El estallido de Ferran Torres, Trump y un thriller muy americano: así viví desde dentro la noche en la que España volvió a conquistar el mundo
Helicópteros sobrevolando el estadio, francotiradores en los tejados, carreteras colapsadas, una marea argentina, Donald Trump, un espectáculo al estilo Super Bowl y el rugido de miles de españoles cuando Ferran Torres marcó el gol que devolvió a España a la cima del mundo. Yo estuve allí.
Los helicópteros apenas se movían, pero permanecían suspendidos sobre el cielo de Nueva Jersey como en un 'opening' de esas películas de acción ambientadas en Nueva York y que todos hemos visto alguna vez. A pie de calle, policías cortando accesos, agentes armados en cada esquina y francotiradores apostados sobre los edificios que rodeaban el MetLife Stadium vigilando cada movimiento. Las carreteras estaban completamente bloqueadas y decenas de aficionados, resignados a que el tráfico no avanzaba, abandonaban los autobuses para recorrer andando los últimos metros hasta el estadio. Durante unos minutos era difícil saber si aquello era la previa de una final del Mundial o el rodaje de una superproducción de Hollywood.
La respuesta estaba a apenas unos cientos de metros. España y Argentina iban a disputar la final del Mundial y, además, Donald Trump asistiría al partido. Bastó esa combinación para convertir un encuentro de fútbol en una operación de seguridad gigantesca. La llegada del presidente estadounidense paralizó completamente los alrededores del estadio. Algunos amigos que todavía estaban atrapados en los autobuses me escribían mientras caminaban por el arcén intentando llegar antes del pitido inicial. Faltaban unos cuarenta y cinco minutos para el comienzo del partido y la sensación era que todo el estado de Nueva Jersey se había detenido durante unos instantes.
Dentro del estadio, el ambiente cambiaba por completo. Atrás quedaban los controles -solo era posible acceder con pequeños bolsos transparentes y después de superar varias inspecciones- para dar paso a un espectáculo que desde primera hora recordaba mucho más a una Super Bowl que a una final del Mundial. Música a todo volumen, pantallas gigantes, actuaciones, animación constante y fuegos artificiales componían una puesta en escena puramente estadounidense. Solo había un detalle que rompía ese decorado: el sonido de la grada. Porque, aunque el partido se jugaba a las puertas de Nueva York, por momentos daba la impresión de que el MetLife Stadium había sido trasladado a Buenos Aires.
El inolvidable gol de Ferran Torres
Bastaba levantar la vista para comprobarlo. Ocho de cada diez camisetas eran argentinas. Sus cánticos apenas cesaban y teñían de albiceleste un estadio en el que los aficionados españoles éramos claramente minoría. Sin embargo, nunca tuve la sensación de estar rodeado de rivales. Estaba rodeado de argentinos. Y no es lo mismo. Durante toda la tarde hubo bromas, conversaciones, fotos compartidas y un respeto mutuo que recordó que el fútbol también sabe ofrecer las mejores versiones de uno mismo. Quizá por eso, cuando horas después Ferran Torres rompió el equilibrio y el pequeño rincón español explotó de felicidad, la celebración tuvo un significado todavía mayor. No solo porque aquel gol acercaba una segunda estrella, también porque acababa de poner el broche a una noche que, mucho antes de que rodara el balón, ya parecía escrita por un guionista de Hollywood.
Mientras tanto, el MetLife seguía funcionando con esa eficiencia tan estadounidense que sorprende a cualquier europeo. En España, salir al descanso a por una cerveza suele significar asumir que igual no llegas al inicio de la segunda mitad. Allí era justo lo contrario. Decenas y decenas de puestos de comida y bebida repartidos por todo el estadio permitían que, pese a los casi 83.000 espectadores, en apenas cinco minutos uno pudiera comprar un perrito caliente, una cerveza y volver a su asiento sin apenas esperar. Otra cosa fue el precio. Casi 40 dólares por ese pequeño homenaje gastronómico -cerveza y perrito caliente- que, por unas horas, recordaba que también se estaba viviendo un Mundial en uno de los países más caros del planeta. El fútbol era universal. La factura, inequívocamente americana.
