¿Se puede revertir el Brexit? La crisis de Starmer revive el debate en Reino Unido
El primer ministro laborista aboga por dejar las cosas como están, pero los críticos que quieren liderar el Gobierno y el partido se han enredado con el tema. Promete ser clave si hay primarias. Hay una cosa clara: si hay vuelta, será sin privilegios.
La revuelta contra el primer ministro de Reino Unido, Keir Starmer, tiene muchos frentes: el ciudadano, con el cansancio popular por la crisis del coste de la vida y el repunte inflacionario, más el enfado por nombramientos de amigotes del pederasta Jeffrey Epstein; el de la pelea política, con Los Verdes y los ultraderechistas de Reform quitándole más de 1.500 concejales en las recientes municipales, y el interno, el orgánico, con sus compañeros del Partido Laborista pidiendo su cabeza por inhábil.
Parte del fuego amigo que le llega por ese flanco tiene que ver con el Brexit. Puestos a revisar todo lo hecho y no hecho por el mandatario, los críticos que pretenden quedarse con su despacho de Downing Street y con el liderazgo de la formación han reabierto el debate de si es bueno mantenerse divorciados de Europa o si es mejor ir a segundas nupcias. Justo a un mes de que se cumplan 10 años del referéndum por el que los británicos eligieron irse (52% contra 48), debería ser algo muerto y enterrado, pero está muy vivo.
Los dos aspirantes que por ahora han mostrado interés en suceder a Starmer tienen visiones distintas de lo que hay que hacer. El secretario (equivalente a ministro) de Sanidad, Wes Streeting, que ha dejado el gabinete ante la negativa del premier a dimitir, ha sido contundente en apoyar el retorno a la Unión Europea: dice que el Brexit fue "un error catastrófico" y que "el futuro del Reino Unido está en Europa, y algún día de vuelta en la Unión Europea". "No ha ocurrido nunca, pero es posible", enfatiza. Lo defendió la semana pasada en la llamada Conferencia sobre el progreso del Partido Laborista, como una carta de presentación porque, en el mismo discurso, dijo que quiere postularse como primer ministro para lo que queda de legislatura, hasta las elecciones de 2029.
Sin embargo, el que se perfila como favorito de las bases laboristas y principal rival de Streeting, el actual alcalde de Mánchester, Andy Burnham, se muestra notablemente más escéptico al respecto: "Yo no propongo que el Reino Unido vuelva a la UE. Respeto el referéndum [del Brexit]", dijo el lunes en un foro de inversores. "Mi opinión es que el Brexit ha sido dañino, pero lo último que deberíamos hacer es volver a esa discusión", abundó.
Medios como The Guardian o la BBC sostienen que Burnham habla con esta firmeza porque no se puede comprometer en este momento a dar un giro a su política, ya que se encuentra inmerso en una campaña para las elecciones que se celebran en junio y de las que depende que salga o no como diputado: si no tiene escaño en el Parlamento, no puede aspirar a mandar a su país, por ley. La zona del Gran Mánchester, que es la que tiene que avalarlo, votó masivamente a favor del Brexit en el verano de 2016 y a principios de este mes de mayo concedió numerosos sillones a Reform UK, el partido del populista Nigel Farage, uno de los mayores impulsores del vote leave, del irse.
Así que, ¿dentro o fuera? No hay representante socialdemócrata que no sea asaeteado estos días con la pregunta. Y las respuestas muestran la misma disparidad de Streeting y Burnham. "El Partido Laborista está siendo destruido por la indecisión", escribió el pasado 14 de mayo el analista de The Guardian Larry Elliott.
Sobre ellos, sobrevuela el aviso del viceprimer ministro, David Lammy, de una "guerra fratricida" que en nada conviene al partido y al país en este momento. Ya se ha visto que los problemas laboristas son conquistas de la oposición. Además, supone volver a despertar fantasmas, los de hace diez años: las dudas en el seno de la formación, entonces liderada por Jeremy Corbyn, hicieron poco clara su postura, confusos sus mensajes y, la postre, casi irrelevante su voz, frente a la derecha populista, que crecía como la espuma entre una población que veía en la UE la culpable de sus males.
