La selección española de todos: principios, valores, unidad y, sí, campeones del mundo; a qué quieres que te ganemos
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La selección española de todos: principios, valores, unidad y, sí, campeones del mundo; a qué quieres que te ganemos

Era el Mundial de las estrellas. El de Mbappé, Messi, Bellingham, Haaland o Neymar, pero un grupo de futbolistas ha roto cualquier guion establecido. Una gesta que señala que juntos somos más que cualquier individualidad.

La selección española levantando la Copa del Mundo.BSR Agency

Durante años, el fútbol pareció rendirse definitivamente a la dictadura de los nombres propios. Cada gran torneo se presentaba como un desfile de superestrellas —y no, no la de Aitana precisamente—, una competición diseñada para que el protagonismo recayera sobre los Messi, Mbappé, Haaland o Cristiano Ronaldo de turno. Entonces eran Maradona, Pelé o Zinedine Zidane. Los focos buscaban siempre al futbolista capaz de decidir un partido con una acción imposible, al genio destinado a ocupar portadas y campañas publicitarias. Mientras tanto, España emprendía un camino muy distinto. Más lento, menos estridente y, probablemente, menos atractivo para una industria obsesionada con los héroes individuales y con la venta de camisetas. Hoy, con la Copa del Mundo entre las manos, aquella apuesta parece haber encontrado su mayor recompensa: la copa más cotizada de la historia del deporte. La selección española ha demostrado que todavía es posible conquistar el fútbol desde una idea colectiva. Que un equipo puede seguir siendo más poderoso que cualquier estrella.

El triunfo de España no empieza el día de la final. Ni siquiera el día en que Luis de la Fuente asumió el banquillo de la absoluta y emprendió su gesta para ganar la Eurocopa de 2024. La historia comienza mucho antes, en los campos de entrenamiento de Las Rozas, en los Europeos sub-17, sub-19 y sub-21, donde una generación de futbolistas fue creciendo casi al mismo tiempo, compartiendo vestuario, aprendiendo los mismos automatismos y, sobre todo, entendiendo el fútbol de la misma manera: la del equipo. Mientras otras selecciones reunían a jugadores que apenas coincidían unas pocas semanas al año, España llevaba años construyendo una convivencia deportiva. Cuando esta generación salta al césped no necesita presentaciones. Muchos de ellos se conocen desde la infancia: Cubarsí o Lamine Yamal llevan jugando juntos prácticamente desde que tienen uso de razón —literalmente desde los 7 años—. Han celebrado títulos juntos, han sufrido derrotas juntos y han aprendido a competir juntos. Ese tiempo compartido no aparece en las estadísticas, pero explica buena parte de lo que ocurre sobre el terreno de juego y la complicidad entre todos. Aquella que fue capaz de desarmar a Francia o que ha hecho que Argentina no dispare prácticamente a puerta en 120 minutos. 

En cada presión coordinada, en cada cobertura defensiva o en cada ataque elaborado aparece esa memoria colectiva. Los movimientos parecen naturales porque llevan años repitiéndose. No hay necesidad de improvisar complicidades; simplemente reaparecen. Esa es una de las grandes ventajas de una selección joven que, lejos de ser una promesa de futuro, se ha convertido en una realidad competitiva que ya ha bordado la segunda estrella sobre el escudo y que venía de ser campeón de Europa. La juventud de esta plantilla nunca fue un problema. Al contrario. Su falta de complejos, su ambición, desparpajo y la confianza nacida de tantos años compartidos terminaron convirtiéndose en una ventaja frente a rivales con mucho más nombre, pero con menos recorrido común.

Nico, Lamine, Fabián, Gavi y los demás 

Si esta selección representa algo más que un equipo de fútbol es porque también refleja la sociedad española del siglo XXI. En ella conviven historias personales muy diferentes que encuentran un mismo punto de encuentro bajo la camiseta roja. Lamine Yamal simboliza como pocos esa nueva generación de españoles que ha crecido entre culturas distintas y que entiende la diversidad con absoluta naturalidad. Hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana, formado futbolísticamente desde niño en España, su irrupción no habla sólo de un talento extraordinario, sino también de un país capaz de integrar y ofrecer oportunidades. Todo ello bajo principios sólidos: nunca olviden quién ondeó la bandera de Palestina en la rua de la Liga 2025/26 ganada por el FC Barcelona o quien presume de hermano sabiendo la vida que han tenido para rozar la gloria. 

