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Simulan 150 años de veranos y 1.884 olas de calor largas para responder a la pregunta del verano: por qué hay canículas que no se van

Simulan 150 años de veranos y 1.884 olas de calor largas para responder a la pregunta del verano: por qué hay canículas que no se van

Un estudio de la Universidad de Berna identifica dos patrones atmosféricos que explican por qué algunas olas de calor permanecen sobre Europa durante semanas.

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La investigación, basada en 150 años de simulaciones climáticas y 1.884 episodios extremos, también revela el papel decisivo que desempeñan los suelos secos.

¿Por qué algunas olas de calor desaparecen al cabo de unos días mientras otras parecen eternas? Es una de las grandes preguntas del verano, especialmente en un contexto marcado por incendios forestales, sequías y temperaturas récord. Para responderla, un equipo de investigadores de la Universidad de Berna ha recreado 150 años de veranos mediante modelos climáticos y ha analizado 1.884 olas de calor prolongadas.

Su conclusión es que existen dos configuraciones atmosféricas que favorecen que el calor extremo se mantenga durante semanas sobre Europa, según se publica en Science&Vie

El estudio, publicado en la revista científica Environmental Research Letters, sostiene que ambos mecanismos tienen un elemento en común: la presencia de un potente sistema de altas presiones bloqueado sobre el continente. Ese anticiclón actúa como una barrera que impide la llegada de aire más fresco y favorece que el calor se acumule día tras día.

Dos patrones explican las canículas más persistentes

Los autores del trabajo, Duncan Pappert y Olivia Martius, recuerdan que las olas de calor prolongadas no solo aumentan el riesgo para la salud. También agravan la sequía, disparan las pérdidas agrícolas y crean las condiciones ideales para grandes incendios forestales. 

Hasta ahora resultaba muy difícil estudiar estos episodios porque apenas existen precedentes suficientes. Los registros meteorológicos solo recogen una veintena de olas de calor excepcionalmente largas, con duraciones de entre 12 y 26 días, una muestra demasiado reducida para obtener conclusiones sólidas.

Para superar esa limitación, los investigadores utilizaron la versión 2 del Modelo Comunitario del Sistema Terrestre (CESM2), desarrollado para simular el comportamiento del clima.

A partir de 50 simulaciones diferentes, recrearon 150 años de veranos, lo que permitió disponer de una base de datos con 1.884 olas de calor prolongadas, una muestra mucho más amplia para analizar los mecanismos que favorecen estos episodios.

El anticiclón actúa como una tapa sobre Europa

Tras estudiar todos esos casos, el equipo identificó dos configuraciones atmosféricas principales.

En la primera, las ondas atmosféricas que atraviesan el Atlántico alimentan continuamente una zona de altas presiones situada sobre Europa. Ese anticiclón funciona como una especie de tapa: el aire desciende, se comprime y aumenta su temperatura, mientras bloquea la llegada de borrascas capaces de romper el episodio de calor.

En la segunda configuración, la corriente en chorro se desplaza más al norte de lo habitual. Ese cambio obliga a las perturbaciones a circular lejos del continente y mantiene la cúpula de altas presiones durante más tiempo.

Los investigadores subrayan, además, que estos dos mecanismos no constituyen categorías totalmente separadas. Muchas olas de calor presentan características de ambos procesos y forman parte de un continuo atmosférico.

"Estas dos configuraciones crean el potencial para olas de calor persistentes", explican los autores en el mismo medio, aunque precisan que ese potencial no siempre acaba traduciéndose en episodios extremos, ya que la evolución diaria sigue dependiendo de múltiples factores.

El suelo seco también alimenta el calor

La investigación concede un papel fundamental al estado del terreno. En condiciones normales, parte de la energía solar se emplea en evaporar la humedad del suelo, un proceso que ayuda a moderar las temperaturas.

Sin embargo, cuando el terreno está muy seco, esa energía deja de utilizarse para evaporar agua y pasa casi por completo a calentar el aire, reforzando la intensidad de la ola de calor. Los científicos describen este fenómeno como un círculo de retroalimentación positiva: el calor seca el suelo y un suelo más seco favorece todavía más el aumento de las temperaturas.

Las condiciones observadas durante el verano de 2026, marcado por prolongados episodios de calor extremo en buena parte de Europa, ilustran precisamente ese mecanismo.

El estudio concluye que comprender mejor estos patrones atmosféricos permitirá mejorar las previsiones sobre la duración de las olas de calor y anticipar con mayor precisión fenómenos asociados como los incendios forestales, las pérdidas agrícolas o los impactos sobre la salud.

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Redactor de El HuffPost. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Valladolid y Máster en Comunicación Corporativa en ESERP, ha trabajado como redactor, editor y coordinador en Grupo Merca2, así como redactor en Infodefensa y Business Insider, además de colaboraciones en otros medios y blogs como Wall Street International o La Voz del Basket. También realiza críticas de cine desde hace años.

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