El mundo tras Maduro: cómo el ataque de Trump puede transformar (aún más) el orden global
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El mundo tras Maduro: cómo el ataque de Trump puede transformar (aún más) el orden global

La flagrante demostración de anarquía internacional del republicano en Venezuela acrecienta su enfoque amoral e imperialista de las relaciones con otros países y, por su éxito, alienta a otros totalitarios a hacer lo propio. Ojo a Rusia y China.

Unos manifestantes pisan un cartel con la imagen del presidente de EEUU, Donald Trump, durante una protesta por el arresto del venezolano Nicolás Maduro, el 6 de enero de 2026, en Yakarta (Indonesia).Willy Kurniawan / Reuters

Donald Trump ha atacado Venezuela y se ha llevado a su presidente, Nicolás Maduro, por muchas razones, ninguna especialmente edificante: porque quiere su petróleo, porque traslada un mensaje fácil y poco realista contra el narcotráfico y la inmigración -que fueron sus puntales de campaña-, porque contenta a los cubanos de Florida, porque tapa el escándalo del pedófilo Jeffrey Epstein y porque casa con su visión imperialista del planeta, entre otras cosas. La democracia, los presos políticos o la victoria de la oposición en las elecciones de 2024, ya tal. 

Mientras se cierran los primeros negocios sobre el crudo y la nueva presidenta venezolana, Delcy Rodríguez, se mueve entre marcar distancias y cooperar con la Casa Blanca, queda una certeza: que el golpe perpetrado el pasado fin de semana viene a transformar el orden mundial, ya profundamente alterado por el trumpismo tras el retorno al poder de su líder. 

Estamos ante una flagrante demostración de anarquía internacional por parte de la Administración Trump, que invita a otros estados rebeldes a seguir su ejemplo porque, al fin, ha sido exitosa. Y si lo puede hacer la primera potencia del mundo, saltándose a su propio Congreso, pisoteando la Carta de Naciones Unidas, amenazando de paso a otros socios hasta de la OTAN, como en el caso de Groenlandia que es su nueva diana, pues qué no podrán hacer mandatarios totalitarios como los de Rusia o China. 

Nada nuevo, pero más grave

No es nada nuevo que EEUU reemplace gobiernos que no le gustan, especialmente en Latinoamérica. Pero la llamada Doctrina Monroe, en sus diversas interpretaciones, tiene dos siglos de antigüedad. Ahora llega la Doctrina Donroe y recupera esos aires expansionistas de otro tiempo. Con un extra de peligro: la aventura caraqueña del equipo de Trump es particularmente descarada y llega en un momento precario para las relaciones internacionales, ya muy tocadas desde que el magnate retornó al Despacho Oval, en enero de 2024. Prima el individualismo frente al multilateralismo y se impone un estilo personal que rechaza mediaciones e intermediarios y, lo que es peor, la prudencia y el derecho internacional.

En el país caribeño, el mandatario de EEUU ya acumulaba posibles delitos de asesinato, piratería y extorsión, desde que este otoño emprendió su campaña militar contra barcos que supuestamente portaban droga, operaciones que han dejado más de cien muertos y de las que no se han presentado pruebas hasta ahora, llevando a la oposición a hablar de "ejecuciones extrajudiciales". Ahora se ve que añadir un posible secuestro, el de Maduro, ya le parecía una anécdota extra. 

Oona Hathaway, profesora de la Facultad de Derecho de Yale y presidenta electa de la Sociedad Americana de Derecho Internacional, lo explica claramente en una entrevista con The New Yorker: "Lo peligroso aquí es la idea de que un presidente pueda simplemente decidir que un líder no es legítimo y luego invadir el país y, presumiblemente, poner en el poder a alguien favorecido por la Administración".

Nicolás Maduro y Cilia Flores, al llegar a Manhattan en helicóptero, escoltados por agentes federales, para su comparecencia ante el juez, el pasado lunes.XNY/Star Max/ Getty Images

La legalidad: ¿pero eso qué es?