La organización tampoco dejó nada al azar durante el descanso. La FIFA había prometido un espectáculo al estilo Super Bowl y cumplió. En apenas diecisiete o dieciocho minutos apareció un escenario gigantesco en el centro del campo, comenzaron las actuaciones -Madonna, Shakira o Justin Bieber- y, casi sin que diera tiempo a asimilarlo, todo volvió a desaparecer para que el balón echara a rodar de nuevo con una puntualidad casi milimétrica. Desde la grada, sin embargo, la sensación era distinta a la que probablemente recibió quien seguía la final por televisión. Muchos aprovecharon ese tiempo para salir a comer, comprar recuerdos o simplemente estirar las piernas. El espectáculo parecía pensado, sobre todo, para las cámaras. En el estadio, la atención seguía puesta en otra cosa. Porque allí nadie hablaba de la música. Allí solo se hablaba de Messi, de Lamine Yamal y de una Copa del Mundo que estaba a cuarenta y cinco minutos de encontrar dueño.
Y es que el partido nunca dio la sensación de ser uno de esos encuentros destinados a quedar para la historia por la cantidad de goles. No fue el 3-3 inolvidable entre Argentina y Francia de Qatar. Fue una final diferente. Más cerrada, más táctica y mucho más tensa. España tenía el balón, imponía el ritmo y transmitía la sensación de estar un paso por delante, pero en una final del Mundial esa superioridad nunca ofrece tranquilidad. Bastaba una pérdida, un rechace o un destello de Messi para que todo pudiera cambiar en cuestión de segundos. Esa era precisamente la conversación que se repetía en los asientos de alrededor. Los argentinos confiaban en que su capitán encontrara una última genialidad. Los españoles mirábamos constantemente hacia Lamine Yamal esperando que apareciera uno de esos regates imposibles que parecen desafiar cualquier lógica.
Buen ambiente y deportividad en las gradas
Hasta que apareció otro protagonista. Ferran Torres había comenzado la noche sentado en el banquillo. Y quizá por eso su irrupción tuvo algo de inesperado. Cuando el balón acabó en la red durante la prórroga, durante unos segundos desapareció el 80% de aficionados argentinos que había dominado la noche solo se escuchó el rugido de los miles de españoles repartidos por el MetLife. Fue un grito corto, salvaje, casi liberador. El tipo de celebración que no solo festeja un gol, sino dieciséis años de espera. Miré alrededor y muchos argentinos se quedaron inmóviles, mientras yo recordaré de por vida las caras de quienes estaban entonces a mi lado. Algunos se llevaron las manos a la cabeza, otros simplemente guardaron silencio. Aun así, cuando el árbitro señaló el final, lo primero que escuché de varios de ellos no fueron excusas, sino felicitaciones. "España ha sido mejor", repetían con una deportividad que, en una noche tan cargada de tensión, decía mucho más que cualquier marcador.
Ni siquiera el pitido final permitió que la adrenalina desapareciera de golpe. Desde mi asiento se vio perfectamente cómo Leandro Paredes recorría varios metros con una intención muy distinta a la de felicitar a los campeones. Fue directamente a buscar a Eric García en una escena que contrastó con el ambiente de respeto que había predominado durante todo el encuentro entre ambas aficiones. Durante unos instantes pareció que la tensión acumulada durante más de dos horas iba a estallar también sobre el césped. No pasó a mayores, pero fue el único momento de toda la jornada en el que el fútbol dejó de parecer una fiesta para recordar que una final del Mundial también se juega con las emociones completamente al límite.
Cuando empecé a abandonar el MetLife Stadium, ya de madrugada en España, pero en el atardecer neoyorquino, volví la vista atrás una última vez. Los focos seguían iluminando el césped, todavía quedaban miles de aficionados cantando y los helicópteros continuaban suspendidos sobre el cielo de Nueva Jersey, como si aquella película no quisiera terminar. Durante unas horas, todo había tenido el aspecto de una superproducción: las carreteras bloqueadas, los francotiradores, los fuegos artificiales, Donald Trump, la música, una marea argentina llegada para convertir Nueva York en Buenos Aires y una selección española dispuesta a escribir su propio final.
Pero hay películas cuyo verdadero significado solo se comprende cuando aparecen los créditos. Cuando el ruido disminuye, las luces empiezan a apagarse y uno toma conciencia de lo que acaba de ver. Aquella noche yo no había asistido simplemente a un partido de fútbol, había tenido el privilegio de contemplar en directo uno de los grandes momentos de la historia del deporte español: la conquista de una segunda estrella dieciséis años después de Johannesburgo.
