Etiopía prohíbe los coches de gasolina y diésel porque gastaba 4.500 millones de dólares al año en combustible: ahora el 50% de los etíopes no tiene electricidad para recargar el coche eléctrico
El potencial es enorme gracias a la electricidad barata procedente de la energía hidroeléctrica, pero hay obstáculos.
Suena mucho al dicho español de "vender tu coche para comprar gasolina", pero aquí es al contrario en cuanto a la energía que mueve ese coche, en este caso sustituir la gasolina por baterías eléctricas, pero puede ocurrir como en Etiopía. El país ubicado en el cuerno de África tomó en 2024 una de las decisiones más drásticas del mundo en movilidad: cerró la puerta a la importación de coches de gasolina y diésel, y el motivo no fue solo climático.
El Gobierno dejó claro que el golpe a la factura energética pesó tanto o más que el discurso verde: el país destinaba más de 4.500 millones de dólares al año a importar combustible (unos 3.870 millones de euros) y quería cortar esa sangría de divisas cuanto antes.
El problema es que la apuesta va mucho más rápido que la realidad del país. Según el Banco Mundial, Etiopía tenía acceso a la electricidad para el 55,4% de su población en 2023, lo que deja a un 44,6% sin luz. El propio Banco Mundial resume la situación de forma aún más clara: aproximadamente la mitad de la población sigue sin acceso fiable a la electricidad. Es decir, el país quiere electrificar su parque móvil mientras una parte enorme de sus ciudadanos todavía no puede enchufar nada en casa.
Una prohibición histórica que nace de la falta de divisas
La medida convirtió a Etiopía en el primer país que prohibía la importación de vehículos de combustión interna a esa escala, según recogen tanto el marco legal recopilado por Climate Laws como la guía comercial del Departamento de Comercio de Estados Unidos. La lógica oficial es simple: un país que importa prácticamente todo su combustible no puede seguir dependiendo de esa factura si quiere estabilizar su economía.
El Gobierno etíope defiende que el cambio al coche eléctrico no es solo una política ambiental, sino una política de supervivencia económica. Y eso cambia bastante la lectura. En Europa, el coche eléctrico suele presentarse como una transición industrial y climática. En Etiopía, además, es una forma de ahorrar divisas en un país que ha sufrido fuertes tensiones externas y escasez de moneda extranjera.
El gran choque con la realidad: faltan red, cargadores y dinero
Sobre el papel, Etiopía tiene una baza importante: su sistema eléctrico depende casi por completo de renovables. La IEA sitúa al país entre los sistemas donde la electricidad procede de forma abrumadora de fuentes limpias, y otras fuentes sectoriales elevan el peso de la hidráulica hasta alrededor del 97% de la capacidad de generación. Además, el país exporta electricidad a vecinos de la región.
Pero una cosa es producir energía y otra muy distinta hacerla llegar a toda la población. Ahí está el cuello de botella. La red no cubre el país de forma homogénea, especialmente fuera de las zonas urbanas, y la falta de puntos de recarga públicos sigue siendo un freno evidente.
Sin embargo, hay un matiz: no es exacto ese 50% si usamos precisión estadística, pero sí es cierto que en torno a la mitad del país sigue sin acceso eléctrico fiable o directamente sin acceso, según las últimas referencias ampliamente citadas.
A eso se suma otro obstáculo básico: el precio. En Etiopía, tener coche sigue siendo minoritario. La movilidad eléctrica, por ahora, se mueve más como bien de consumo para una minoría urbana que como solución masiva. Los modelos chinos ganan terreno porque son bastante más asequibles y porque las marcas europeas apenas tienen presencia oficial.
Dodai y la apuesta de que Etiopía cambie a toda velocidad
Aquí aparece Dodai, la startup de scooters eléctricos fundada por el japonés Yuma Sasaki. La empresa se ha convertido en uno de los nombres más visibles de esta carrera y su ambición es enorme: fabricar, vender y desplegar infraestructura de intercambio de baterías para acelerar la adopción. Según la crónica publicada por Taz, la compañía vendió 1.300 vehículos el año pasado en un país de unos 130 millones de habitantes. El dato retrata muy bien el momento del mercado: hay relato, inversión y expectativas, pero la escala real todavía es pequeña.
Etiopía ya tomó la decisión de vetar el motor de combustión, pero convertir el coche eléctrico en algo cotidiano exige tres cosas que hoy siguen siendo escasas: red eléctrica suficiente, recarga accesible y vehículos asequibles. Sin eso, la transición corre el riesgo de quedarse a medias: muy avanzada en el papel, pero todavía lejos de la calle.