Starmer, en su día, dijo que era defensor del remain, de quedarse en Europa, y hasta abogó por celebrar un segundo refrendo, pero ya en el poder, ha preferido alejar las cosas. Dice que "quizá, dentro de unos años", se plantee el tema de nuevo. Ha apostado, mientras, por hacer ajustes superficiales y mejoras en la cooperación, como por ejemplo el acuerdo largamente buscado sobre Gibraltar. De unión aduanera o mercado único no ha hablado.
En cambio, él y sus predecesores postBrexit (Theresa May, Boris Johnson, Elizabeth Truss y Rishi Sunak), se han quedado sin red, sin Europa a la que culpar de ciertos problemas. El peso de la gestión en solitario es brutal y no han venido bien dadas, entre guerras como las de Ucrania e Irán. No hay salvavidas exterior... y los efectos de toda la ola de Oriente Medio aún no ha llegado a los mercados y los bolsillos.
Elliott cree que quedan sólo dos caminos al primer ministro: "aprovechar las oportunidades que brinda el Brexit para experimentar con diferentes maneras de hacer las cosas", cuando además tiene aún mayoría absoluta, o entender que aquel proceso "fue un error que debe revertirse".
El debate
El analista Andrew Duff, del European Policy Centre, un tanque de pensamiento con sede en Bruselas, concluye que, hoy por hoy, revertir el Brexit "no es una prioridad política" en Reino Unido, pero sostiene que, "a medio plazo, sí puede volverse necesario, por razones económicas y geopolíticas". Tras unas elecciones generales, quizá podría retomarse en serio el proceso, pero para eso queda tiempo: tras la victoria de Starmer -que se llevó una mayoría absoluta que hoy parece un sueño-, están previstas para 2029, aunque la inestabilidad política hace barruntar que habrá adelanto.
Duff asume que la separación de Europa no es irreversible. Nada es inmutable. La relación UE-UK siempre ha sido "ambivalente" y "cambiante", desde que entró en 1973, tras rechazar los Tratados de París y Roma, los fundacionales. Solicitó su adhesión en 1961, pero no reactivó su candidatura hasta pasados diez años. Todo puede ir y volver. Hay presiones que pueden llevar a reconsiderarla, pero sólo será posible "si hay un cambio en la política interna" del país y si se acepta "una integración profunda", y no una situación de ventaja como en el pasado.
El mayor problema que detecta es que el Gobierno laborista no apoya la vuelta, como bloque, y que hay "resistencias políticas y nacionalistas" que persisten, de aquellas que inclinaron el refrendo a favor del sí, por más que hasta cuatro premieres conservadores hayan fracasado en la aplicación de su propio plan.
Lo de "recuperemos el control" funcionó, cuando no había autonomía ante potencias como EEUU o China, cuando los motores europeos (Francia, Alemania) pasaban por problemas y no aportaban soluciones, cuando se imponía el discurso del dogma liberal y la burocracia extra de Bruselas, cuando la economía no recuperaba dinamismo y echaban la culpa al sur y al este del viejo continente...
Ahora, "todos los partidos minoritarios progresistas en la Cámara de los Comunes, con al menos 92 escaños, apoyarán a Starmer si decide reincorporarse a Europa", e incluso tendría el apoyo, cree el analista, de los parlamentos autónomos de Irlanda del Norte, Escocia y Gales. Europa sigue siendo el primer socio comercial de Reino Unido y el aislamiento transaccional impuesto por Donald Trump desde EEUU fuerza a una mayor cooperación a este lado del Atlántico.
Eso, en lo doméstico. Pero es que la UE tampoco "tiene la prioridad inmediata" de readmitir a Londres, tras el calvario pasado, y que ahora tiene sus ojos puestos en la ampliación al este, de Ucrania a Moldavia, pasando por los Balcanes Occidentales y veremos hasta Georgia. Hasta Islandia o Noruega debaten entrar en el club comunitario, espoleadas por el miedo al expansionismo ruso y al caprichoso trumpismo. Por eso habla de un proceso a medio o largo plazo.
