Los vecinos de Barcelona piden acabar con los 'brunch' mientras recuperan el esmorzar de forquilla, el desayuno obrero catalán del siglo XIX
La batalla no es contra un desayuno, sino contra la pérdida de identidad.
En Barcelona, el debate sobre el turismo masivo ha llegado incluso al desayuno. Entre pancartas contra los pisos turísticos y protestas por el acceso a la vivienda, una consigna inesperada se ha abierto paso en calles y fachadas: "¡Basta de brunch!".
Detrás de esta frase hay algo más que una crítica gastronómica: es el reflejo de una ciudad que busca recuperar su identidad frente a la homogeneización global.
El fenómeno no surge de la nada. En los últimos años, el centro de la ciudad se ha llenado de cafeterías de estética similar, menús calcados y precios elevados. Huevos benedict, tostadas de aguacate y café de especialidad se repiten como un patrón reconocible en cualquier capital europea.
Para muchos vecinos, estos locales simbolizan un modelo que prioriza al visitante frente al residente. "Ya no sabes si estás en Barcelona o en cualquier otra ciudad", comentan algunos colectivos vecinales, que denuncian cómo negocios tradicionales han ido desapareciendo para dejar paso a estos espacios pensados, principalmente, para el turismo internacional.
El brunch como símbolo de gentrificación
El brunch, un concepto nacido a finales del siglo XIX, no es en sí el problema. Lo que se cuestiona es su expansión como modelo dominante en barrios históricos. En ese proceso, bares de toda la vida, mercados de proximidad o restaurantes familiares han ido cerrando, incapaces de competir con alquileres cada vez más altos.
En este contexto, el brunch ha dejado de ser solo una comida para convertirse en un símbolo de gentrificación. Un elemento más dentro de un ecosistema donde también aparecen los apartamentos turísticos, las tiendas de souvenirs y la pérdida de comercio local.
La crítica conecta directamente con el malestar que se vive en la ciudad: alquileres disparados, saturación del espacio público y una creciente sensación de que Barcelona está más pensada para quien la visita que para quien la habita.
El regreso del esmorzar de forquilla
Frente a este escenario, ha emergido un movimiento que mira al pasado para reivindicar el presente: el regreso del esmorzar de forquilla. Este desayuno tradicional catalán, nacido en el siglo XIX entre trabajadores rurales, propone justo lo contrario al brunch globalizado: platos contundentes, cocina local y espacios sin artificios.
Aquí no hay tostadas minimalistas ni decoraciones pensadas para Instagram. Hay cap i pota, trinxat, botifarra o bacallà amb samfaina. Platos que forman parte de la cultura catalana y que, durante años, han resistido en bares discretos frecuentados por trabajadores y vecinos.
El impulso reciente de esta tradición tiene mucho que ver con iniciativas como la impulsada por el periodista Albert Molins, que comenzó creando un mapa colaborativo de locales donde disfrutar de este tipo de desayuno.
Así, lo que empezó como una simple lista ha acabado convirtiéndose en una aplicación y ha construido una comunidad activa que ha revitalizado el interés por esta costumbre.
Identidad frente a globalización
El resurgir del esmorzar de forquilla no pretende eliminar el brunch, sino equilibrar el tablero. Como el propio Molins ha señalado, no se trata de decidir qué es mejor, sino de reivindicar lo propio. "Es nuestra historia", viene a decir este movimiento que mezcla gastronomía, cultura y resistencia urbana.
En una ciudad tensionada por el turismo, donde incluso se han visto protestas tan llamativas como rociar a visitantes con pistolas de agua, este tipo de iniciativas ofrecen una alternativa más constructiva: recuperar lo local sin excluir al visitante, pero invitándole a participar desde el respeto.
Porque, al final, la batalla no es contra un desayuno, sino contra la pérdida de identidad. Y en Barcelona, esa batalla también se libra, tenedor en mano, a primera hora de la mañana.