También había presenciado, probablemente, el último partido de Leo Messi en un Mundial. El jugador que durante tanto tiempo pareció capaz de cambiar cualquier guion con una genialidad abandonaba el escenario más grande derrotado, entre lágrimas, pero acompañado por el reconocimiento de un estadio que sabía que quizá acababa de despedir a una de las figuras más extraordinarias que ha conocido el fútbol. Frente a él, otra generación comenzaba a construir su propia leyenda. Una España joven, valiente, multicultural, divertida y reconocible, capaz de dominar al campeón y de resistir hasta encontrar el instante preciso para conquistar el mundo.
De Johannesburgo a Nueva York
Porque todas las grandes historias necesitan una escena que las haga eternas. España tuvo la suya en Johannesburgo, cuando Andrés Iniesta controló un balón en el área y lo convirtió en el gol con el que varias generaciones habían soñado durante toda su vida. Durante dieciséis años, aquel minuto 116 fue irrepetible. Hasta que en Nueva Jersey apareció Ferran Torres y el 106.
Había comenzado la final en el banquillo, lejos del foco que durante toda la noche persiguió a Messi y a Lamine Yamal, pero fue él quien terminó entrando en ese lugar reservado para quienes dejan de ser únicamente futbolistas y pasan a convertirse en parte de la memoria de un país. En un mito. Cuando su disparo acabó en la portería argentina, el tiempo volvió a detenerse, como afirmaba Iniesta. "Solo escuché el silencio". El pequeño rincón español del MetLife gritó por todos los que estaban celebrándolo a miles de kilómetros de distancia. Por quienes habían visto el partido en una plaza, en un bar, en una casa o abrazados a una radio. Por quienes recordaban perfectamente dónde estaban en 2010 y por quienes eran demasiado pequeños para haber vivido aquella primera estrella.
De Don Andrés Iniesta a Don Ferran Torres.
De Johannesburgo a Nueva York.
Del Soccer City al MetLife.
De una estrella que parecía inalcanzable a una segunda que confirma que aquello ya no fue un milagro aislado, sino la obra de una selección que ha aprendido a convivir con la grandeza.
Los jugadores levantaron la Copa mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo. Sonó la música que había acompañado a España durante todo el torneo y el césped se convirtió en una fiesta imposible de ordenar: futbolistas corriendo con banderas, familias entrando al campo, abrazos, lágrimas, fotografías y miles de teléfonos intentando atrapar un momento que ninguna imagen podrá reproducir exactamente. Porque una cámara puede guardar la vuelta olímpica, la Copa alzada o el rostro de los campeones. Lo que nunca consigue conservar del todo es el sonido de un estadio cuando comprende que está presenciando la historia. Reescribiéndola.
Testigo directo de un momento único
Como ocurre al final de Cinema Paradiso, hay recuerdos cuya verdadera dimensión aparece cuando uno mira hacia atrás y descubre que aquellos fragmentos forman parte de algo mucho más grande. Quizá dentro de muchos años se difuminen algunos detalles de este viaje exprés: el cansancio acumulado, los atascos de Nueva Jersey, los controles interminables o aquella cerveza y aquel perrito que costaron casi cuarenta dólares. Pero no se olvidará el instante en el que Ferran Torres marcó, ni la explosión de los españoles en la grada, ni la imagen de la Copa elevándose sobre el cielo de Nueva York. Ni la certeza de haber asistido a una fiesta única, una victoria memorable y una de esas noches que acompañan para siempre a quien tuvo la fortuna de vivirlas.
Al salir del estadio, Nueva York continuaba brillando al otro lado del río. Los coches volvían a atascarse, las sirenas seguían sonando y los helicópteros permanecían en el aire. La ciudad que tantas veces había servido como escenario para salvar al mundo regresaba poco a poco a la normalidad. Solo que esta vez no había superhéroes, persecuciones ni efectos especiales. Lo que había eran once futbolistas vestidos de rojo, un gol en la prórroga y una segunda estrella recién bordada sobre el escudo.
Las grandes películas terminan apagando las luces. Esta terminó encendiendo las de todo un país.