El Mundial de fútbol como escaparate de Donald Trump: 'sportwashing', injerencias y una FIFA entregada a Estados Unidos
La Copa del Mundo sirvió al presidente estadounidense para ocultar cuatro muertes en operativos del ICE en una semana, además de para desplegar su odio a países como Irán, Haití o Somalia. Todo ello con el visto bueno de Gianni Infantino.
El 7 de julio, cuando Bélgica encasquetó cuatro goles a EEUU, un agente del ICE mató en Houston, Texas, al ciudadano mexicano Lorenzo Salgado Araujo. El 13 de julio, día previo al inicio de las semifinales, otro agente del ICE mató en Biddeford, Maine, al ciudadano colombiano Johan Sebastián Durán Guerrero mientras el ciudadano venezolano Jesús Manuel Arenas Silva moría de un paro cardíaco bajo custodia del ICE durante un traslado entre dos centros de detención en Georgia. El 14 de julio, España ganó a Francia y un camión atropelló mortalmente en San Agustine, Florida, al ciudadano hondureño Juan Jairo Coronilla Durán, que huía de un operativo del ICE. El 19 de julio, durante el espectáculo del descanso en la final entre España y Argentina, el cantante Chris Martin, de Coldplay, cantó 'Viva la vida' mientras en el campo se desplegaba un cartel gigante con la palabra 'LOVE' (amor). Un día antes, el sábado 18, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, afirmó que este Mundial no solo había sido el mejor de la historia, sino "el mayor acontecimiento humano, social y cultural jamás visto".
Acaso el párrafo anterior podría servir como un acertado ejemplo de lo definición que la Amnistía Internacional hace de la expresión anglosajona 'sportwashing'; es decir, "organizar grandes eventos deportivos con la intención de blanquear la imagen de ciertos países donde no se respetan los derechos humanos". O, dicho de otro modo, un "intento de desviar la atención utilizando el deporte para mostrar una cara amable, moderna y abierta". De 'sportwashing', o blanqueamiento deportivo, se habló también por ejemplo durante la anterior Copa del Mundo celebrada en Qatar, país señalado por violaciones de derechos humanos y donde cientos de trabajadores migrantes murieron durante las obras preparativas del evento. Se habla también de blanqueamiento en Arabia Saudí, que acogerá el Mundial de 2034. Como explica Jules Boykoff, exfutbolista, profesor de Políticas en la Universidad del Pacífico (Oregón) y reciente autor del libro 'Tarjeta Roja: el Mundial de 2026, el lavado de imagen a través del deporte y la maquinaria de la avaricia de la FIFA', en los últimos años el Mundial se ha convertido en una conjunción perfecta entre países que buscan suavizar su imagen y una FIFA ansiosa por ganar dinero.
Fiel a su estilo, la intervención política de Donald Trump en el Mundial no le sirvió solo para ocultar un endurecimiento de las actividades de su servicio de inmigración. El presidente de Estados Unidos tampoco tuvo problema en demostrar al mundo que él, y no el fútbol, estaba al mando. Antes incluso de comenzar a rodar la pelota por los campos de fútbol, la Administración Trump impidió la entrada en el país del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, a quien la UEFA considera "uno de los mejores del mundo". La noticia esconde algo mucho más profundo que el simple veto a un colegiado. En diciembre de 2025, Trump dijo de Somalia que "apenas" era un país y de los somalíes que eran "basura" que no quería en su país. "Apestan. No los queremos", dijo.
Por mucho que la FIFA se haya empeñado en vender la imagen de que el fútbol escapa a los conflictos y sirve para unir, como también señaló el actor Tom Cruise antes de la final del Mundial, EEUU no permitió a la selección de Irán dormir en el país después de cada partido. Gracias a México y al Gobierno de Claudia Sheinbaum, los iraníes encontraron alojamiento en Tijuana, obligados a desplazarse miles de kilómetros antes y después de cada encuentro. A sus aficionados no se les autorizó entrar en el país, pero tampoco a las personas procedentes de Haití, Costa de Marfil o, de nuevo, Somalia. A la selección de Haití, además, la FIFA le impidió usar una camiseta en la que salía una imagen que recordaba la descolonización e independencia del país. Según el organismo internacional del fútbol, la política debe quedar al margen de la competición. Al menos para algunos.
Pero si hubo algo que de verdad marcó la intención de Trump de interferir en el Mundial fue la llamada que el presidente realizó al mandatario de la FIFA, Gianni Infantino, para pedir que se le retirase la tarjeta roja a uno de los mejores jugadores de su selección, Folarin Balogun. Trump, según explicó el mismo, descolgó el teléfono para pedir a la FIFA "que revisara la jugada". No le pareció falta. Y punto. Por mucho que Infantino dijera que había un comité independiente para analizar lo sucedido, Trump consiguió su objetivo y, al hacerlo, halagó al presidente de la FIFA: "Tomó una buena decisión". Nunca antes un anfitrión de un Mundial había hecho algo parecido. En Bélgica, el país que se enfrentaría a EEUU tras la retirada de la roja, no se lo podían creer. Al final, los belgas ganaron 4 a 1 y sus jugadores celebraron la victoria con el famoso baile de Trump.
Las decisiones de Donald Trump, no obstante, no pueden entenderse solo por su manera habitual de comportarse. Trump no podría hacer lo que hizo si no fuera por la aquiescencia de la FIFA. Antes de la celebración del Mundial, cuando el estadounidense todavía se quejaba por no haber ganado el Nobel de la Paz, Infantino se inventó el Premio FIFA de la Paz. ¿Y quién fue el primer galardonado? Exacto: Donald Trump. Cuando el jefe de la FIFA anunció el trofeo, aseguró que lo hacía porque, "en un mundo cada vez más inestable y dividido, es fundamental reconocer las extraordinarias contribuciones de quienes trabajan arduamente para acabar con los conflictos y unir a las personas en espíritu de paz". Durante el Mundial, eso sí, la FIFA avanzó que investigaría a los jugadores de Irán por lucir un pin en recuerdo de los 168 niños y niñas que murieron durante el bombardeo de una escuela en su país. Investigaciones independientes de medios como el New York Times o la BBC descubrieron que el responsable había sido EEUU.
Cuando terminó la final del Mundial y Trump saltó al campo, muchos aficionados presentes en el estadio de Nueva York abuchearon al presidente, aunque no se escuchara bien en la retransmisión. En el campo, Rodri, capitán de la selección española, tuvo que desplazar a Trump de la foto de equipo. En una imagen algo atípica, el presidente estadounidense se quedó a un lado mientras su amigo Infantino, con una risa nerviosa, trataba de hacerle entrar en razón, sin demasiado éxito. Pese a la escena, Trump se quedó contento con el Mundial, hasta el punto de decir que la FIFA debería volver a elegir Estados Unidos como sede. No importa que eso no pueda ocurrir hasta, al menos, 2038. Con Infantino, que alquiló para la FIFA una planta en la torre Trump, casi siempre vacía, y montó una sede del organismo cerca de Mar-a-Lago, nunca se sabe.