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24/10/2019 07:20 CEST | Actualizado 24/10/2019 07:20 CEST

Reaprender a convivir

Reaprender a convivir con nuestra diversidad (ya sea nacional, lingüística, identitaria o de ideas): esa es la gran tarea, esa la gran prioridad.

JFLA

En momentos en que el Pleno del Parlamento Europeo (PE), reunido en Estrasburgo, se dispone a hacer balance de la Comisión saliente y a delinear prioridades y retos inaplazables para la Comisión entrante, me encuentro entre quienes ven en un virulento rebrote de nacionalismo excluyente, insolidario y distópico, con una grave ofensiva a los valores fundantes de la integración europea bajo la regla del derecho, el más feo desafío para nuestra convivencia en el tiempo venidero. Nudo gordiano y encrucijada de los problemas y males que se han agolpado en el curso de estos últimos años, al hilo de las igualdades y la indignación causadas por la irrefrenada erosión de nuestra cohesión social. 

La integración en la UE ni se define ni se agota por el mercado interior ni la moneda única: se fundamenta en valores y principios compartidos: imperio de la ley (Estado de derecho, Rule of Law), democracia (no cabe lo uno sin lo otro: ni hay democracia sin ley ni ninguna mayoría puede decidir contra las reglas de juego ni contra los derechos de los demás), derechos fundamentales garantizados por un poder judicial independiente con todas sus garantías, pluralismo, protección de minorías y tutela de la oposición, no vale cansarse de repetirlo.

Una prolongada crisis, la década que arrancó mal desde la Gran Recesión desatada en 2008, ha sacudido los cimientos de la confianza mutua y la voluntad de Europa, generando divisiones, fracturas y resentimientos que van dejando tras de sí un reguero de perjuicios morales -ergo sociales- de tanto alcance y calado que es difícil evaluar todavía hoy el dammage assessment, esto es, el balance de daños.

El daño sistémico causado se hace especialmente emblemático en la ola antieuropea -pero, paradójicamente, pandémica en toda la UE- de nacionalpopulismo. Con variaciones que van por barrios, por todas las esquinas de Europa, un brebaje de nacionalismo reaccionario, retóricas populistas (¡son “ellos” contra “nosotros”!) y xenofobia cada vez menos disimulada.  En tiempos de transición -todavía se despide la Comisión saliente (Com Juncker 2014-2019), mientras calienta banquillo la próxima Comisión entrante (Com Von der Leyen 2019-2024)-, el interminable Brexit continúa siendo un episodio álgido en tan inquietante deriva. Pero, lamentablemente, dista de ser el único ni es tampoco el más cercano. 

Las tentaciones de la historia no acaban de conjurarse nunca del todo ni para siempre.

En un ejemplo paroxístico del daño que a la integración europea causa la negación de sus valores fundantes, en Reino Unido germinó, al explosivo rebufo de bulos, desinformación e intoxicaciones trufadas de falsedades que muerden antiguos prejuicios y miedos no cicatrizados (la UE es una “Unión Soviética”, “dictadura burocrática” y “opresiva” que “roba” masivamente recursos que serían prosperidad al día siguiente de “recuperar el control y la soberanía” disolviendo todo vínculo y toda solidaridad con “extranjeros” estigmatizados como “parasitarios”) , una sociedad dividida prácticamente en dos mitades cada vez más enconadas hacia la mutua intransigencia: quienes desean disfrutar su ciudadanía británica conjuntamente a la europea, y quienes optan por romper toda oportunidad a las identidades compatibles. 

Buena parte de estos últimos, encerrados en una espiral de fabricaciones y odios anónimamente propaladas en las redes sociales, se escora, en discursos y gestos, hacia una eurofobia que excede los límites de la antipatía (teórica) hacia la “idea de Europa” para incursionar abiertamente en la hostilidad (física y química) contra los europeos de carne y hueso: contra su ciudadanía, contra sus representantes, y contra sus Estados miembros (EEMM).

Lamentablemente, eso es lo que, más pronto que tarde, acaba por suceder cuando se desatan los demonios del nacionalismo excluyente. La pretensión de que las identidades se excluyen y se niegan mutuamente, sin concesión a espacio alguno para su convivencia, no solamente es contraria a la razón sino también a la evidencia del progreso por la civilización que emancipa de servidumbres atávicas. Quienes con entusiasmo rayano en el fanatismo se autoproclaman imbuidos de alguna mismidad excluyente -e incompatible por tanto con cualquier diversidad o diferencia ajena- pasan a ser, por eso mismo, presa vulnerable y fácil de tiranías mucho peores de las que dicen a gritos detestar: la del supremacismo de su alegada identidad (nacional, étnica, lingüística, racial, religiosa, ideológica...); la intolerancia hacia el otro (un señalado enemigo), la demagogia que conduce al totalitarismo tal y como suele hacerlo, por medio de la exaltación irracional de un supuesto unanimismo, o, lo que es decir lo mismo, la negación del pluralismo. 

Ha pasado muchas veces y nadie debe cansarse de recordarlo. Ni de repetirlo tampoco cuantas veces haga falta: las tentaciones de la historia no acaban de conjurarse nunca del todo ni para siempre. Pueden regurgitar bajo apariencias mutantes: mudando pues de consignas, de ritos o de uniformes, incluso con nuevas banderas. Pero no encubren el peligro de examinar a cada cual (puede ser que a ti, o a mí...es solo cuestión de tiempo) de “lealtad” a la causa para la que se nos exige “adhesión inquebrantable”, ciertamente amenazante para la democracia en una sociedad abierta y, por lo tanto, plural. 

Reaprender a convivir con nuestra diversidad (ya sea nacional, lingüística, identitaria o de ideas): esa es la gran tarea, esa la gran prioridad.

Con todo, que esa profesión de fe se exija respecto de un credo, una bandera o una nación por la que sus sujetos se reputan diferentes y además incompatibles frente a toda convivencia con quienes no compartan ese mismo sentimiento de pertenencia exclusiva y excluyente frente al otro, no es lo más determinante. Lo más tremendo, y terrible, es que semejante deriva se acompañe con eslóganes remotamente conexos a valores elevados -como los de “soberanía”, “libertad”, “independencia”, “República”-, sin disimular, sin embargo, el carácter reaccionario de su involución social. Así lo evidencia el recurso a retóricas de desprecio de quien lleve la contraria (preludio de su ulterior deshumanización para así favorecer su aplastamiento sin cuartel).

El resultado contrastado, muchas veces en la historia, de esa espiral de intolerancia fanatizada frente al otro al que se quiere enemigo, no tiene nada que ver con la emancipación frente a la opresión, ya sea real o inventada por y para el movimiento de marras o de que se trate. Ni con ninguna lectura seria de los preciados y genuinos valores republicanos: exigentes en civismo, respeto a la ley, laicidad... y descreimiento por tanto de ninguna fe o dogmática que se nos imponga a base de excluir ninguna otra.  

Reaprender a convivir con nuestra diversidad (ya sea nacional, lingüística, identitaria o de ideas): esa es la gran tarea, esa la gran prioridad.

Es desolador que, a estas alturas, debamos ocuparnos de este Brexit devenido en pesadilla interminable. Pero no hablaba tan sólo de este contraejemplo en la historia de lo que nos ha pasado y nos está pasando, de norte a sur de la UE, del este al oeste de Europa.

 

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