La primera lección de este brave new world de Trump es que la legalidad internacional es, digamos, orientativa. La "Operación Resolución Absoluta" habrá sido ejemplar en lo referido al Ejército y la Inteligencia de EEUU, pero nada más. Su base legal es inexistente. "Les ha dado a Rusia, China y a cualquiera que quiera intentarlo una hoja de ruta para invadir países y capturar a los líderes que les desagradan, con una ilegalidad que, en comparación, hace que la invasión de Irak de 2003 parezca tan legalizada como una fusión bancaria", resume gráficamente el analista Tom Nichols, en The Atlantic.

Pongamos por delante que Nicolás Maduro no era, a ojos de buena parte de la comunidad internacional, un presidente legítimo. También, que avanza en su contra un proceso por posibles crímenes de lesa humanidad, que los informes de Amnistía Internacional o Human Rights Watch sostienen. Un dictador, dicen los opositores, esos a los que Trump no les va a dar nada de cancha por ahora. Y, sin embargo, su detención ha carecido de sustento legal y hasta moral, porque Trump no ha guardado ni las formas. A saber: 

  • No ha contado con el apoyo de la comunidad internacional, ni siquiera de sus aliados regionales, porque no informó a nadie de sus planes en soledad. 
  • Tampoco ha contado con el apoyo del propio Congreso norteamericano: por ley, el presidente necesita de dicha aprobación si se trata de una operación militar estadounidense en otro país. Marco Rubio, el secretario de Estado, ha argumentado que la acción del Gobierno no fue un acto de guerra, sino una "operación policial" y que el Departamento de Defensa simplemente protegió a los agentes que lo arrestaron. Por eso no se informó. Problema: así se podría "transformar prácticamente cualquier guerra en una operación policial acusando a los líderes opositores y alegando que las grandes fuerzas militares necesarias para asegurar el arresto del líder simplemente protegían a las fuerzas del orden", dice el New York Times.
  • Las acusaciones específicas de narcotráfico presentadas contra Maduro son consideradas por la mayoría de los expertos como endebles y no constituirían argumentos convincentes, ni bajo el derecho internacional ni el derecho estadounidense, para el ataque final. 
  • Venezuela no representaba una amenaza directa para EEUU, lo que podría haberse expuesto como excusa, pero no, las drogas no se consideran un peligro inminente. 
  • Las guerras deben tener una actuación legítima, no aventurera, contar con una causa justa de base y un propósito justo como fin. En reiteradas declaraciones, Trump ha dejado claro que su ansia por el petróleo venezolano es mayor aún que su deseo de llevar a Maduro ante los tribunales o de instaurar la democracia en Venezuela.
  • Los conflictos armados, además, exigen moderación de parte de los más poderosos (y EEUU es la mayor potencia de la Tierra) y una renuncia clara a imponer la voluntad propia porque sí, por puro beneficio. La paz mundial, extensa y duradera, se degrada si todo esto se supera. 
  • Trump atacó sin casus belli (motivo de guerra), sin una causa justa reconocida por el derecho internacional y la Carta de la ONU, que en su artículo 2 prohíbe la guerra de agresión; en el artículo 51 permite la legítima defensa individual y colectiva para mantener a raya a las grandes potencias, y en el Capítulo V establece un órgano (el Consejo de Seguridad) diseñado para mantener la paz. Marco hay, pero no era ese el que le cuadraba a Trump y se lo ha saltado.

El argentino Luis Moreno Ocampo, que fue el primer fiscal jefe de la Corte Penal Internacional (CPI), ha publicado en sus redes sociales una valoración sobre esa vertiente ilegal de la operación en Venezuela y sus consecuencias, que se ha viralizado con rapidez. Reconoce que Maduro cometió "crímenes muy serios" pero que "no pueden justificar un crimen de agresión, que es el más serio del mundo". "Está recontraprohibido", zanja. 

Contra Maduro, recuerda, hay un proceso en La Haya "que está funcionando" y cree que "pronto" veremos una orden de arresto por crímenes de lesa humanidad "contra las personas involucradas en ellos" en Venezuela. 