"Habrá otro gran debate. Habrá manifestaciones. Puede que haya disturbios. La extrema derecha siempre estará presente, propagando la alquimia del nacionalismo y la xenofobia. Pero si se la guía estratégicamente hacia la recuperación nacional, la mayoría proeuropea en las urnas superará con creces el ruido de la calle. Cambiar de opinión como nación no es malo. Revertir el Brexit no resolverá todos los problemas económicos y políticos, pero pondrá al Estado británico en una trayectoria más prometedora. Confirmará que Reino Unido es, después de todo, un país europeo moderno y puede tener peso en Europa y en el resto del mundo", expone.
En esta década desde que se votó el refrendo, entiende que ha habido un consenso generalizado en que el coste ha sido mayor que el beneficio para UK. De la cesta de la compra a lo burocrático, del crecimiento a la influencia exterior. En este tiempo, se ha cerrado con la UE el Acuerdo de Comercio y Cooperación (conocido en inglés como Trade and Cooperation Agreement o TCA), que entró en vigor en 2021, pero es "insuficiente" e "incompleto". Volver al redil, por contra, tendría "beneficios claros". Cita el acceso al mercado único y a la unión aduanera, un mayor crecimiento económico (sobre todo en el comercio), la recuperación del ascendiente en la "toma de decisiones continentales", las mejoras en seguridad y defensa o la mayor capacidad de responder a "retos globales", como los que plantea Rusia.
En los pasillos de Bruselas se dice, a las claras, que recibirían con los brazos abiertos a los ingleses. Tienen mucho que aportar por poderío, historia y potencial, o sea, por contribución neta al presupuesto, derecho, ciencia, educación o influencia global. Es evidente. El Brexit "cambió la imagen de la UE ante el mundo: nos debilitó", decía la excanciller alemana, Angela Merkel (CDU), por lo que también habría ganas de restañar esa herida y de hacerlo sin demora. Pero Reino Unido tendría que echarse a la espalda el pack completo del compromiso comunitario: entrar en el Espacio Schengen, asumir el euro como moneda común, una adhesión completa al mercado único y a las normas europeas y una aceptación de una mayor integración y gobernanza del bloque.
Ya no más opt-outs, dice Duff, una expresión que significa decir deliberadamente "no contad conmigo" en compromisos que debieran ser de todos. Ahora, deberían ser "más profundos" por parte de Downing Street. "Bruselas no actuará para acercar al Reino Unido a menos que un frustrado Starmer presente propuestas coherentes e integrales para transformar la relación", expone el especialista.
El camino de regreso
Ese es el debate. ¿Pero cuál sería el proceso? Ningún país había abandonado la UE antes que Reino Unido y, claro, ninguno se ha reincorporado. Lo que sabemos es que el camino de regreso es posible. Si el Londres decidiera solicitar su adhesión nuevamente, tendría que hacerlo conforme al marco establecido en el artículo 49 del Tratado de la Unión Europea. Reza como sigue:
"Cualquier Estado europeo que respete los valores mencionados en el artículo 2 y se comprometa a promoverlos podrá solicitar el ingreso como miembro en la Unión. Se informará de esta solicitud al Parlamento Europeo y a los Parlamentos nacionales. El Estado solicitante dirigirá su solicitud al Consejo, que se pronunciará por unanimidad después de haber consultado a la Comisión y previa aprobación del Parlamento Europeo, el cual se pronunciará por mayoría de los miembros que lo componen. Se tendrán en cuenta los criterios de elegibilidad acordados por el Consejo Europeo.
Las condiciones de admisión y las adaptaciones que esta admisión supone en lo relativo a los Tratados sobre los que se funda la Unión serán objeto de un acuerdo entre los Estados miembros y el Estado solicitante. Dicho acuerdo se someterá a la ratificación de todos los Estados contratantes, de conformidad con sus respectivas normas constitucionales".
El país necesitaría el apoyo de todos los Estados miembros para iniciar y concluir las negociaciones de adhesión y es ahí donde entra en juego la gran reticencia histórica de Reino Unido a integrarse plenamente en la UE, lo que podría generar roces en el bloque.
