Un medio apunta que Putin está sumido en una guerra que no puede ganar pero no se atreve a terminar
Para el presidente ruso, Ucrania es clave tanto por razones históricas como políticas.
En Kiev, muchos dudan de que el presidente ruso Vladímir Putin esté realmente interesado en poner fin a la guerra. Una encuesta realizada a finales de enero indica que solo el 20 % de los ucranianos cree que el conflicto terminará a mediados de año, mientras que un 43 % piensa que los combates continuarán al menos hasta 2027.
El escepticismo se explica, en parte, por lo ocurrido en 2025. Ucrania aceptó un alto el fuego sin condiciones en marzo de ese año, pero Moscú no respondió con un gesto similar. Desde entonces, Rusia ha sido acusada de dilatar las conversaciones y modificar las condiciones diplomáticas para evitar un acuerdo definitivo, lo que muchos consideran un proceso de paz meramente formal, tal y como recogen en la organización StopFake.
Mientras tanto, los ataques rusos contra zonas civiles han aumentado. Según los datos citados, las víctimas civiles crecieron un 31 % en 2025. Durante el invierno, Rusia bombardeó de forma sistemática instalaciones de calefacción y electricidad, una estrategia que dejó a millones de personas expuestas a temperaturas extremas y que algunos califican de intento de genocidio.
El análisis sostiene que la dificultad de Trump para interpretar a Putin se debe a que ambos ven el conflicto de forma distinta. Para el líder estadounidense, las negociaciones son un acuerdo geopolítico donde se busca mejorar condiciones. En cambio, el dirigente del Kremlin estaría motivado por objetivos históricos y simbólicos: restaurar el poder imperial ruso y borrar la independencia de Ucrania.
Desde hace más de dos décadas, la relación de Putin con Ucrania ha marcado su política exterior. El deterioro con Occidente se intensificó tras la Revolución Naranja de 2004, que Moscú consideró una maniobra occidental. A partir de entonces, Ucrania ha sido el centro de múltiples crisis, desde la anexión de Crimea en 2014 hasta la invasión a gran escala iniciada en 2022.
El Kremlin ha acompañado esta estrategia con una intensa campaña propagandística. Putin ha repetido que rusos y ucranianos son “un solo pueblo” y ha calificado al Estado ucraniano como artificial y hostil. Ese discurso ha contribuido a una casi total ausencia de protestas contra la guerra dentro de Rusia.
Para el presidente ruso, Ucrania es clave tanto por razones históricas como políticas. Es la mayor exrepública soviética fuera de Rusia y, a sus ojos, la pieza central para revertir el colapso de la URSS. Al mismo tiempo, una Ucrania democrática y orientada a Europa supone una amenaza para el sistema autoritario ruso.
Este planteamiento explica por qué Moscú no acepta fácilmente las propuestas de paz. Un acuerdo basado en las actuales líneas de frente dejaría la mayor parte de Ucrania fuera del control ruso y libre para integrarse en instituciones occidentales, algo que Putin quiere evitar.
Además, el líder ruso se arriesga a ser recordado como el gobernante que no logró someter a Ucrania. Bajo un acuerdo de compromiso, ciudades simbólicas como Kiev u Odesa quedarían fuera de su alcance, lo que muchos rusos podrían ver como una derrota histórica.
En el campo de batalla, los resultados tampoco han sido los esperados para Moscú. Tras casi cuatro años de guerra, Ucrania cuenta con el mayor ejército de Europa y se ha convertido en referente en el uso militar de drones. En 2025, las fuerzas rusas sufrieron cientos de miles de bajas y apenas avanzaron territorialmente.
Putin continúa proclamando que la victoria es inevitable, pero la falta de logros visibles ha generado episodios embarazosos. A finales de 2025 aseguró haber tomado la ciudad de Kupiansk, solo para que el presidente ucraniano Volodímir Zelenski apareciera allí grabando un vídeo que desmentía la afirmación.
Además, en el plano internacional, Ucrania ha dejado de ser vista como una extensión de Rusia. Hoy es considerada por muchos países como una democracia europea emergente y un actor clave para la seguridad del continente.
Aun así, el ejército ruso sigue siendo una fuerza considerable y puede continuar presionando en el frente. Pero, tras años de pérdidas y avances mínimos, parece difícil que Moscú alcance sus objetivos más ambiciosos.
La situación deja a Putin en una posición complicada. No tiene un camino claro hacia la victoria, pero tampoco puede aceptar un acuerdo que pueda interpretarse como derrota. En este escenario, es probable que el Kremlin intente aumentar la presión sobre la población ucraniana y, al mismo tiempo, influir en Estados Unidos y Europa para debilitar su apoyo a Kiev.
Según el análisis, si Trump quiere realmente terminar la guerra, deberá asumir que Putin difícilmente aceptará una paz de compromiso. El presidente ruso solo abandonaría la invasión si la continuidad del conflicto pone en riesgo su propio régimen o la estabilidad de Rusia. De lo contrario, seguirá intentando lograr una victoria que, por ahora, parece fuera de su alcance.