El aliado invisible: el crucial y olvidado papel de España en el nacimiento de EEUU
Cuando se piensa en las naciones extranjeras que permitieron el nacimiento de la mayor potencia del mundo, el imaginario apunta a Francia. Sin embargo, nuestro país puso mucho, y aún perdura su huella. Hasta el dólar tiene impronta ibérica.
Cuando se piensa en los aliados extranjeros que permitieron el nacimiento de Estados Unidos, hace 250 años este sábado, el imaginario colectivo suele apuntar de inmediato hacia Francia. Ahí está el regalo de la Estatua de la Libertad, en Nueva York, como el mayor icono de ese apoyo, pero también resuenan nombres como el del marqués de La Fayette, que ocupan un lugar de honor en los libros de texto estadounidenses.
Sin embargo, en las sombras de la geopolítica del siglo XVIII, hubo otra potencia borbónica cuya intervención financiera, logística y militar resultó determinante para doblegar al Imperio británico: es España, claro.
Durante décadas, la historiografía anglosajona ha tendido a difuminar la participación de Madrid en la Revolución Americana, retratándolo como un actor secundario o un mero apéndice de los intereses de París. Pero los registros históricos dibujan una realidad muy distinta: sin las rutas de suministro españolas y la apertura de nuevos frentes de batalla, el ejército de George Washington difícilmente habría sobrevivido a los peores años de la contienda. Un especial publicado por la Real Academia de la Historia con motivo del aniversario de este año lo recuerda con detalle, por ejemplo.
Mucho antes de que la Corona española declarara formalmente la guerra a Reino Unido en 1779, el apoyo ya fluía de manera clandestina a los rebeldes que, poco a poco, empezaban a organizarse contra la monarquía colonialista y su rey de entonces, Jorge III, que los tenía asediados a impuestos y sedientos de derechos. Consciente de que una confrontación directa con Londres requería preparación, el rey español, Carlos III, optó inicialmente por una estrategia de guerra encubierta, más prudente.
A través de redes comerciales secretas y de la hábil gestión de negociantes como el bilbaíno Diego de Gardoqui, toneladas de pólvora, miles de mosquetes, uniformes, medicinas y mantas comenzaron a llegar a los puertos rebeldes. Los envíos se canalizaban estratégicamente desde el puerto de la capital vizcaína y las colonias hispanas en el Caribe. De allí, hacia el frente norteamericano. Este flujo no se limitó a pertrechos. Los préstamos y donaciones de plata española también oxigenaron las exhaustas arcas de las 13 colonias (las originales, las que dieron lugar a las barras y estrellas de la bandera que aún perdura), permitiendo sostener la debilitada moneda continental y pagar a las tropas en momentos críticos de desmoralización y estancamiento.
The Spanish Legacy explica que, junto a Gardoqui, fue fundamental la figura del alicantino Juan de Miralles. El de Petrel "era uno de los comerciantes cubanos con mayor éxito empresarial, tenía buenos contactos trasatlánticos y dominaba el inglés y el francés. Dadas sus indudables capacidades y su probada lealtad a España, Miralles recibió instrucciones para establecer contactos informales con el Congreso Continental como comisario regio de Carlos III y encargarse de canalizar la ayuda española, misión que cumplió con tal acierto que su papel puede considerarse crucial para el éxito de la causa estadounidense", señala.
El trío esencial de asistentes en lo pecuniario se completa con el militar y diplomático sevillano Francisco de Saavedra, hombre de confianza de hasta tres monarcas: Carlos III, Carlos IV y Fernando VII. En concreto, desde su cargo de comisionado regio y enviado del mejor alcalde de Madrid, organizó y garantizó el envío de recursos desde España y Cuba. Así se sostuvieron, sobre todo, las campañas militares contra las tropas británicas en el Golfo de México y la Florida, debilitando la posición de Londres durante el conflicto.
