"Se puede oler el alcohol entre votaciones": la denuncia de una diputada verde en el Parlamento británico
¿Una Cámara centenaria o un pub? Polémica en Reino Unido tras la denuncia pública de la legisladora Hannah Spencer, sorprendida al llegar al hemiciclo por las prácticas de sus compañeros.

Imagina llegar a tu oficina, pasar al lado de tus compañeros y notar un intenso tufillo a cerveza o vino justo antes de tomar una decisión que cambiará el rumbo de tu empresa. Pues imagina que eso es lo que pasa en un grupo de personas que tiene que elaborar leyes que condicionan la vida de millones de personas.
Eso es lo que, según Hannah Spencer, ocurre de forma habitual en el Palacio de Westminster, en el Parlamento del Reino Unido. La recién elegida diputada del Partido Verde británico ha metido el dedo en la llaga de una de las tradiciones más sagradas (y criticadas) de la política de su país: la arraigada cultura del alcohol en el hemiciclo.
Spencer, que se alzó con la victoria en la elección parcial de Gorton y Denton el pasado mes de febrero y tiene 34 años, encendió la mecha durante una entrevista con el portal PoliticsJOE, que luego se ha expandido a niveles globales con una intervención al respecto en la misma Cámara.
Con la frescura de quien acaba de aterrizar en el establishment, tras ser fontanera y asesora, confesó sentirse "realmente incómoda" con el ambiente que se respira en los pasillos de Westminster. "Se puede oler el alcohol cuando la gente está entre votación y votación", soltó sin tapujos, desatando una auténtica tormenta política. "No creo que sea mucho pedir que un diputado esté sobrio cuando vota sobre decisiones que afectan a todos los demás. A mí me habrían despedido de mi trabajo si hiciera esto, y lo mismo va para casi cualquier profesión", sentenció más tarde al diario The Guardian, comparando la impunidad de los políticos con las estrictas normativas del sector privado. Un oficinista o una limpiadora, dice, sería sancionado en las mismas condiciones.
Lejos de amedrentarse por las críticas iniciales de sus colegas, que se vieron a las claras en la diana y tildaron sus quejas de "exhibicionismo político", la diputada progresista decidió llevar la batalla directamente al corazón del debate. Durante la sesión de preguntas al primer ministro (conocida como PMQs), Spencer plantó cara al líder laborista, Keir Starmer, con una intervención que levantó ampollas y se ha viralizado.
"En Gorton y Denton tenemos que pagar el precio completo por nuestras pintas, pero aquí, por alguna razón, es más barato", denunció la política ecologista, haciendo alusión a los bares subvencionados que operan dentro del recinto parlamentario. "Algunos diputados beben antes de votar y eso realmente me sorprendió cuando llegué... ¿Está de acuerdo el primer ministro con sus propios diputados que defienden su derecho a beber alcohol barato en el trabajo, o está de acuerdo conmigo en que no se debería beber en horario laboral?".
La respuesta de la bancada no llegó en forma de argumento, sino de ruido. La representantes fue abucheada e interrumpida de forma constante por varios parlamentarios indignados. De todos los colores políticos, además. Entre los murmullos captados por los micrófonos de la sala de los Comunes se escucharon perlas como "búscate una vida" o "arregla tus propias políticas".
Por su parte, el premier Starmer optó por ponerse de perfil y evitó aclarar si apoya o no recortar el flujo de alcohol en Westminster. "Hay diputados que intentan decirnos que tienen derecho a emborracharse en el trabajo, y por eso están tan desconectados de la realidad", añadió Spencer a través de sus redes.
Una vieja polémica
Aunque las palabras de Spencer han sonado revolucionarias, lo cierto es que la cruzada contra el alcohol en la política británica viene de largo. Como recuerda un análisis de The Spectator, la joven diputada no ha inventado nada nuevo: está recogiendo el testigo de una profunda tradición de la izquierda británica y del histórico "Movimiento por la Templanza", que azotó las agendas parlamentarias durante el siglo XIX y principios del XX, cuando se consideraba que el alcohol era una distracción de los verdaderos problemas sociales como la pobreza y el desempleo.
No obstante, la defensa de la copa post-reunión sigue teniendo sus adeptos en las filas parlamentarias. Algunos diputados argumentan que el ambiente en Westminster -donde se encadenan jornadas maratonianas que se alargan hasta altas horas de la noche- fomenta la soledad y el estrés, empujando a los legisladores a usar los bares internos como una vía de escape o una herramienta de socialización necesaria para tejer alianzas y negociar leyes.
Mientras el debate sigue vivo y divide a la opinión pública, a la calle: las encuestas ya reflejan que un 76% de los ciudadanos ve inaceptable que se vote bajo los efectos del alcohol. Por eso, con ese aval, Spencer ha dejado claro que no piensa dar un paso atrás en su batalla. A pesar de haber recibido invitaciones de rivales políticos para "discutir sus prejuicios" con una cerveza en la mano, la diputada insiste en que las reglas del juego tienen que cambiar.
Westminster es un lugar de trabajo y no un pub, remarca.
