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28/11/2012 08:41 CET | Actualizado 27/01/2013 11:12 CET

Ya es hora de que se designe un presidente europeo mediante elección directa

Supongamos que, por fin, reunimos la voluntad necesaria para resolver la crisis de la eurozona. Supongamos que acordamos los grandes pasos futuros de la integración para las decisiones económicas europeas como parte de esa resolución. En ese momento, tendremos que estar razonablemente seguros de que la unión política va a obtener el acuerdo necesario.

Las crisis pueden engendrar oportunidades. De esta crisis europea puede surgir la oportunidad de lograr, por fin, un modelo de integración europea que sea sostenible. Pero en estos momentos esa oportunidad está verdaderamente oculta. Existe un viejo chiste sobre un forastero que pregunta a un irlandés el camino hacia su destino y recibe esta respuesta: "Bueno, yo no habría partido de aquí".

Podríamos tener la tentación de decir la misma cosa sobre la forma de resolver esta crisis, y sería igual de inútil. Así que voy a resistirme a hacer de británico que no está en el euro y trata de explicar a todo el mundo por qué era una mala idea. En primer lugar, porque no creo que sea una mala idea. En principio, en el contexto político y económico adecuado, una moneda única unida a un mercado único tiene sentido en Europa. Y segundo, porque, en cualquier caso, ya estamos aquí.

Ahora bien, es importante entender por qué esta crisis es tan aguda. Es porque la unión monetaria fue, en muchos aspectos, una idea impulsada por la política pero expresada en términos económicos. De modo que la política y la economía tenían que estar alineadas. Y no lo estaban. Así que ahora, en plena crisis, tienen que estarlo. Unos países cuyas economías son divergentes deben converger. Dado que para ello es necesaria una enorme integración en la toma de decisiones, la política tendrá que cambiar para ponerse a la altura de la economía. Una verdadera unión económica supondrá una dosis elevada de unión política. Ese es el desafío para cuando pase la crisis.

Una diferencia de opinión curiosa pero significativa entre los europeos y los del mundo inversor en Estados Unidos, China y otros países es que los europeos, en general, creen que el euro sobrevivirá. La razón es que tienen la vista puesta en la tremenda voluntad política de garantizar su supervivencia. En cambio, los de fuera, en general, son muy escépticos. La razón es que tienen la vista puesta en las matemáticas.

La estrategia adoptada hasta ahora por los dirigentes políticos europeos, incluida la canciller Merkel, que ha hecho gala de gran habilidad y gran valentía a la hora de gestionar la crisis, es totalmente comprensible desde el punto de vista político. Se trata de ir paso a paso, hacer una serie de avances graduales que son importantes, pero no abordar todos los aspectos de la crisis al mismo tiempo. Por ejemplo, la actuación del Banco Central Europeo y su disposición a comprar bonos en el mercado secundario ha ayudado enormemente a aliviar el problema de la liquidez y nos ha dado cierto respiro.

Pero eso no resuelve los problemas de solvencia y crecimiento que también acosan al euro. El Mecanismo Europeo de Estabilidad está todavía sin probar y, aunque los planes de reducción del déficit son absolutamente necesarios, la austeridad hace que sea muy difícil implantar políticas de crecimiento. De hecho, a veces parece como si se diera a la población a elegir entre austeridad con reformas o crecimiento sin reformas. Necesitamos tanto crecimiento como reformas. Y necesitamos abordar a la vez los problemas de liquidez, solvencia y crecimiento. Sin ello, y sobre todo sin crecimiento, el sufrimiento del ajuste en los países endeudados es aterrador, y tal vez no sea políticamente posible aguantarlo durante varios años. Es un ejemplo más de que la política y la economía tienen que alinearse.

La economía implica una estrategia menos basada en avances graduales y más en un acuerdo tipo "gran pacto" que se ocupe de la liquidez a través del BCE: solvencia con las necesarias transferencias fiscales, unión bancaria, un alto grado de coordinación fiscal, reformas estructurales de largo alcance y el paso de primer a segundo plano de los planes de austeridad, con el fin de proteger el crecimiento; y todo ello a la vez. Mi impresión es que, a la hora de la verdad, la única forma de que restaurar la confianza será con una serie de medidas que convenza a los mercados y a la población de que se han superado los problemas fundamentales. Las consecuencias políticas de hacerlo -en particular en Alemania- son tremendamente difíciles. Pero las repercusiones económicas de dejar de hacerlo son todavía peores.

Ese es el reto inmediato. Si lo superamos, nos encontraremos con que el aspecto político de lo que viene después también está plagado de problemas.