Bernardo de Gálvez y la distracción del sur
Madrid entró oficialmente en el conflicto mediante el Tratado de Aranjuez. Se trata de un acuerdo secreto, firmado el 12 de abril de 1779 entre España y Francia, por el que Madrid reconoció de facto la causa de las colonias, sumándose al reconocimiento previo que París había hecho en 1778. Los vecinos y aliados acordaron incluso invadir conjuntamente las islas británicos -aunque ese paso nunca llegó a darse- y cortar las líneas de suministro británicas. A cambio de su participación, nuestro país pretendía debilitar a la monarquía enemiga -los famosos perros ingleses- y recuperar territorios estratégicos perdidos. La apuesta le salió bien en parte. A partir de ese momento, la contienda dejó de ser una rebelión colonial para convertirse en una guerra global.
El gran artífice de la campaña militar española en suelo americano fue el joven gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez. El malagueño (de Macharaviaya era) comprendió que la mejor forma de ayudar a Washington y a su gente era obligar a los británicos a dispersar sus fuerzas. Con un ejército multiétnico compuesto por soldados regulares, milicianos locales, afrodescendientes y voluntarios indígenas, el español lanzó una ofensiva fulminante a lo largo del río Misisipi y el golfo de México.
Su victoria más resonante tuvo lugar en 1781 con la captura de Pensacola, una plaza fortificada clave en la Florida occidental. Esta campaña militar no sólo expulsó a los británicos del flanco sur, sino que impidió que el general Charles Cornwallis recibiera los refuerzos marítimos que tan perentoriamente necesitaba, facilitando indirectamente el triunfo definitivo de las tropas insurgentes en la decisiva batalla de Yorktown.
Como explica el Instituto Franklin, "los fondos facilitados por España desde Cuba y México permitieron a la armada francesa bloquear la bahía de Chesapeake, lo que fue determinante" para dicha victoria.
Ahora, en una esquina de Washington D.F., un mural del autor de cómic e ilustrador Paco Roca recuerda a De Gálvez como un héroe de dos naciones.
Bautizo a la malagueña
El de Luis de Unzaga y Amézaga, también malagueño, es otro de esos nombre casi olvidados que fueron determinantes en la historia de los nacientes EEUU. Como recuerda el Hispanic Council, fue escalando puestos dentro del ejército hasta que en 1770 fue nombrado gobernador titular de Luisiana, donde abolió la esclavitud, permitió el libre comercio con los nativos y creó el primer sistema educativo público bilingüe del mundo en español y francés.
Se mantenía, mientras, muy al tanto de los movimientos de corte rebelde que se gestaban en las 13 colonias británicas y por eso estaba bien situado cuando llego el levantamiento. Tenía buenos partes y buenos contactos, fue previsor. "Unzaga decidió apoyar la revolución de manera indirecta mientras reorganizaba el territorio bajo su control. Para ello, creó fuertes con el objetivo de fortalecer su defensa y servir como núcleos de intercambio de información, nutriendo una red de espías que permitía al gobernador conocer de buena mano qué ocurría en el frente", explica el organismo.
Suyo fue el hombro, la muleta, pero también el bautizo del país como tal, con el nombre que hoy conocemos. Según la Luis de Unzaga Historical Society, tenía una red de informadores que le permitía estar en contacto con los altos oficiales de las milicias rebeldes. Y fue en la primera etapa de la guerra cuando entró en contacto con Charles Lee, un destacado mando continental -que rabiaba por estar a la sombra de Washington, pero esa es otra historia-. En el verano de 1776, el español le dirigió una carta con el tratamiento de "general de los Estados Unidos Americanos". Con él empezó todo.
"Esta era la primera vez que un representante de una potencia europea, ya que Unzaga era gobernador y general de la Luisiana española, aceptase así la existencia y nacimiento de la nueva nación norteamericana", se explica. Este es el primer reconocimiento de EEUU y a Lee le resultó tan "positivo y halagüeño", que se lo transmitió literalmente a Joseph Reed, el edecán de George Washington, y poco después el propio George Washington, el que luego se convertiría en el primer presidente de la nación recién parida, leyó esa misiva que había llegado a su despacho, creyendo que iba dirigida a él.
"De esta forma, Unzaga no sólo fue pionero en usar el nombre del país sin estar precedido por el adjetivo numeral cardinal 'Trece' (o 'Thirteen'), sino que también fue el primero en emplearlo en español". Tal denominación doble implicaba que Unzaga "les reconocía como nación y no como un grupo de rebeldes". Nadie cambió el nombre que un español le dio.
