La suciedad vuelve al barrio madrileño de Lucero tras la visita del papa León XIV: "Esto está dejado de la mano de Dios"
La llegada del pontífice a la capital hizo que las instituciones se pusieran manos a la obra para edulcorar y dejar lo más presentable posible las calles de la ciudad. Especialmente en la calle Cullera, donde se encuentra un centro de gente sin hogar.
No ha habido sorpresa. Los vecinos del barrio madrileño de Lucero lo habían advertido desde el primer momento y el paso del tiempo no ha hecho más que confirmar sus sospechas. La imagen impecable que ofrecieron sus calles durante la visita del papa León XIV a Madrid hace apenas unas semanas ha desaparecido casi por completo. Aquella transformación que convirtió temporalmente el entorno de la calle de Cullera en un ejemplo de limpieza y mantenimiento se ha desvanecido con la misma rapidez con la que terminó el acto institucional y católico.
Durante los días previos a la llegada del pontífice, el barrio experimentó una intervención poco habitual. Operarios municipales trabajaban desde primera hora de la mañana para adecentar cada rincón de la calle que iba a acoger a León XIV. Se pintaron vallas, se repararon pequeños desperfectos, se podó el césped, se retiraron residuos, se vaciaron contenedores y las calles fueron fregadas varias veces al día. La sensación entre los vecinos que comentaron entonces la situación con El HuffPost era evidente: el barrio nunca había estado tan limpio.
Sin embargo, aquella imagen no respondía a un cambio estructural en la gestión del distrito, sino a una actuación excepcional motivada por un acontecimiento de gran repercusión mediática e institucional. Una edulcoración que tenía la condena de la temporalidad en su planificación. Muchos residentes ya lo expresaban entonces con cierta ironía. "Ojalá el papa viniera cada dos semanas o, mejor aún, que se quedara a vivir aquí", comentaban algunos vecinos mientras observaban cómo, por primera vez en mucho tiempo, las aceras aparecían libres de basura y las zonas verdes mostraban un aspecto cuidado.
Incluso hubo medidas que fueron más allá del simple embellecimiento urbano. Según relatan varios vecinos a este periódico, una persona sin hogar que habitualmente permanecía en las inmediaciones del centro de Cáritas fue trasladada temporalmente para evitar que apareciera durante la visita papal. La intención, denuncian, era ofrecer una imagen mucho más amable de la realidad cotidiana del barrio, un retrato irreal que se aleja a lo que los vecinos llevan tiempo demandando. Una vez concluyó el evento y desaparecieron las cámaras, la situación regresó rápidamente a la normalidad.
La cruda realidad
Hoy, apenas unas semanas después, basta con recorrer la calle de Cullera para comprobar cómo la suciedad ha vuelto a instalarse en numerosos puntos del barrio. Los contenedores vuelven a aparecer saturados de bolsas de basura, abundan los residuos fuera de los puntos de recogida, existen cristales rotos en varias zonas y las áreas verdes presentan nuevamente socavones y falta de mantenimiento. Frente al propio centro de Cáritas que visitó León XIV también se acumulan desperdicios, una imagen que contrasta radicalmente con la que se proyectó durante la visita oficial.
"Este barrio siempre ha sido un desastre. Cuando vino el papa dejaron todo perfecto para que pareciera un lugar ejemplar, pero ya veis cómo está otra vez apenas unas semanas después", lamenta uno de los vecinos.
Ese sentimiento se repite prácticamente en todas las conversaciones mantenidas con los residentes de la zona. Nadie esperaba que aquel despliegue extraordinario fuera permanente. Más bien al contrario: la mayoría asumía que, una vez finalizada la visita, el barrio volvería exactamente al punto de partida. Algunos también reconocen que existe una parte de responsabilidad ciudadana. "Hay personas que podrían ser mucho más cuidadosas y utilizar correctamente los contenedores", explica otro vecino.
Sin embargo, considera que ese argumento no puede servir para justificar el deterioro generalizado del entorno. "Con los impuestos que pagamos, el mantenimiento debería ser mucho mejor. Lo del papa fue simplemente una puesta en escena. En cuanto terminó el acto, todo volvió a ser como antes".
