias de inteligencia. Y lo peor no es eso: el que ha autorizado esta intromisión, este registro de nuestro cesto de la ropa sucia es Barack H. Obama, uno de los pocos santos laicos que nos quedaban. La prensa se escandaliza, los usuarios se rasgan las vestiduras y Julian Assange organiza fiestas en la embajada de Ecuador. Por otro lado, la CIA y sus múltiples subcontratas persiguen por tierra, mar y aire a Edward Snowden, responsable de la filtración, al que acusan de haber puesto en peligro una operación que ha evitado más de cincuenta atentados.

Mientras, yo no puedo evitar observar boquiabierto el espectáculo. Parece que los habitantes de este planeta creíamos que vivíamos en un mundo idílico basado en la confianza y el amor universal y de repente nos hemos caído de un guindo: ¡Nos espían! ¡Cómo es posible! Nos sentimos como cuando el típico listillo nos desvelaba en el patio del colegio el gran secreto tantos años guardado: "Los reyes magos son los padres". Negábamos, nos indignábamos, aportábamos pruebas irrefutables de lo contrario, como que los camellos se habían comido la hierba y bebido el cuenco de leche que les habíamos preparado. Hasta que llegaban las pruebas irrefutables.

Era nuestra primera crisis de fe, traicionados por nuestros progenitores, los que siempre decían la verdad, los que castigaban cuando metíamos. El problema es que ya deberíamos haber madurado desde entonces. Todos somos conscientes de cómo las empresas de internet utilizan nuestro historial de búsquedas y las palabras que empleamos en nuestros mensajes para adecuar su publicidad a nuestros presuntos intereses. También hemos visto centenares de películas donde los buenos espían cibernéticamente a la población para cazar a los malos. Y estos archi malvados han visto más o menos las mismas películas y son igualmente conscientes de los métodos utilizados contra ellos.

Así que nadie se puede llamar a engaño: vivimos desde hace años en una sociedad controlada y todos lo sabemos. El reto está en cómo delimitar el control de la red de comunicaciones sin fronteras que nos envuelve, del uso que se realiza de la información que desde hace años se almacena sobre nosotros. Pero, sobre todo, de la cantidad de información que nosotros mismos queremos hacer disponible. Y desde que existen las redes sociales parece que nos empeñamos en desnudar cada uno de nuestros pensamientos a una audiencia de miles de personas. Los reyes magos solo tienen que elegir la que les parece más relevante.

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