  Nico Williams y Lamine Yamal, campeones del mundo.Getty Images

Algo parecido sucede con Nico Williams, cuya historia trasciende el deporte. Sus padres abandonaron Ghana y atravesaron durante meses algunos de los trayectos migratorios más duros del continente africano hasta llegar a España en busca de un futuro mejor. Fue Williams quien precisamente le entregó la medalla de oro a su madre, aquella que se jugó la vida para dársela a él y a su hermano, Iñaki Williams. Años después, uno de sus hijos levanta la Copa del Mundo con la selección del país que acogió a su familia. Resulta difícil encontrar una imagen más poderosa de integración, esfuerzo y pertenencia. 

O quizá sí, con este mensaje en redes sociales de su hermano al día siguiente de ser campeón: "Hermano, has ganado el mundial. Has hecho historia. Pero más allá del trofeo, gracias por esto: has hecho que millones de inmigrantes como nuestros padres se sientan orgullosos de que sus futuros hijos algún día puedan vivir lo que tu has vivido y de que millones de españoles empaticen con nuestra historia que no es solo la nuestra sino la de todas las personas que dejan todo atrás por un futuro mejor, porque has tocado el cielo con los dedos y has demostrado que con trabajo y esfuerzo todo es posible".

Fabián también es un jugador que ha dejado huella en el terreno. Fue protagonista de la polémica de los subtítulos cuando en un documental de RTVE se los añadieron a su madre. Ella ha sido limpiadora toda su vida y metía dinero en casa cuando resultaba prácticamente imposible. Siempre puso esfuerzo extra para que su hijo, actualmente campeón del mundo, pudiera cumplir el sueño de llegar a ser futbolista de élite. Al igual que Gavi, que como Fabián provienen de Los Palacios y Villafranca y su familia es de clase trabajadora. O Borja Iglesias, aquel que renunció a asistir a la selección española hasta que no cambiara la organización desde dentro tras lo sucedido en la final del Mundial 2023 en Sídney con Luís Rubiales y Jenni Hermoso. Las historias dentro de la selección son tan diversas como jugadores hay en la plantilla. Durante el Mundial desde El HuffPost hemos contado algunas: Ferran, Oyarzabal, Rodri...

Lejos de convertirse en un elemento de división como asegura habitualmente la extrema derecha, esa diversidad y pluralidad de raíces ha fortalecido al grupo. En un vestuario donde conviven acentos, orígenes, religiones, ideologías y trayectorias vitales muy distintas se deja sobre el césped una lección de vida, algo que trasciende a lo deportivo o que, mejor dicho, se potencia con lo deportivo: lo único verdaderamente importante siempre ha sido el compromiso con el compañero. Sea quien sea. España no ha necesitado fabricar discursos sobre la unidad porque la ha practicado desde dentro. Cada futbolista ha entendido que el éxito individual solo tenía sentido si contribuía al colectivo. Quizá por eso las celebraciones, los abrazos y la forma de entender el juego han transmitido una sensación poco habitual en el fútbol moderno: la de un equipo en el que nadie necesitaba demostrar que era más importante que el resto. Porque todos eran uno y porque uno eran todos. 

Luis de la Fuente o el padre de una generación

Todo ese trabajo encuentra una figura imprescindible en el banquillo. Luis de la Fuente ha sido mucho más que un seleccionador. Ha sido el hilo conductor de una generación entera, el padre de muchos de ellos —futbolísticamente hablando, claro—. Antes de levantar la Copa del Mundo ya había entrenado a buena parte de estos jugadores cuando apenas eran adolescentes. Los vio crecer, equivocarse, ganar y madurar. Conocía sus virtudes, pero también sus inseguridades. De ahí que nadie en ese vestuario se escandalizara por cambiar a Pedri ya empezado el Mundial o que Ferran consiguiera su ansiado gol en el momento más decisivo. Esa cercanía le permitió construir una relación basada en la confianza mucho antes de asumir la dirección de la absoluta. Cuando muchos reclamaban un entrenador con mayor cartel internacional, la Federación apostó por quien mejor conocía el proyecto desde dentro. Alguien de la casa que supiera manejar el talento que tenía entre manos. El tiempo ha terminado convirtiendo aquella decisión en uno de los mayores aciertos del fútbol español.