Un juego de ajedrez geopolítico
Para España, el respaldo a los revolucionarios no nació de una simpatía ideológica por la causa republicana -que, de hecho, sembraba una semilla peligrosa para sus propios dominios americanos, que poco a poco, con ese riego, fueron pidiendo independencia en pocos años-, sino más bien de un frío cálculo estratégico. El objetivo primordial de la monarquía patria era debilitar la hegemonía naval británica y recuperar territorios.
Al concluir las hostilidades con el Tratado de París, en el año 1783, España logró recuperar la soberanía sobre las Floridas y Menorca, consolidando su control sobre el golfo de México, aunque el Peñón, enclavado junto a la provincia de Cádiz, permaneció bajo pabellón británico. No cayó ni ha caído aún y ahora hay Brexit, Unión Europea, verjas y acuerdos.
Pese a que las tensiones fronterizas posteriores y el propio devenir de la historia norteamericana ensombrecieron este capítulo, el reconocimiento de la época fue explícito: el propio Washington, Padre Fundador de EEUU además de líder militar de aquella contienda, llegó a marchar junto a Gálvez en los desfiles de la victoria, y el Congreso estadounidense prometió un retrato del general español en sus paredes, un juramento que la diplomacia moderna tardó más de dos siglos en ver materializada.
Washington fue más allá y queda acreditado que reconoció públicamente que sin el vital apoyo logístico, financiero y militar de España, lograr la victoria y la independencia habría sido prácticamente imposible. De las mantas, la munición, el vestuario y el dinero, a la victoria final.
Una huella que perdura
Desde la Embajada de España en EEUU, que comanda Ángeles Moreno Bau, han lanzado estas semanas en redes sociales una iniciativa denominada 250 Did you know? Spain-US Facts, con la que se recuerda esta historia común y un buen puñado de curiosidades fascinantes, que evidencian que la huella, incluso previa a la independencia, se mantiene pese a los siglos transcurridos.
Una de las historias más comentadas glosa la influencia española el dólar, la moneda norteamericana, la divisa que domina las transacciones comerciales y bursátiles ennel mundo. "El dólar moderno se basa en una moneda española usada en todo el mundo hace siglos. El dólar español ("pieza de ocho"), estandarizado por primera vez en 1497, se convirtió en la primera moneda mundial, ampliamente utilizada en Europa, América e incluso Asia debido a su confiable contenido de plata", se explica en Instagram. "Permaneció de curso legal en los Estados Unidos hasta 1857 y fue tan influyente que inspiró el dólar estadounidense, cuyo símbolo mantuvo los pilares de Hércules y la leyenda del sello español simplificados como una S", añade la cuenta.
En otra de las publicaciones reivindica el "código legal español del siglo XIII" que "aún influye en el derecho estadounidense actual", que no es otro que el código jurídico de Las Siete Partidas, redactado entre 1256 y 1265. "Compilado bajo el reinado de Alfonso X, (...) se convirtió en uno de los textos legales más influyentes de la España medieval. Sus principios moldearon posteriormente el derecho en los territorios españoles de América y continuaron influyendo en la tradición jurídica en lugares como Texas", explica la legación.
Hasta "el mapa sobreviviente más antiguo de América" fue dibujado por un explorador español. "Creado en 1500 por Juan de la Cosa, este mapa es la primera tabla conocida para representar el Nuevo Mundo. Basado en la exploración de primera mano, presenta las costas detalladas del Caribe junto a Europa y África, reuniendo al viejo y nuevo mundos en una sola imagen", se lee.
"Las Américas aparecen como una vasta masa terrestre verde que se extiende hacia el Atlántico, todavía parcialmente comprendida como una posible extensión de Asia, revelando cómo los europeos estaban empezando a interpretar estos territorios recién descubiertos", ahonda. Actualmente, este documento histórico clave se conserva en el Museo Naval de Madrid.
"Hoy, ese espíritu de cooperación se mantiene vivo en la profunda amistad, los lazos culturales y los valores compartidos que unen a España y Estados Unidos", defiende la embajada en sus redes. A veces no lo parece, a tenor de determinadas declaraciones del actual mandatario, el republicano Donald Trump. Pero no hay más que saber recordar.