Portazo definitivo de Estados Unidos a la OMS: ¿qué implica su salida?
Washington consuma una retirada que tiene efectos financieros, jurídicos y sanitarios que trascienden Estados Unidos y golpean al sistema multilateral de salud.

Estados Unidos ha hecho efectiva este jueves su salida definitiva de la Organización Mundial de la Salud (OMS), culminando un proceso iniciado hace un año por Donald Trump nada más regresar a la Casa Blanca. La decisión, largamente anunciada, abre una grieta profunda en la gobernanza sanitaria global y deja tras de sí un cóctel de impacto financiero, vacío de liderazgo y tensión jurídica.
Trump activó la retirada el 20 de enero de 2025 mediante una orden ejecutiva, repitiendo el argumentario de su primer mandato: acusaciones de mala gestión de la pandemia de la covid-19, falta de reformas internas y una supuesta “falta de independencia” de la OMS frente a la influencia política de otros Estados, con China como destinatario implícito. El Gobierno estadounidense sostiene además que Washington ha cargado durante años con una contribución desproporcionada frente a países con mayor población.
El golpe económico resulta inmediato y visible. Estados Unidos ha sido históricamente el mayor financiador individual de la OMS, con aportaciones que han oscilado entre el 18% y el 25% de su presupuesto total. Su salida ha provocado ya una crisis interna en el organismo: recorte de presupuestos, reducción a la mitad del equipo directivo y un plan para prescindir de alrededor de una cuarta parte de su plantilla antes de mediados de año.
A ese escenario se suma el conflicto por las cuotas impagadas. Washington reconoce que debe entre 260 y 280 millones de dólares correspondientes a 2024 y 2025, pero niega que exista obligación legal de abonarlos antes de formalizar la retirada. “El pueblo estadounidense ha pagado más que suficiente”, ha zanjado el Departamento de Estado. La OMS, en cambio, mantiene que Estados Unidos no ha saldado esas contribuciones y que el asunto se abordará en la reunión del comité ejecutivo prevista para febrero.
El alcance de la ruptura va más allá del dinero. Estados Unidos ha dejado claro que no participará ni siquiera como observador y que no contempla regresar al organismo. En su lugar, apuesta por una cooperación bilateral directa con otros países en vigilancia de enfermedades y prioridades de salud pública, al margen de cualquier estructura multilateral. El Departamento de Salud ha confirmado además el fin de todas las transferencias de fondos estadounidenses a la OMS, argumentando que la organización “ha costado billones de dólares” al país.
Las imágenes de este jueves en Ginebra han tenido un valor simbólico poco sutil: la retirada de la bandera estadounidense de la sede de la OMS. Un gesto que resume el cambio de rumbo de Washington, que en las últimas semanas también ha iniciado su salida de otros organismos de Naciones Unidas, alimentando el temor a un debilitamiento más amplio del sistema multilateral.
Desde el ámbito jurídico y sanitario, las críticas no se han hecho esperar. Lawrence Gostin, director fundador del O’Neill Institute for Global Health Law de la Universidad de Georgetown, ha calificado la retirada como “una clara violación de la ley estadounidense”, aunque admite que Trump “probablemente se saldrá con la suya”. La propia OMS ha advertido de que la ruptura complica el intercambio de información y la coordinación frente a amenazas sanitarias globales.
El director general del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha pedido sin éxito una reconsideración durante el último año. Tampoco parece inminente un giro político: Bill Gates, uno de los principales financiadores de iniciativas globales de salud, ha reconocido que no espera una rectificación a corto plazo, aunque insiste en que “el mundo necesita a la Organización Mundial de la Salud”.
En términos prácticos, expertos en salud pública alertan de que la salida estadounidense debilita los sistemas de detección, prevención y respuesta ante futuras crisis sanitarias. Kelly Henning, responsable de programas de salud pública en Bloomberg Philanthropies, resume el riesgo con una frase que pesa más que cualquier comunicado oficial: la retirada de Estados Unidos “podría debilitar las colaboraciones de las que depende el mundo para responder a las amenazas para la salud”.
En definitiva, la salida definitiva de Estados Unidos de la OMS no es un portazo simbólico ni un gesto de política interna. Es una sacudida estructural al sistema sanitario global que deja menos dinero, menos coordinación y una pregunta incómoda flotando en el aire: quién liderará la próxima respuesta mundial cuando llegue la siguiente pandemia.
