Solo quedan 6 cargamentos de gas licuado del Golfo camino a Europa: cuando lleguen a puerto, los países que dependen de las importaciones tendrán que pagar precios disparados o reducir el consumo
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Solo quedan 6 cargamentos de gas licuado del Golfo camino a Europa: cuando lleguen a puerto, los países que dependen de las importaciones tendrán que pagar precios disparados o reducir el consumo

Muchos países ya están tomando decisiones de extrema necesidad, tanto europeos como asiáticos, fundamentalmente.

Barriles de gas licuadoGetty Images

El reloj corre para el mercado energético mundial. En apenas unos días, el flujo de gas natural licuado (GNL) procedente del Golfo Pérsico se reducirá prácticamente a cero, cuando los últimos buques que zarparon antes del estallido del conflicto alcancen sus destinos. Para Europa, quedan solo seis cargamentos en tránsito. Después, los países que dependen de estas importaciones afrontarán un dilema inmediato: pagar precios mucho más altos o recortar el consumo.

La interrupción tiene su origen en el cierre del estrecho de Ormuz, un paso estratégico bloqueado por Irán en los primeros compases de la guerra. A partir de ese momento, Qatar —responsable de cerca del 20% del GNL mundial— se vio obligado a suspender sus exportaciones. La situación se agravó aún más tras los ataques con misiles contra la enorme instalación de Ras Laffan, que han dejado fuera de juego una parte relevante de su capacidad productiva.

Aunque el suministro se ha cortado de forma abrupta, el impacto está llegando con retraso a muchos países. La razón es simple: numerosos metaneros ya estaban en ruta cuando comenzaron las hostilidades. Esos envíos son ahora el último colchón antes de una escasez que amenaza con sacudir los mercados energéticos globales.

Un mercado tensionado al límite

Cuando estos cargamentos se descarguen, el panorama cambiará radicalmente. Las economías más dependientes del GNL importado tendrán que competir en el mercado internacional por suministros alternativos, principalmente de Estados Unidos, África u otras regiones productoras. Esa carrera ya está elevando los precios a niveles difíciles de asumir para muchos países.

El encarecimiento no es menor. En Asia, el índice de referencia del GNL ha llegado a duplicarse desde el inicio del conflicto, mientras que los costes de transporte también se han disparado por el aumento de las distancias y las tarifas de flete. En este contexto, comprar gas en el mercado al contado se está convirtiendo en una opción prohibitiva para las economías más frágiles.

Algunos gobiernos ya han empezado a aplicar medidas de emergencia para evitar apagones o crisis industriales. Entre ellas, recortes en el consumo energético, cambios en la jornada laboral o incluso cierres temporales de instituciones.

Pakistán ilustra bien la gravedad del problema. El país dependía casi por completo de Qatar para abastecerse de GNL, y sus últimas entregas llegaron en los primeros días del conflicto. Ahora, sus terminales operan a una fracción mínima de su capacidad y se espera que el suministro se agote por completo en cuestión de días. Intentos recientes de conseguir cargamentos alternativos han chocado con precios inasumibles.

Ante esta situación, Islamabad podría verse obligado a recurrir a combustibles más contaminantes como el fueloil para mantener la generación eléctrica, una solución costosa tanto en términos económicos como ambientales.

Asia y Europa, en alerta

Otros países asiáticos también están en una posición delicada. Bangladesh, por ejemplo, enfrenta dificultades similares, aunque algo mitigadas por una mayor diversificación de proveedores. Aun así, el alto coste del gas alternativo está obligando a imponer restricciones, como el cierre de universidades para ahorrar energía.

En el caso de Taiwán, la crisis llega en un momento especialmente sensible. La isla había apostado por sustituir el carbón por gas y avanzar hacia un modelo más limpio, al tiempo que reducía su dependencia de la energía nuclear. Aunque ha logrado asegurar cargamentos a corto plazo, el verano —cuando aumenta la demanda eléctrica— podría poner a prueba su sistema energético si la situación no se normaliza.

China y Japón, dos de los mayores importadores mundiales, cuentan con más margen de maniobra. Ambos países pueden recurrir al carbón para compensar la falta de gas, aunque ello suponga un retroceso en sus objetivos climáticos. Japón, además, ha comenzado a reactivar parte de su parque nuclear para reforzar el suministro.

Aun así, incluso estas grandes economías están actuando con cautela. Las compras en el mercado al contado se están evaluando cuidadosamente debido a los precios elevados, y muchas compañías prefieren esperar antes de comprometerse a nuevas adquisiciones.

Un impacto que puede durar años

El problema no se limita al corto plazo. Los daños sufridos en Ras Laffan podrían dejar fuera de servicio una parte significativa de la capacidad de producción de Qatar durante varios años. Esto implica que el mercado global de GNL seguirá tensionado incluso si el conflicto se resuelve relativamente pronto.

De hecho, las autoridades qataríes ya han advertido de posibles incumplimientos en contratos a largo plazo debido a esta situación, lo que añade más incertidumbre a un mercado ya de por sí volátil.

En definitiva, cuando los últimos cargamentos lleguen a Europa, no solo se cerrará una etapa de suministro: comenzará otra marcada por la escasez, la competencia feroz por los recursos y decisiones difíciles para gobiernos y consumidores. Reducir el consumo o pagar más serán, en muchos casos, las únicas opciones disponibles.

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