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Vende su piso para vivir sola en un eremitorio del siglo XIII sin luz ni agua corriente: "No me siento valiente por estar aquí, estoy donde debo estar"

Vende su piso para vivir sola en un eremitorio del siglo XIII sin luz ni agua corriente: "No me siento valiente por estar aquí, estoy donde debo estar"

Su tiempo está regido por el ritmo de las estaciones, el trabajo manual y la meditación. 

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El caso de Salomè es uno más de los cada vez más frecuentes de dejar la gran ciudad para abrazar una vida simple, alejada del frenesí.Imagen canal Natalino Stasi

Hay decisiones que parecen imposibles de entender desde fuera. Salomè dejó atrás una vida en la ciudad, vendió el piso que acababa de comprar, dejó su trabajo y cambió las comodidades cotidianas por un antiguo eremitorio franciscano del siglo XIII perdido entre los bosques de Umbría.

Allí no hay agua corriente, la electricidad es muy limitada y el teléfono apenas tiene cobertura. Pero ella asegura que nunca ha sentido que estuviera renunciando a nada.

"Se me dicen que mi vida requiere mucho valor, no me siento valiente por estar aquí. "Siento que estoy donde debo estar", resume en el canal de YouTube Natalino Stasi, mientras muestra el lugar en el que vive desde hace años, convencida de que fue allí donde encontró el sentido que llevaba tiempo buscando.

De una vida en la ciudad a un convento perdido en la montaña

Salomè nació y creció en la ciudad italiana de Trieste. Como tantas otras personas, encadenó distintos empleos para pagar las facturas y llegó incluso a comprar una vivienda. Sin embargo, reconoce que sentía que algo no encajaba.

"Había acabado como muchos dentro de la rueda del hámster", explica. Trabajaba para mantener un estilo de vida que nunca terminó de hacerla feliz. Todo cambió cuando llegó por primera vez a la Romita di Cesi, un antiguo eremitorio franciscano situado en los montes Martani, a unos 800 metros de altitud.

Había llegado como peregrina en 2018. Desde el primer momento tuvo la sensación de haber encontrado el lugar que llevaba años imaginando. "Pensé: ¿Entonces este sitio existe?". A partir de entonces comenzó a regresar cada vez que disponía de unos días libres.

Con el tiempo, el responsable del lugar, fray Bernardino, necesitó ayuda para mantener el convento y le propuso quedarse. La decisión ya llevaba tiempo madurando en su interior. "Todo dentro de mí estaba preparado para decir que sí".

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  Salomè no echa de menos su antigua vida calificada como la "rueda del hamster". Canal YouTube Natalio Stasi

Una vida sencilla, sin agua corriente y con lo imprescindible

La vida diaria poco tiene que ver con la que llevaba antes. La jornada gira en torno al trabajo, la meditación y la oración. La electricidad procede únicamente de unos paneles solares y se utiliza de forma muy limitada en los espacios comunes. En las antiguas celdas de los frailes no hay corriente eléctrica ni calefacción.

El agua procede de un antiguo sistema de cisternas que recoge la lluvia, mientras que el agua potable se transporta desde un manantial situado a unos diez kilómetros. 

Los alimentos también requieren planificación. Gran parte de las verduras salen directamente del huerto y las gallinas proporcionan huevos frescos cada día. El resto de productos se compran aproximadamente una vez al mes.

"Mi vida ha cambiado completamente. He pasado de hacer cosas que no me gustaban a hacer solo cosas que me gustan. Me despierto feliz de empezar a trabajar", asegura.

Aprendió a cortar leña, manejar una motosierra, cultivar el huerto y realizar todas las tareas necesarias para depender lo menos posible de otras personas. "Aquí he aprendido a hacer de todo".

El legado de fray Bernardino y una nueva forma de entender la vida

La historia del convento está profundamente unida a la figura de fray Bernardino. Cuando llegó a principios de los años noventa, encontró un conjunto prácticamente devorado por el bosque. Durante doce años, junto a cientos de voluntarios y únicamente con donaciones particulares, reconstruyó piedra a piedra el antiguo convento medieval.

Para Salomè, convivir con él supuso un punto de inflexión. Recuerda especialmente una frase que terminó cambiando su forma de ver las cosas: "Utiliza las cosas que necesitas y no dejes que las cosas que no necesitas te utilicen". Aquellas palabras la llevaron incluso a desprenderse de la mayor parte de sus pertenencias.

Hoy considera que la vida sencilla no significa vivir peor, sino recuperar relaciones que el ritmo actual ha ido perdiendo. "Nos hemos olvidado de lo que significa vivir así", afirma. A su juicio, compartir el trabajo diario, cultivar la tierra o recoger leña crea una comunidad mucho más fuerte que la comodidad individual.

Por eso tampoco teme la soledad. Reconoce que hubo momentos difíciles al principio, pero asegura que nunca se siente realmente sola. "Mi tiempo aquí está tan lleno que no me siento sola de verdad".

Cuando le preguntan cómo imagina el futuro, tampoco duda. Cree que seguirá viviendo allí dentro de treinta años. Su mayor deseo, explica, es que cada vez más personas redescubran valores como la compasión, la sencillez y la vida compartida.

"Mi sueño es que despertemos y decidamos cambiar completamente de rumbo, cultivar la alegría, la amabilidad y la compasión", concluye desde el lugar en el que, dice, encontró definitivamente su sitio.

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Redactor de El HuffPost. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Valladolid y Máster en Comunicación Corporativa en ESERP, ha trabajado como redactor, editor y coordinador en Grupo Merca2, así como redactor en Infodefensa y Business Insider, además de colaboraciones en otros medios y blogs como Wall Street International o La Voz del Basket. También realiza críticas de cine desde hace años.

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