En eso habría que haber confiado, y no al "arresto y el secuestro de personas, encarcelándolas y torturándolas, muchas veces usando a jueces para hacer eso". A ese proceso y a la región y su apoyo, dice, a los disidentes que ganaron las elecciones del año pasado, que no han tenido el apoyo suficiente para un vuelco en el Palacio de Miraflores. 

Aliento al totalitarismo

Ese comportamiento al margen de la ley puede alimentar las ganas de hacer lo propio en Gobiernos y regímenes que tengan ansias expansionistas, ganas de rodearse de estados satélites o, directamente, de anexionarse territorio o someter a poblaciones. China y Rusia, claro, son los primeros que toman nota de lo ocurrido, pese a que ambas se llevan un arañazo con la defenestración de Maduro por sus buenas relaciones con el chavismo. Hasta en redes sociales ha causado furor un mapa que parte en tres el globo, con tres dueños: Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping.  

Ni a ellos ni al Irán de los ayatolás les ha preocupado mucho nunca la teoría de la guerra justa o el derecho internacional, tampoco el respeto a la diplomacia. Van a por sus intereses y con ellos funciona la disuasión y la fuerza, pero la sensación de barra libre tras lo hecho por Trump es pesada, contundente. 

Apenas se puede mantener unido el orden mundial del que nos dotamos tras la Segunda Guerra Mundial, tan exitoso en estos últimos 80 años, cuando apenas dos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad -Reino Unido y Francia- cumplen con la Carta de la ONU y el derecho internacional. China y Rusia ya saltaron esas líneas rojas, y el propio EEUU hizo lo propio en Irak, por ejemplo, ofensiva que se realizó sin el respaldo explícito del Consejo, y ahora ahonda en esa línea que se deseaba superada. ¿Cómo va a funcionar así una institución de 193 estados (más dos observadores)?

Si Washington se une a Moscú y Pekín en su enfoque sobre los conflictos armados y las relaciones internacionales, entonces el consenso occidental de la posguerra está definitivamente muerto. "América primero" era lo que Trump defendía en su campaña para la reelección y afirmaba que no quería implicarse en conflictos extranjeros, que les quería dar carpetazo precisamente porque eran un quebradero de cabeza y una pérdida de dinero, pero ahora, con esa misma excusa, está atacando y lo hace sin límites. Tranquliizador no es. 

Xi Jinping y Vladímir Puti, en su último encuentro en Moscú, el pasado agostoGETTY IMAGES

A por más

Venezuela se le queda corta a Trump. Como demostró en su rueda de prensa del pasado domingo, tiene otros países en mente, lo que avala la idea de que su visión mercantilista es la que se irá imponiendo en los tres años que aún le quedan de mandato en EEUU. En su comparecencia, señaló sobre todo a Colombia. "También está muy enferma", dijo. "Me suena bien otra operación", avisó a su presidente, Gustavo Petro. Cuba está "lista para caer", añadió, aunque menos amenazante, más como quien lanza un diagnóstico. Y con México habrá que "hacer algo" si no trabajan más contra el tráfico de drogas, por más que su presidenta, Claudia Sheinbaum, sea "una persona estupenda". 

También amenazó, de paso, con atacar a Irán si mata a los manifestantes por las subidas de precios, protagoniostas del peor levantamiento popular en tres años, y volvió a mencionar Groenlandia: "Necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional", defendió. Dispara a todo. 

Si hay algo que podría destruir decisivamente la OTAN sería un intento de anexión de Groenlandia, un territorio autónomo bajo el ala de Dinamarca, un país aliado y parte de la Unión Europea (UE). La anexión podría facultar a Dinamarca para invocar el artículo 5 de la Alianza Atlántica, la disposición de legítima defensa colectiva del Tratado del Atlántico Norte, contra EEUU. Suena a locura, pero por qué no, si la agresión llama a la puerta. Sólo Marco Rubio ha tratado de calmar un poco los ánimos, diciendo que no se plantean una a acción armada, sino la compra de la isla que abre el Ártico. 