  Pedri levantando la Copa del Mundo junto a sus compañeros de selección.ETSUO HARA

De la Fuente nunca necesitó convertirse en protagonista. Mientras otros entrenadores construyen equipos alrededor de una figura diferencial como Messi o Mbappé, él levantó un modelo donde todos eran importantes. Nadie era imprescindible y, precisamente por eso, todos terminaban sintiéndose imprescindibles. Cualquiera podría entrar y ser el jugador decisivo, sólo hay que ver el gol de Ferran en el minuto 106 de la prórroga ante Argentina o sólo hay que ver que muchos de los grandes nombres como Lamine o Nico venían de lesión. La gestión del grupo fue tan decisiva como el planteamiento táctico. Cada futbolista entendía cuál era su papel, aceptaba su responsabilidad y estaba dispuesto a asumirla sin importar los minutos que le correspondieran. Esa cultura del esfuerzo compartido terminó siendo una de las grandes diferencias respecto a otras selecciones repletas de talento, pero demasiado dependientes de sus grandes estrellas.

Frente a la España de la unidad aparecían algunos de los mejores futbolistas del planeta. Messi seguía siendo el símbolo eterno del talento. Mbappé representaba la velocidad y el desequilibrio de quien ya se sabe campeón. Haaland, la potencia goleadora casi inabarcable que ha puesto a Noruega en el mapa del fútbol. Cristiano Ronaldo, la ambición competitiva llevada al extremo con 41 años. Bellingham y el príncipe al que se ha entregado toda Inglaterra. Entre ellos se han repartido la mayoría de goles del torneo. Sin embargo, mientras muchos esperaban que alguno de ellos decidiera los partidos por sí solo y pudiera levantar el ansiado trofeo, España ha repartido el protagonismo entre todos. Un día aparecía Mikel Oyarzabal y sus goles claves. Otro, Cubarsí salvando un gol bajo palos. Al siguiente, Fabián deslumbraba al mundo dominando el ritmo del encuentro o Nico Williams sacrificándose en tareas defensivas recién salido de lesión. Ningún nombre ha sobresalido por encima del escudo. Y precisamente ahí ha residido la mayor fortaleza del campeón.

La lección más allá del deporte

Este Mundial deja una lección que trasciende el deporte. En una época dominada por el individualismo, la selección española ha recordado que los grandes proyectos siguen construyéndose desde la confianza mutua, el trabajo constante, la generosidad y la solidaridad de todos para con todos. Ha demostrado que el liderazgo no consiste en acaparar protagonismo, sino en conseguir que todos crean en una misma idea: que juntos y sólo juntos pueden ganar. Que la diversidad y los valores son una ventaja y más si existe un objetivo compartido. Que la juventud no es una limitación cuando va acompañada de formación, valores y grandes líderes como Rodri. Y que los equipos capaces de anteponer el "nosotros" al "yo" siguen marcando la diferencia, como con casi todo en la vida.

España es campeona del mundo. Lo es, naturalmente, por la calidad de sus futbolistas. Pero, sobre todo, porque ha recuperado algo que durante demasiado tiempo pareció olvidarse entre cifras millonarias, premios individuales, pausas de hidratación y campañas publicitarias como sólo Estados Unidos sabe hacer: que el fútbol sigue siendo un juego colectivo. Y cuando un grupo consigue convencerse de ello hasta las últimas consecuencias, ni el mejor jugador del planeta resulta tan decisivo como un vestuario unido. Esa es la mayor victoria de esta selección. Esa es la verdadera lección de los campeones del mundo: que unidos siempre fuimos, somos y seremos más. 

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Redactor de Política en El HuffPost. Graduado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado en elDiario.es, El Confidencial y Redacción Médica. Además de la actualidad política e informativa, ha cubierto efemérides como la DANA o la erupción del volcán de La Palma, realizado entrevistas a raperos o elaborado reportajes sociales, especialmente sobre migración y vivienda.

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