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22/08/2015 10:10 CEST | Actualizado 21/08/2016 11:12 CEST

Descontrol en la pesca del atún del Pacífico

tuna boatLa próxima vez que entres en un supermercado o un restaurante de sushi, plantéate usar el poder de tu cartera para decir a la industria atunera que en tu plato no hay sitio para la devastación de los océanos ni para el abuso laboral.

Un buque de pesca con palangre taiwanés, de entre los miles de buques de pesca de atún en el Océano Pacífico.

Hay miles de buques de pesca en el Océano Pacífico que trabajan día y noche para extraer el atún del mar tan rápido como pueden.

Es un negocio global, un negocio enorme, que factura miles de millones de dólares al año, con millones de personas trabajando en la captura de unos atunes que servirán a otros tantos millones como sustento básico para su supervivencia.

Por desgracia, la forma en que operan estas empresas pone en riesgo al sistema entero. Están fuera de control. En un verdadero saqueo del Océano Pacífico, pescan demasiados peces, violan leyes y tratados internacionales y asaltan las aguas de pequeñas naciones costeras.

Hay historias recientes de abusos laborales, terribles acosos, esclavitud y trata de personas que dejan al descubierto serios problemas en la pesca a nivel global. También empiezan a surgir historias similares --demasiadas como para que sean ignoradas-- en el caso de las flotas atuneras.

Los buques palangreros que pescan atún blanco para el mercado occidental de atún enlatado pueden llegar a ser verdaderas fábricas clandestinas flotantes. Contratan a jóvenes desesperados por encontrar trabajo y los alejan de sus familias al atraparlos en contratos que pueden durar años. Además, los cargan de deudas si se atreven a romper los contratos antes de que terminen.

Ahí fuera, mar adentro, sin medios para escapar, es probable que muchos de estos jóvenes pescadores se sientan como en una prisión. Y con menos de un uno por ciento de la actividad de las flotas de palangreros supervisadas por observadores independientes a bordo, en el Pacífico centro-oeste no hay nadie a quien recurrir ni sitio alguno adonde huir. Es el entorno perfecto para la explotación, con una mano de obra cautiva.

Hace apenas un mes, Greenpeace publicó una serie de vídeos que vinculan maltrato y abuso laboral con los buques atuneros del Pacífico. Las historias de violencia y explotación que se escuchan de los pescadores de atunes son desgarradoras.

Para empeorar este desolador panorama, muchos palangreros trasladan su pesca a buques de carga refrigerados, lo que les permite permanecer en el mar durante años.

Estos transbordos de alta mar favorecen tanto la violación de los derechos humanos como los abusos medioambientales. Es el equivalente pesquero al blanqueo de dinero, puesto que el pescado ilegal o negro entra en la cadena de abastecimiento y se vuelve imposible de diferenciar del dinero limpio.

También significa que las naciones del Pacífico quedan al margen de los beneficios y los puestos de trabajo que resultarían del procesamiento y empaquetado de esa pesca en tierra. Las flotas del Pacífico con red de cerco con jareta tienen prohibido los transbordos en el mar de sus capturas. Así que esta práctica debería ser también ilegal para los palangraneros.

Si bien es cierto que no pueden compararse los costes de los abusos de los derechos humanos con los del crimen medioambiental, también es cierto que ambos son dirigidos por la avaricia de una industria descontrolada. Si arreglamos lo uno, solucionamos lo otro.

Como muchas otras industrias, la del atún está bajo el control de grandes empresas que trabajan por los intereses de una minoría, usando mano de obra barata y capturando una pesca en alta mar que debería ser de bien común. Si no conseguimos actuar ya, continuará la explotación de estos pescadores a manos de una industria que está perjudicando el mantenimiento de la población natural de atunes y dañando a nuestros océanos.

Al menos en el caso del atún hay un remedio sencillo. Aunque las poblaciones de atún rojo y patudo están en serio peligro, el bonito y el bonito de vientre rayado se encuentran en un punto que, de producirse cambios en las prácticas pesqueras a día de hoy, podría asegurar una pesca suficiente para el día de mañana. Con una pesca sostenible, el atún puede seguir dando comida y trabajo a personas de todo el mundo, al tiempo que se protegen las comunidades costeras que dependen del atún para su supervivencia.

No es una imagen imposible. Lo último quiere alguien a punto comerse su atún en ensalada o sashimi, es percibir el amargo sabor del abuso laboral y la devastación medioambiental. Y lo sabemos porque las guías de Greenpeace sobre el atún se encuentran entre nuestros recursos informativos más populares. Muchos quedan sorprendidos al aprender de la destrucción humana y marina que viene acompañando a una lata de atún.

Como consumidores, podemos dar a las grandes corporaciones un empuje en la buena dirección y superar su resistencia al cambio. Al elegir consumir atún sostenible, estamos diciendo a la industria que no estamos dispuestos a apoyar la destrucción de nuestros océanos y la explotación de los trabajadores.

Es de lo más sencillo que hay en formas de protesta. Cada vez que un consumidor elige de la balda del supermercado una lata de atún producida de forma sostenible, envía el mensaje a la industria pesquera de que es hora de cambiar.

La pesca de atún es la pesca global. Si conseguimos que se haga bien, podemos crear un modelo nuevo para los océanos; para poder alimentar y emplear a las personas el mismo tiempo que protegemos la salud de nuestro planeta.

En este momento el Rainbow Warrior navega las aguas del Océano Pacífico y su tripulación está centrada en poner el foco sobre la industria atunera. No obstante, en tierra todos podemos desempeñar un papel importante para crear un cambio en el mar.

La próxima vez que entres en un supermercado o en un restaurante de sushi, plantéate usar el poder de tu cartera para decir a la industria atunera que en tu plato no hay sitio para la devastación de los océanos ni para el abuso laboral.

Kumi Naidoo es el Director General de Greenpeace Internacional.

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Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The WorldPost' y ha sido traducido del inglés por Diego Jurado Moruno