Dicho en pocas palabras, no puede haber una integración de grandes áreas de la política económica -unión bancaria, unión fiscal, incluso la perspectiva de un ministerio de finanzas de la UE- sin una unión política proporcionada. De modo que es inevitable que, junto con la resolución de la crisis inmediata, nos pongamos a investigar cómo sería esa unión.

Esa investigación debería tener en cuenta las lecciones de otros intentos anteriores de integración. Existen dos objetivos estratégicos cruciales que cualquier negociación para lograr esa unión política debería intentar alcanzar.

Primero, ya es inevitable que haya cierta diferenciación en las velocidades de integración europea, porque los miembros de la eurozona tratan de encajar las estructuras políticas con una toma de decisiones económicas integrada. Se haga como se haga, su importancia para toda la UE será inmensa. Casi puedo sentir el alivio de algunos sectores partidarios de una Europa federal y entre la mayoría de los euroescépticos ante la perspectiva de una Europa de dos o tres velocidades. Pero me gustaría hacer una firme advertencia: si las estructuras de la eurozona acaban en una Europa dividida de manera fundamental, tanto en lo político como en lo económico, en vez de una Europa con un acuerdo político que deje sitio a distintos niveles de integración en su interior, la UE que conocemos se encaminará hacia la ruptura.

Seamos claros y veamos cuál es la posición del Reino Unido. A Gran Bretaña le interesa por encima de todo no fijarse solo en la política inmediata al abordar esta cuestión. Personalmente, me gustaría que adoptarse un papel constructivo en la configuración de esta nueva unión, que reconozca la necesidad de que haya una unión política más estrecha entre los países de la eurozona y que trate de evitar que las inevitables discrepancias entre los países de dentro y los de fuera en la toma de decisiones económicas se convierta en una divergencia total en las estructuras políticas. Es una tarea muy delicada. Pero es crucial si no queremos que el Reino Unido se quede al margen y Europa sin la participación activa de un miembro tan grande e importante de la unión actual.

Las negociaciones sobre la propuesta unión bancaria y tal vez sobre el nuevo presupuesto de la UE ofrecerán un banco de pruebas interesante para ver si ese diálogo constructivo puede producir un resultado óptimo. Pero, como es natural, el Reino Unido contará con que este sea un proceso en dos direcciones. El resto de la UE tendrá que comprender, y esperamos que acoger, la especial situación de Gran Bretaña en el sector financiero.

En segundo lugar, deberíamos estar atentos a por qué, cuando se hizo realidad la unión monetaria, no se acordaron unas estructuras de plena integración política. Hubo quien las propuso, por cierto. Pero no se llegó a un acuerdo. Y la razón sigue siendo válida hoy como sentimiento. Una mayor integración política es inevitable, sin la menor duda. Pero cualquier unión política debe tener más cautela que nunca a la hora de encontrar el equilibrio entre la nación-estado y la integración de la UE.

Este es el más perenne y resistente de los debates sobre la Unión Europea. Salvo que, ahora, la unión propuesta para la toma de decisiones económicas afecta al corazón de decisiones normalmente reservadas a los Gobiernos y parlamentos nacionales. Aunque es frecuente que los británicos sean los paladines de la nación-estado en este debate, es evidente que hay muchos más que marchan a su lado. Si los resultados de los referendos de 2005 en Francia y Holanda fueron los que fueron no fue porque sí, y no consistió solo en que la política interna eclipsara una decisión europea.

Este ha sido siempre el dilema político de la UE. La gente se siente mucho más próxima a los Gobiernos y parlamentos nacionales. En su cabeza, no existe una entidad política unida y homogénea como la hay, por ejemplo, en Estados Unidos. Sin embargo, a medida que Europa se integra, se crea un déficit democrático, que es la brecha entre la importancia de las decisiones de ámbito europeo y la responsabilidad de rendir cuentas de las instituciones europeas que las toman. De ahí el intento de lograr una democracia más europea, que en la actualidad se traduce en poderes extraordinarios para el Parlamento Europeo.

Pero surge otro problema. Aunque, en teoría, a medida que Europa está más integrada, la gente debería exigir una democracia más europea, en la práctica, como sigue sintiéndose mucho más próxima a la democracia de su propio país, no lo hace. Lo hace la élite europea. Pero los ciudadanos, muchas veces, no. El peligro es que cuanto más hablamos de "acercar Europa al pueblo", más alejado se siente "el pueblo" de ella.

