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Para malos humos, los de Trump: desregular los gases efecto invernadero y otras tropelías medioambientales

Para malos humos, los de Trump: desregular los gases efecto invernadero y otras tropelías medioambientales 

Desmontar la regulación de los gases de efecto invernadero es la última medida, que se suma a otras como recuperar las pajitas de plástico, prohibir las bombillas LED y no construir más molinos de viento.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos.Getty Images

Donald Trump sigue desatado. Pico y pala. Contra todo y contra todos. Como si cada jornada necesitara un nuevo frente abierto, un titular que incendie la conversación pública y reafirme su papel de antagonista de la película. Esta vez ha decidido dar otra vuelta de tuerca a sus conocidas políticas antiverdes al firmar la derogación de la base regulatoria que, desde 2009, permitía al Gobierno federal limitar las emisiones de gases de efecto invernadero por considerarlas un peligro para la salud pública.

Ha sido solo una firma. Pero que implica muchas, tal vez, demasiadas cosas. Es un giro de fondo. Aquella base jurídica, aprobada durante la Administración de Barack Obama en 2009, establecía que el dióxido de carbono y otros gases contaminantes contribuían al cambio climático y, por tanto, podían ser regulados.

Menos normas: más contaminación y enfermedades

Durante más de quince años fue el pilar legal que sostuvo normas sobre vehículos, centrales eléctricas e industria pesada. Permitió fijar límites y obligar a las empresas a adaptarse a un horizonte en el que la salud pública estaba por encima del beneficio inmediato. Las personas sobre la economía. Ahora, Trump lo ha desmontado.

La decisión no es solo simbólica. De esta forma, se debilita la capacidad del Gobierno para imponer límites estrictos y se envía un mensaje claro, conciso y contundente: la lucha contra el cambio climático deja de ser una prioridad institucional. Así lo ve Trump, está claro.

“Es una estafa”, ha dicho el presidente, según recogió AP News, en referencia al consenso científico sobre el calentamiento global. Una afirmación que choca directamente con décadas de investigación y con los propios informes federales que vinculan el aumento de temperaturas con más enfermedades respiratorias, más golpes de calor y más mortalidad asociada a fenómenos extremos.

Porque aquí no se habla solo de osos polares o de glaciares lejanos. Es una cuestión de salud pública. De niños con asma en ciudades contaminadas. De ancianos que no superan una ola de calor. De trabajadores expuestos a temperaturas cada vez más extremas. Desregular las emisiones implica, en términos prácticos, menos control federal sobre la contaminación climática. 

Trump defiende que estas decisiones reducen costes, alivian la carga regulatoria y fortalecen a la industria estadounidense, en especial a la del automóvil, frente a competidores del sector como China. El argumento es conocido: menos normas, más competitividad. En su narrativa, las exigencias ambientales son una pesada carga que frena el crecimiento.

Sin embargo, sus críticos sostienen que el precio de esa desregulación no se mide solo en dólares, sino en calidad de vida. Más emisiones significa más contaminación atmosférica. Más contaminación implica más ingresos hospitalarios y también, más presión sobre unos sistemas sanitarios ya excesivamente tensionados. Y, en paralelo, un clima que se vuelve más imprevisible, con sequías más largas, incendios más intensos y tormentas más devastadoras.

"Es como decir que la Tierra es plana"

“Es inconcebible que la administración esté revocando el hallazgo de este peligro; es como insistir en que la Tierra es plana o negar que la gravedad existe”, ha señalado el doctor Howard Frumkin, médico y profesor de salud pública de la Universidad de Washington. Su comparación no es gratuita: apunta a la brecha entre evidencia científica y decisión política.

Y esa brecha no es nueva. Desde su llegada a la Casa Blanca, Trump ha mostrado una relación tensa con la agenda ambiental. Durante su primer mandato retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París y desmanteló numerosas regulaciones. En este segundo ciclo político ha redoblado la apuesta. Quiere dar un paso más. Dejar su sello, su impronta, su legado.

La eólica marina, por ejemplo, se ha convertido en uno de sus blancos preferidos. La ha descrito como una industria impulsada por “malvados perdedores que destruyen el paisaje y matan aves”, prometiendo frenar la expansión de los molinos de viento.

Su batalla contra las bombillas LED también forma parte de esto. Las ha ridiculizado en mítines y entrevistas, asegurando que la luz que emiten le hace parecer “naranja”.

Algo similar ocurre con su defensa de las pajitas de plástico. Hace más de un año firmó un decreto que puso fin a determinadas prohibiciones para favorecer su uso frente a las de papel, argumentando que estas últimas “se rompen” o “explotan”. En uno de sus comentarios más polémicos, llegó a minimizar el impacto del plástico en el ecosistema marino, restándole importancia a la contaminación. "No creo que los plásticos afecten mucho a los tiburones mientras comen, mientras se abren paso a mordiscos por el océano".

El patrón es claro. No se trata de decisiones aisladas o de excentricidades retóricas. Es su visión del planeta. Una visión en la que la sostenibilidad aparece subordinada a la idea de crecimiento económico sin trabas, y en la que la ciencia se convierte, a menudo, en un adversario.

El pulso no es solo ideológico; es estructural. Marca el rumbo ambiental de la primera economía del planeta y, por extensión, influye en el tablero global. O estás conmigo o estás contra mí. No hay grises. Estados Unidos no es un actor menor en la lucha contra el cambio climático. Sus decisiones lo condicionan todo, o casi todo.

Además, la derogación de esta base regulatoria, su última medida, no cierra el debate, ni mucho menos. Lo desplaza. Es previsible que se abran frentes judiciales, que estados con políticas más ambiciosas intenten mantener sus propios estándares y que organizaciones ambientales recurran la medida. La cuestión acabará, probablemente, en tribunales federales. Pero mientras tanto, el mensaje político ya está lanzado.

Trump ha dejado claro que no considera el planeta una prioridad. Tampoco parece preocupado por la opinión mayoritaria de la comunidad científica. Dispara, como decíamos, contra todos, sin miedo ni pudor. Va contra los expertos, contra la ciencia o contra quien ponga en duda su plan.

El cambio climático no se detiene

El problema es que el cambio climático no espera- ni se detiene- a que se resuelvan las disputas ideológicas. Avanza con independencia del color político de la Casa Blanca o de cualquier país del mundo. Y sus consecuencias no distinguen entre votantes republicanos o demócratas. Sus decisiones cambian el mundo. 

Ante este tablero de juego, conviene recordar que cada norma eliminada requiere tiempo y voluntad política para restablecerse. Cada retraso en la reducción de emisiones implica un esfuerzo mayor en el futuro.

Trump sigue golpeando. Con decisión, con ruido, con titulares. La cuestión de fondo es si ese ritmo frenético de decretos y declaraciones dejará algo más que polarización a su paso. Porque cuando el debate se reduce a consignas y descalificaciones, la salud pública corre el riesgo de convertirse en un daño colateral, como rezaba aquella película de Schwarzenegger.

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Soy redactor de actualidad en El HuffPost España. Mi objetivo es que no te pierdas nada, sea la hora que sea, estés despierto o dormido.

 

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Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

Si alguna vez me necesitas y no me encuentras, búscame en una pista de tenis. Te puedo recomendar la mejor novela negra de cada país y hablar durante horas del cine de los 80 y 90. Ah, por cierto, acierto todas las preguntas naranjas del Trivial. 

 


 

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