El proceso contempla que, en primer lugar, el Reino Unido presente una solicitud al Consejo de la Unión. Posteriormente, todos los miembros de la UE, los actuales Veintisiete, tendrían que dar su consentimiento unánime para iniciar las negociaciones de adhesión con Londres. En esta fase es cuando los Estados podrían decidir imponer criterios de elegibilidad más estrictos a los del pasado. Lo explica claramente, también en el Guardian el liberal italiano Sandro Gozi, eurodiputado y presidente de la delegación del Parlamento Europeo ante la Asamblea Parlamentaria de Asociación UE-Reino Unido: "Está claro que el traje a medida ha quedado obsoleto y está claro que la negociación en Reino Unido debe abordar todos los problemas que se prevén para cualquier candidato". O sea, lo normal.
Si Reino Unido superase ese obstáculo, entraría ya en las negociaciones para alinearse con el marco jurídico y reglamentario de la UE en una amplia gama de áreas políticas, incluyendo el comercio, la pesca, la inmigración y las fronteras, las normas medioambientales y el derecho de la competencia. Su solicitud requeriría, en última instancia, la aprobación unánime del Consejo, así como el respaldo de la mayoría del Parlamento Europeo.
Siendo realistas, todo el proceso probablemente duraría varios años. Incluso las adhesiones relativamente sencillas pueden tardar cerca de una década. Los plazos y procesos se han acelerado en el caso de Ucrania, en un intento de protegerla por la invasión de Rusia, pero tampoco se puede lesionar el derecho de otros aspirantes, que están a la espera. Las cosas de palacio van despacio.
Lo que dicen los ciudadanos
En estas idas y vueltas, se escucha poco la voz de los ciudadanos. ¿Qué piensan en realidad en Reino Unido del Brexit, sus consecuencias y la posibilidad de deshacerlo? La firma internacional de demoscopia YouGov sostiene que el 60% de los habitantes de las islas británicas cree que su Gobierno está manejando mal el descople con Bruselas, frente a un 20% que cree que lo hace bien.
Un 32% estima que Reino Unido hizo bien en votar en 2016 por irse, frente a un 55% que lo ve mal, pasado el tiempo. Hay un 13% extra que aún no sabe qué pensar. Si se le pregunta a la ciudadanía por una reconciliación, el 55% la apoya (el 37% dice que le gustaría mucho romper el Brexit y un 18%, que simplemente le gustaría). El tabloide de centroizquierda The Mirror, que en su momento dedicó su portada a defender la permanencia en Europa, tiene en su web una encuesta permanente al respecto que arroja un 59% de apoyos a la vuelta y un 41% de oposición. Hay un 34% de encuestados que se opone a dar marcha atrás.
A la pregunta concreta de YouGov de si les gustaría formar parte del mercado común -uno de los temas más espinosos-, las respuestas se reparten entre el 49% que lo apoya y el 23% que lo rechaza.
En el Parlamento hay viva una iniciativa popular, lanzada en diciembre de 2025, para "solicitar la reincorporación a la UE lo antes posible para impulsar el crecimiento en Reino Unido". Ya ha recaudado 69.850 firmas, lo que no es una barbaridad, y tiene hasta el 8 de junio para llegar al mínimo de 100.000 que obligaría a la Cámara a tenerla en cuenta y debatirla. El 7 de enero pasado, al superar las 10.000 adhesiones, el Ejecutivo se vio ya obligado a responder, y no para satisfacer esas ilusiones, precisamente.
"Este Ejecutivo está aprovechando -sostiene- la flexibilidad del Brexit, tomando las mejores decisiones para las empresas y los ciudadanos desde su posición fuera de la UE, mediante acuerdos importantes con EEUU e India, y ahora una nueva alianza con la UE". Cada decisión se ha tomado, defiende, "para impulsar el crecimiento del Reino Unido". "Así se está logrando un Brexit que beneficia a Reino Unido", concluye.
No da mucho margen a la esperanza, pero vistos los sondeos y la división de opiniones laborista, quizá estemos hoy más cerca del "bienvenidos de nuevo".