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20/11/2015 07:00 CET | Actualizado 20/11/2016 11:12 CET

París, violencia y democracia

Es más factible que la violencia aparezca en territorios en los que el Estado no la puede controlar o que no están gobernados por democracias, y es normal que no nos cause tanta conmoción como cuando surge en democracias avanzadas. Por eso quizá nos sorprenden y nos golpean más hechos como los de París, que lo sucedido en Beirut un día antes, o en Kenia.

EFE

A Max Weber, el famoso sociólogo, historiador y jurista alemán, le debemos una de las definiciones más famosas de Estado: "Aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima". Legítima, en la medida en que el pueblo acepte la existencia de ese monopolio exitosamente y sin problema, en una especie de pacto hobbesiano.

Ese monopolio de la violencia no comprende su eliminación sino su institucionalización, a fin de controlarla y gestionarla. Se crean organismos y se nombran funcionarios que se encarguen de ella, a fin de utilizarla, evitarla o repelerla cuando sea el caso.

Para Robert Dahl, referente obligado para definir democracia, es justamente este tipo de régimen el más apropiado para gobernar el Estado, porque si éste tiene el monopolio de la fuerza, la coerción y la violencia, es importante determinar claramente límites e instituciones para su ejercicio, como lo hace la democracia. Si el Estado está en manos de gobiernos autocráticos, lo más probable es que la violencia se utilice para fines protervos y despóticos.

Por otro lado, a nivel mundial, encontramos datos empíricos sumamente concluyentes de que, en los países en desarrollo, el control que de la violencia puede hacer el Estado es muy precario, y que en las democracias más antiguas y avanzadas económicamente es en donde la amenaza de una violencia descontrolada es más remota. Es poco probable (aunque puede pasar) que haya un trastorno violento que modifique sustancialmente ese tipo de régimen o su forma de vida.

La violencia, en territorios en los que el Estado no la puede controlar o que no están gobernados por democracias, es más factible que aparezca sin causarnos tanta conmoción como cuando surge en democracias avanzadas.

Es por esto que el número de personas que tratan de emigrar a democracias más antiguas y desarrolladas ha ido en aumento durante las últimas décadas, alcanzado picos históricos en los últimos meses, lo que ha generado una crisis humanitaria sin precedentes, con una inmanejable avalancha de refugiados que intenta escapar desesperadamente hacia Europa desde países y territorios en los cuales la violencia no tiene control alguno y campa sin límites en forma de represión, genocidio, limpiezas étnicas, hambre y otros horrores innumerables, pero sobre todo como fanatismo y e intolerancia religiosa, representados por agrupaciones como el Estado Islámico o Al Qaeda.

Es quizá por las razones expuestas, y esta es mi hipótesis, que nos sorprenden y nos golpean más hechos como los acontecidos el pasado viernes en París -capital de una de las democracias más antiguas -, que lo sucedido en Beirut un día antes, o en Kenia.

No creo que nos aflijan menos los muertos ni que seamos insensibles al dolor humano, pero pienso que la violencia, en territorios en los que el Estado no la puede controlar o que no están gobernados por democracias, es más factible que aparezca sin causarnos tanta conmoción como cuando surge en aquellas democracias más avanzadas, como pasó en París, y antes en España, o EEUU.

Reconozco que mi teoría podría estar equivocada y que necesitaría comprobarla empíricamente, pero es chocante que haya gente imbuida de esa perniciosa superioridad moral, madre de la intolerancia (de la misma de la que huyen los refugiados, de la misma que provocó los atentados en París), que nos alecciona sobre cómo y de qué debemos condolernos o encolerizarnos.

Personas convertidas en censoras de la rabia y de la solidaridad. Pasó antes con la masacre de Charlie Hebdo y pasa ahora con los atentados en París. Individuos que piensan que, si no te indignaste con las matanzas de Beirut o Kenia, y te solidarizaste con su pueblo, no tienes derecho a hacerlo con los primeros.

Más allá de las consideraciones expuestas al inicio de este artículo, ¿en realidad alguien puede decirnos de qué indignarnos y de qué no? ¿Con quién solidarizarnos y con quién no? ¿Es dueño alguien de la verdad absoluta para determinar de qué está permitido escandalizarse y de qué dolerse?

No, en absoluto. Cada quien es dueño de sí mismo, de sus pensamientos e ideas, y de demostrar, como a bien tenga, qué le duele y qué no, y de buscar sus razones para aquello, como he pretendido yo en este artículo. Pensar lo contrario, creer que somos superiores porque nuestra solidaridad es "global" o pachotadas de ese estilo, lo único que demuestra es la misma intolerancia que ocasiona muertes como las de París, o las de Beirut, o las de Kenia.

Y es que el fanatismo y la intolerancia pueden hacer presa de nosotros en cualquier momento y por cualquier razón. Bien lo dice Amos Oz, en esa obrita maestra, Contra el fanatismo:

El fanatismo surge por doquier. Con modales más silenciosos, más civilizados. Está presente en nuestro entorno y, tal vez, también dentro de nosotros mismos. ¡Conozco a bastantes no fumadores que te quemarían vivo por encender un cigarro cerca de ellos! ¡Conozco a muchos vegetarianos que te comerían vivo por comer carne! Conozco a pacifistas deseosos de dispararme directamente a la cabeza sólo por defender una estrategia ligeramente diferente a la suya para lograr la paz...

Yo conozco a muchos que te tachan de hipócrita o de ignorante sólo por solidarizarte con la gente o los países que consideran equivocados. No caigamos en ese juego miserable y destructivo, que es justamente el que alimenta hechos horripilantes como los que ahora lamentamos.

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