El escenario que preocupa a los directivos europeos: que Trump ordene a Microsoft y Google que corten sus servicios a Europa de un día para otro y el continente se quede sin infraestructura tecnológica
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El escenario que preocupa a los directivos europeos: que Trump ordene a Microsoft y Google que corten sus servicios a Europa de un día para otro y el continente se quede sin infraestructura tecnológica

Esto podría ser devastador para todo el continente, ya que Europa no cuenta con alternativas realistas a día de hoy.

Edificio de Googledpa/picture alliance via Getty I

La creciente rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y Europa ha abierto un debate incómodo en las empresas del continente. En los últimos meses, algunos directivos europeos han comenzado a contemplar un escenario que hasta hace poco parecía improbable: que la administración de Donald Trump decidiera utilizar el poder de las grandes tecnológicas estadounidenses como herramienta política.

La hipótesis que circula en reuniones empresariales y foros políticos es clara: que Washington obligue a gigantes como Microsoft o Google a suspender o limitar sus servicios en Europa. Un movimiento de ese tipo podría dejar al continente, de un día para otro, sin parte de la infraestructura digital sobre la que funciona buena parte de su economía.

Aunque la mayoría de ejecutivos considera que se trata de una posibilidad remota, el simple hecho de que se discuta refleja hasta qué punto Europa depende de la tecnología estadounidense.

Una dependencia difícil de sustituir

Durante décadas, empresas europeas de prácticamente todos los sectores han construido su infraestructura digital sobre herramientas desarrolladas en Estados Unidos. Desde programas de oficina hasta plataformas de computación en la nube o servicios de inteligencia artificial, gran parte de las operaciones corporativas dependen de tecnología externa.

El problema es que reemplazar esas soluciones no sería sencillo. Ejecutivos de grandes compañías industriales, financieras y tecnológicas reconocen que Europa no cuenta todavía con alternativas equivalentes en muchos ámbitos.

Ilse Henne, directora ejecutiva de la división logística de Thyssenkrupp Material Services, lo resumía con claridad: actualmente el continente no está en condiciones de sustituir toda su infraestructura tecnológica por soluciones desarrolladas dentro de Europa. Para hacerlo harían falta inversiones masivas y un apoyo político sostenido durante años.

Este diagnóstico lo comparten muchas empresas. Según el banco alemán Commerzbank, la variedad y el grado de madurez tecnológica de los servicios que ofrecen compañías como Microsoft o Google todavía no tienen equivalente completo en el mercado europeo.

El impulso de la "soberanía tecnológica"

La preocupación empresarial coincide con un momento en el que las instituciones europeas están reforzando su discurso sobre la independencia digital. En Comisión Europea se trabaja en un paquete de medidas destinado a reforzar lo que Bruselas denomina "soberanía tecnológica".

El objetivo es reducir la dependencia de proveedores extranjeros, especialmente en áreas estratégicas como la nube, el software o la inteligencia artificial. La iniciativa pretende impulsar infraestructuras propias y fomentar la aparición de alternativas europeas.

Sin embargo, varias grandes empresas tecnológicas del continente han advertido de que un enfoque demasiado proteccionista podría tener efectos contraproducentes. Directivos de grupos como ASML, Ericsson o Capgemini han alertado de que levantar barreras podría elevar los costes y frenar la innovación.

El dilema es evidente: Europa quiere reducir su dependencia tecnológica, pero hacerlo demasiado rápido podría afectar a la competitividad de sus empresas.

El miedo al "interruptor de emergencia"

En este contexto ha surgido un concepto que cada vez aparece más en conversaciones estratégicas: el llamado "interruptor de emergencia".

La idea es que, en una situación de tensión geopolítica, Washington podría obligar a sus grandes tecnológicas a suspender servicios en determinados mercados mediante sanciones, controles de exportación u otras herramientas legales.

Para muchas compañías europeas, un corte repentino de servicios digitales sería extremadamente disruptivo. Cambiar de proveedor tecnológico no consiste simplemente en instalar otro programa: implicaría reconfigurar sistemas, formar a miles de empleados, renegociar contratos y adaptar software desarrollado durante años.

La investigadora Francesca Musiani, del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, explica que muchas multinacionales han construido incluso su modelo de negocio sobre tecnología procedente de Estados Unidos. Romper con esa base implicaría una transformación profunda.

Un equilibrio todavía por definir

El debate de fondo enfrenta dos prioridades estratégicas. Por un lado, reforzar la autonomía tecnológica europea para reducir riesgos geopolíticos. Por otro, mantener la competitividad de las empresas en un mercado global donde Estados Unidos y China lideran gran parte de la innovación digital.

Algunos expertos advierten de que confundir soberanía tecnológica con aislamiento sería un error. En un mundo interconectado, dicen, cerrar el acceso a la innovación global podría perjudicar más a Europa que a sus competidores.

La cuestión, por tanto, no es solo tecnológica, sino también estratégica: decidir hasta qué punto el continente quiere depender de proveedores externos… y cuánto está dispuesto a invertir para cambiar esa situación.

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