No es lo que dijo el martes, encendiendo todas las alarmas, un comunicado remitido por la secretaria de Prensa, Karoline Leavitt. "El presidente y su equipo están discutiendo una serie de opciones para alcanzar este importante objetivo de política exterior y, por supuesto, utilizar al Ejército estadounidense es siempre una opción a disposición del comandante en jefe", se leía. 

Si EEUU va a por más territorios, puede dinamitar las instituciones internacionales y regionales, crear división en su seno (como está haciendo ya con Europa), romper alianzas que han sido clave en la política exterior norteamericana durante décadas y apuntalar la dinámica de rearme que ya vive el mundo. También la nuclear, también. 

En la Estrategia de Seguridad Nacional, dada a conocer el mes pasado y se declarada que se "reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental". Con Bruselas chocó de lleno, alentando partidos de ultraderecha que quieren menos Europa, menos instituciones, menos unidad. En materia de Defensa, declara que Europa debe "valerse por sí misma y operar como un grupo de naciones soberanas alineadas, incluso asumiendo la responsabilidad principal de su propia defensa". 

Queda el tablero roto, el papel mojado, los pedazos de lo que fueron décadas de consensos y cierto marco de entendimiento global, todo dinamitado. Hay quien dice que hay que aguantar, que Trump estará sólo una legislatura más pero ¿puede ser definitivo el cambio, irreversible? ¿Y si su número dos, el vicepresidente JD Vance, es aún más defensor de la filosofía MAGA que el propio Trump? Pues feliz 2026 y esas cosas... 

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Soy redactora centrada en Global y trato de contar el mundo de forma didáctica y crítica, con especial atención a los conflictos armados y las violaciones de derechos humanos.

 

Sobre qué temas escribo

Mi labor es diversa, como diverso es el planeta, así que salto de Oriente Medio a Estados Unidos, pero siempre con el mismo interés: tratar de entender quién y cómo manda en el siglo XXI y cómo afectan sus decisiones a la ciudadanía. Nunca hemos tenido tantos recursos, nunca hemos tenido tanto conocimiento, pero no llegan ni las reformas ni la convivencia prometidas. Las injusticias siempre hay que denunciarlas y para eso le damos a la tecla.

 

También tengo un especial empeño en la actualidad europea, que es la que nos condiciona el día a día, y trato de acercar sus novedades desde Bruselas. En esta ciudad y en este momento, la defensa es otra de las materias que más me ocupan y preocupan.

 

Mi trayectoria

Nací en Albacete en 1980 pero mis raíces son sevillanas. Estudié Periodismo en la Universidad de Sevilla, donde también me hice especialista en Comunicación Institucional y Defensa. Trabajé nueve años en El Correo de Andalucía escribiendo de política regional y salté al gabinete de la Secretaría de Estado de Defensa, en Madrid. En 2010 me marché como freelance (autónoma) a Jerusalén, donde fui corresponsal durante cinco años, trabajando para medios como la Cadena SER, El País o Canal Sur TV.

 

En 2015 me incorporé al Huff, pasando por las secciones de Fin de Semana y Hard News, siempre centrada en la información internacional, pero con brochazos de memoria histórica o crisis climática. El motor siempre es el mismo y lo resumió Martha Gellhorn, maestra de corresponsales: "Tiro piedras sobre un estanque. No sé qué efecto producen, pero al menos yo tiro piedras". Es lo que nos queda cuando nuestras armas son el ordenador y las palabras: contarlo. 

 

Sí, soy un poco intensa con el oficio periodístico y me preocupan sus condiciones, por eso he formado parte durante unos años de la junta directiva de la ONG Reporteros Sin Fronteras (RSF) España. Como también adoro la fotografía, escribí  'El viaje andaluz de Robert Capa'. Tuve el honor de recibir el XXIII Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla por mi trabajo en Israel y Palestina y una mención especial en los Andalucía de Periodismo de la Junta de Andalucía (2007). He sido jurado del IV Premio Internacional de Periodismo ‘Manuel Chaves Nogales’.

 

 


 

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