El regreso de las ratas
La presencia de ratas constituye otro de los problemas históricos que denuncian quienes viven en la calle de Cullera. Los socavones existentes en jardines y zonas verdes, unidos al deterioro de alcantarillas y canalizaciones, ofrecen un entorno idóneo para la proliferación de estos animales. Alfonso, vecino del barrio desde hace años, asegura que durante los días previos a la visita papal se actuó sobre algunas madrigueras situadas junto al centro de Cáritas. Sin embargo, el problema simplemente se desplazó unos metros.
"Ahora muchas están debajo de los soportales de los edificios. Aprovechan los agujeros del suelo y las alcantarillas rotas para esconderse durante el día. Por la noche salen por todas partes. Hace unos días vi incluso una trepando por un árbol", explica mientras señala varios hundimientos del terreno repartidos por la manzana añade con resignación: "Esos agujeros son auténticos hoteles de cinco estrellas para las ratas. Algunos llevan ahí treinta o cuarenta años y nadie los arregla. Esto está dejado de la mano de Dios".
Para muchos residentes, la convivencia con los roedores ha terminado convirtiéndose en una rutina más del barrio, una circunstancia que consideran impropia de una capital europea. Otro de los aspectos que más críticas genera entre los vecinos es el carácter excesivamente restringido de la visita institucional. La vivienda de Alfonso, que se encontraba junto al recorrido del pontífice, y relata que apenas pudieron presenciar el acto. "Colocaron lonas para impedir la visión desde los vecinos y algunos edificios, conectaron directamente la capilla situada junto al centro de Cáritas para evitar desplazamientos y muchos de los actos estaban completamente cerrados al público como los conciertos, que no se escucharon", explica.
La responsabilidad del Ayuntamiento
En cualquier caso, la mayoría evita responsabilizar directamente al papa de la organización del evento. "Él no tiene ninguna culpa. Supongo que simplemente acudió donde le organizaron la visita y cumplió con el programa previsto. El problema no fue el papa, sino todo lo que se hizo alrededor para edulcorar el barrio durante unos días", resume otro vecino.
Las críticas, en cambio, sí se dirigen con claridad hacia las administraciones públicas, especialmente al Ayuntamiento de Madrid. Numerosos residentes consideran que los recursos empleados para preparar una visita de apenas unas horas demuestran que existe capacidad para mantener el barrio en mejores condiciones durante todo el año. "El Ayuntamiento debería preocuparse de mantener todos los barrios de Madrid, porque para eso pagamos nuestros impuestos. Parece que únicamente importa el centro, los grandes eventos o los barrios con mayor proyección turística. Los que vivimos fuera de la M-30 seguimos conviviendo con basura, ratas y jardines abandonados", denuncia una vecina.
Sus palabras recuerdan exactamente a las que pronunció días antes de la llegada de León XIV. Entonces advertía que, una vez terminara la visita, todo volvería a ser igual. El tiempo le ha dado la razón. Otros residentes describen una situación muy similar. Explican que durante la preparación del evento las calles se limpiaban tres veces al día y el mantenimiento era constante, mientras que ahora la frecuencia ha disminuido considerablemente. "Es verdad que viene el servicio de limpieza, pero el aspecto general vuelve a ser el de siempre. Hay basura por todas partes, latas, papeles, bolsas... El césped vuelve a estar seco, los arbustos crecerán sin control y al final todo transmite sensación de abandono", comenta otro vecino mientras señala varias zonas verdes deterioradas.
La sensación compartida es que la visita papal funcionó como un gran escaparate institucional. Durante unos días, la calle de Cullera mostró una imagen impecable, muy alejada de los problemas cotidianos que denuncian sus habitantes desde hace años. Sin embargo, una vez desaparecieron las cámaras y concluyeron los actos oficiales, la realidad volvió a imponerse.
Lo ocurrido en la calle Cullera va mucho más allá de la visita de una autoridad religiosa. Refleja una forma de gestionar el espacio público basada en la excepcionalidad, donde los recursos aparecen de manera inmediata cuando existe un acontecimiento de relevancia política o mediática, pero desaparecen cuando los focos se apagan. Para los vecinos, el problema nunca fue la llegada del papa, sino comprobar que aquello que parecía imposible —calles limpias, jardines cuidados y servicios reforzados— sí era perfectamente viable cuando existía la voluntad institucional que ahora, y para sorpresa de nadie, ha desaparecido.