El dilema se agrava debido a otro factor. A medida que la UE ha crecido en número de países y ha aumentado la complejidad de las decisiones necesarias para cosas como el mercado único, es evidente que, por razones de eficacia, Europa necesita tener instituciones capaces de actuar por encima de los intereses nacionales particulares. Por eso, a pesar de las objeciones del Reino Unido, es justificable que haya más votaciones por mayoría en determinados ámbitos; es incluso esencial para que Europa funcione. Sin ellas, es posible que tengamos parálisis cuando lo que necesitamos es movimiento.

Por otra parte, fijémonos en un área como la política común de defensa, puesta en marcha por Gran Bretaña y Francia en 1998. Aquí se aceptó que era preciso llevarla a la práctica desde el Consejo Europeo, no la Comisión.

En resumen, diseñar esta nueva unión será muy difícil. Permítanme unas rápidas reflexiones. Una elección que se celebre en toda Europa para escoger a los presidentes de la Comisión y el Consejo es la manera más directa de involucrar a los ciudadanos. Elegir a una persona para un cargo importante es algo que la gente puede comprender. El problema del Parlamento Europeo es que, según mi experiencia, aunque está elegido democráticamente, desde luego, la gente no se siente próxima a sus representantes. Eso podría cambiar, pero solo si el Parlamento Europeo y los parlamentos nacionales tienen una relación más estrecha.

Relegar a un papel marginal al Consejo Europeo, que representa a las naciones-estado, sería un error. Hasta los miembros de la eurozona acuden primero a sus Gobiernos. Pero existen muchas otras formas de hacer que el Consejo sea más abierto y su relación con la Comisión más transparente. Podría haber incluso vínculos más explícitos entre el Parlamento y el Consejo.

Deberíamos preguntarnos asimismo qué significa verdaderamente la unión política. No es simplemente una serie de vínculos institucionales comunes. Significa también que, en la mente de los europeos, existe una estrecha conexión entre ellos. Y sobre eso no se puede legislar. Es preciso cultivarlo en la cultura, la sociedad y la política.

Algo de lo que estoy seguro es que Europa tendrá más significado para los ciudadanos la gente y contará con más apoyo por su parte si se reorienta hacia cuestiones prácticas que mejoren sus vidas de manera tangible. Los europeos comprenden la necesidad de que haya medidas europeas en relación con el empleo, el comercio, conseguir que el sector financiero favorezca sus intereses -en vez de perjudicarlos-, una política energética común, la lucha común contra la inmigración ilegal y el crimen organizado, incluso la defensa común en un mundo de riesgos cada vez más graves contra la seguridad y presupuestos de defensa que disminuyen sin cesar.

Creo que se les podría convencer para que comprendan la lógica de cooperar en materia de enseñanza superior, ciencia e investigación a una escala mucho mayor que en la actualidad, y lo mismo respecto al arte y la cultura. Si eso se combinara con un esfuerzo sensato de subsidiariedad -dejando para el centro solo las tareas que las naciones-estado no puedan hacer por su cuenta-, el paquete final podría funcionar. Es decir, habrá que dar con el equilibrio. Si no, todo el proyecto corre peligro de venirse abajo. No veo ningún acuerdo político nuevo que pudiera ser aceptable sin el consentimiento popular directo expresado en referéndum.

Imaginemos, pues, este panorama. Supongamos que, por fin, reunimos la voluntad necesaria para resolver la crisis de la eurozona. Supongamos que acordamos los grandes pasos futuros de la integración para las decisiones económicas europeas como parte de esa resolución. En ese momento, tendremos que estar razonablemente seguros de que la unión política va a obtener el acuerdo necesario. En caso contrario, nos encontraremos con unos referendos perdidos y de nuevo en una crisis, esta vez sin una salida clara.

Un comentario final en medio de toda esta angustia por la crisis. A pesar de la situación y las dudas actuales, debemos ser conscientes de que la razón fundamental y profunda para la existencia de Europa y su unión es más sólida que nunca.

A los ultra euroescépticos -es decir, los que se oponen a todo el proyecto europeo- no les acompaña la historia. El argumento del siglo XXI a favor de Europa no es una cuestión de guerra o paz sino una cuestión de poder o insignificancia.

Un siglo XXI con China e India, que con el tiempo, a medida que varíen el PIB y el tamaño de la población, se convertirán en enormes potencias económicas y políticas, y detrás de ellas irán Brasil y Rusia, un país como Indonesia, con una población el triple de la de Alemania, y naciones como México, Pakistán, Nigeria y Vietnam, todos ellos más grandes que cualquier país europeo. En esta nueva geopolítica del siglo XXI, Europa otorga peso, multiplica las oportunidades y es conveniente para sus miembros individuales.

En definitiva, Europa es la idea acertada en el momento oportuno y en el espacio geográfico adecuado, entre Oriente y Occidente.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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